Antes de que existiera el monasterio, antes incluso del pozo del santo, la colina de Jor Virap y sus alrededores fueron el escenario de una de las grandes capitales de la Armenia antigua. Aquí, en la fértil llanura del Ararat regada por el río Araks, se levantó Artashat, fundada hacia el año 176 a.C. por el rey Artashés I, iniciador de una nueva dinastía y de una etapa de esplendor del reino de Armenia.
Una tradición transmitida por los historiadores antiguos añade a la fundación un personaje inesperado: Aníbal, el célebre general cartaginés, enemigo mortal de Roma. Derrotado y perseguido, Aníbal se habría refugiado en la corte del rey armenio, y habría sido él quien aconsejó el emplazamiento y el trazado de la nueva ciudad, sobre varias colinas junto al río. Por su tamaño, su riqueza y su importancia comercial, Artashat fue apodada la 'Cartago armenia', y durante siglos fue capital política del reino, un centro cosmopolita en la encrucijada entre Roma y Persia.
La ciudad conoció la gloria y la tragedia. En el año 58 d.C., durante las guerras entre romanos y partos por el control de Armenia, las legiones del general romano Corbulón la tomaron y la incendiaron. Reconstruida, siguió siendo importante hasta que, con los siglos, decayó en favor de otras capitales. Hoy, bajo la colina del monasterio y en los campos de alrededor, la arqueología sigue sacando a la luz los restos de aquella urbe antigua sobre la que, mucho después, se escribiría el episodio fundacional de la Armenia cristiana.
El nombre Jor Virap significa 'pozo profundo', y ese pozo es el corazón de la historia del lugar. A finales del siglo III, Armenia era un reino pagano gobernado por Tiridates III (Trdat), de la dinastía arsácida. A su corte llegó Gregorio, un joven noble de origen parto que se había criado como cristiano en Capadocia. Cuando el rey descubrió que Gregorio no solo era cristiano, sino además hijo del hombre que había asesinado a su propio padre, lo sometió a terribles torturas y, finalmente, ordenó arrojarlo a un pozo profundo en la mazmorra de Artashat, un foso lleno de serpientes, escorpiones y alimañas donde los condenados morían.
Según la tradición, Gregorio no murió. Sobrevivió en aquel pozo durante trece largos años, alimentado en secreto por una piadosa viuda de la ciudad que, guiada por un sueño, le arrojaba cada día un pan al fondo del foso. Mientras tanto, el rey Tiridates ordenaba martirizar a un grupo de vírgenes cristianas que habían huido de Roma —entre ellas Hripsimé y Gayané—, y poco después, cuenta el relato, cayó víctima de una terrible enfermedad que lo trastornó y lo redujo, en el lenguaje de la leyenda, a la condición de una bestia.
La hermana del rey tuvo entonces un sueño repetido: solo Gregorio, el prisionero olvidado en el pozo, podía sanar al monarca. Contra toda esperanza, lo sacaron del foso, vivo tras trece años bajo tierra. Gregorio curó al rey, y aquel encuentro entre el perseguidor arrepentido y el mártir superviviente cambiaría para siempre el destino de Armenia.
Curado por Gregorio, el rey Tiridates III se convirtió al cristianismo, y con él toda la casa real. Hacia el año 301 —algunas fuentes lo sitúan en el 314—, el monarca proclamó el cristianismo religión oficial del reino de Armenia. Fue un acto de enorme trascendencia: Armenia se convertía así en el primer Estado del mundo en adoptar oficialmente la fe cristiana, más de una década antes de que el emperador Constantino la legalizara en el Imperio romano con el Edicto de Milán del año 313, y muchas décadas antes de que se volviera la religión imperial.
Gregorio, el hombre del pozo, fue consagrado primer catolicós, cabeza de la nueva Iglesia armenia, y por su papel pasó a la historia como Gregorio el Iluminador, el que trajo la luz de la fe a Armenia. Emprendió una intensa campaña de cristianización: se destruyeron los templos e ídolos paganos, se construyeron iglesias, y se sentaron las bases de una Iglesia nacional que, andando el tiempo, se volvería inseparable de la identidad armenia.
La decisión del año 301 tuvo consecuencias que llegan hasta hoy. Para un pueblo pequeño, rodeado de imperios poderosos y a menudo sin Estado propio, el cristianismo se convirtió en el cemento de su identidad, en aquello que lo distinguía de sus vecinos persas, árabes o turcos y que lo mantenía unido a través de las diásporas y las catástrofes. Ser armenio y ser cristiano pasaron a ser, durante diecisiete siglos, casi la misma cosa. Y todo, según la tradición, empezó en el fondo de un pozo en la llanura del Ararat.
Sobre el pozo donde había estado preso Gregorio se levantó, con el tiempo, un lugar de culto. La primera capilla data del siglo VII, atribuida al catolicós Nerses III el Constructor, el mismo de la deslumbrante Zvartnots. A lo largo de los siglos, el santuario se fue ampliando y reconstruyendo hasta formar el monasterio que hoy conocemos, con su recinto amurallado, su capilla sobre el pozo y la iglesia principal de Surp Astvatsatsin (Santa Madre de Dios), levantada en su forma actual en el siglo XVII, hacia 1662.
Su emplazamiento, tan cargado de simbolismo, era también expuesto y peligroso. Jor Virap se alza en la llanura abierta, en una zona fronteriza que a lo largo de la historia fue disputada por persas, otomanos, rusos y otros, y el monasterio, con su aire de pequeña fortaleza, sufrió los vaivenes de esas guerras. En el siglo XX, tras el genocidio de 1915 y el establecimiento de la frontera soviético-turca, la línea divisoria quedó a apenas 100 metros del monasterio: al otro lado, en Turquía, quedó el monte Ararat, la montaña sagrada de los armenios, visible pero inalcanzable.
Esa cercanía convierte a Jor Virap en un lugar de una intensidad simbólica única. Aquí se juntan el pozo donde nació la Armenia cristiana y la vista más próxima del Ararat perdido; el episodio fundacional de la fe y la herida abierta de la frontera y del exilio. Pocos lugares condensan tanto de la historia y del sentimiento armenio en una sola colina.
El monte Ararat, con sus dos cumbres nevadas alzándose sobre la llanura, es el símbolo por excelencia de Armenia. Según el Génesis, en él encalló el arca de Noé tras el diluvio, y para los armenios es la montaña madre, el centro de su geografía sentimental. Aparece en el escudo nacional, en las etiquetas del famoso coñac Ararat, en incontables obras de arte y en el corazón de cada armenio. Y sin embargo, desde el genocidio de 1915 y el cierre de la frontera con Turquía, el Ararat quedó del otro lado de la línea, en territorio turco: los armenios lo ven todos los días y no pueden pisarlo.
Jor Virap, a solo 100 metros de esa frontera, se convirtió por eso en el gran mirador nacional, el lugar donde se contempla de más cerca la montaña perdida. La imagen del monasterio sobre su colina con el Ararat de fondo es, quizás, la fotografía más reproducida de Armenia, y resume en una sola vista la mezcla de fe, belleza y melancolía que define al país. Turcos y armenios discuten a veces, incluso con humor amargo, sobre a quién 'pertenece' la montaña; los armenios responden que su presencia en el escudo no es una reivindicación territorial, sino la constatación de un símbolo del alma.
Hoy, Jor Virap es a la vez un santuario vivo y una de las excursiones más queridas del país. Los peregrinos bajan al pozo de San Gregorio, celebran bautizos y bodas, encienden velas y liberan palomas blancas hacia el Ararat; los viajeros suben a la colina a buscar la foto perfecta al amanecer, cuando la montaña se muestra limpia antes de la calima. En pocos kilómetros conviven la antigua Artashat, el pozo del santo, el monasterio medieval y el símbolo eterno de la montaña: Jor Virap es, en el sentido más pleno, el lugar donde late la historia de Armenia.