Al fondo de un desfiladero severo, donde las paredes de roca se cierran sobre el río Azat, brotaba desde tiempos inmemoriales un manantial dentro de una gruta de la montaña. El agua que surge de la piedra fue, muy probablemente, un lugar de culto ya en la Armenia pagana, cuando se veneraban las fuerzas de la naturaleza. Y fue ese manantial sagrado el que, según la tradición armenia, llevó a san Gregorio el Iluminador —el hombre que cristianizó Armenia en el año 301— a fundar aquí un monasterio en el siglo IV.
El lugar se llamó Ayrivank, que en armenio significa 'el monasterio de la cueva', un nombre que lo dice todo sobre su naturaleza: desde el principio, la vida religiosa se desarrolló en parte dentro de las grutas y oquedades de la roca. Fue un santuario apartado del mundo, protegido por los acantilados, al que acudían monjes y peregrinos atraídos por el agua bendita y por la soledad propicia a la oración.
De aquellos primeros siglos apenas queda rastro material, porque el monasterio original fue arrasado. En el siglo IX, durante las incursiones árabes que asolaron Armenia, Ayrivank fue destruido y saqueado, y sus tesoros y manuscritos, dispersados o perdidos. Como tantos lugares del país, pareció condenado a desaparecer. Pero, también como tantos lugares de Armenia, resurgió de sus ruinas siglos después, y lo hizo con un esplendor que superó todo lo anterior.
El renacimiento de Ayrivank llegó a finales del siglo XII y comienzos del XIII, en un período de relativa recuperación de Armenia. Tras siglos de dominio extranjero, los hermanos Zakaré e Ivané Zakarian, generales armenios al servicio del reino de Georgia —entonces la gran potencia cristiana del Cáucaso, en su edad de oro bajo la reina Tamar—, liberaron buena parte de Armenia del dominio musulmán y se convirtieron en sus señores. Con ellos llegó una época de prosperidad y de intensa actividad constructora.
Bajo el patrocinio de los Zakarian se levantó, en 1215, la iglesia principal del monasterio, la Katoghiké, una joya de la arquitectura armenia con su cúpula y sus fachadas labradas, donde aparece el emblema de la familia: un águila con un cordero entre las garras. Fue el primer gran edificio del nuevo Ayrivank, y marcó el inicio de una etapa de esplendor artístico que convertiría al monasterio en uno de los centros espirituales y culturales más importantes del país.
En aquella época, Ayrivank no era solo un lugar de oración: era un centro de saber, con una escuela, un escritorio donde se copiaban e iluminaban manuscritos, y una comunidad de monjes que atraía a peregrinos de toda Armenia. La combinación del prestigio religioso, el mecenazgo aristocrático y el talento de sus canteros estaba a punto de producir la obra más asombrosa del monasterio: las iglesias excavadas en la roca.
Hacia mediados del siglo XIII, el monasterio pasó a manos de otra poderosa familia armenia, los príncipes Proshyan, y fue bajo su patrocinio cuando se realizaron las obras que hacen único a Guegard: las iglesias y salas excavadas directamente en la roca viva de la montaña. Entre 1230 y 1280, aproximadamente, los canteros vaciaron el corazón del acantilado para crear espacios enteros —capillas, un nártex, un mausoleo— con columnas, arcos, cúpulas y relieves labrados en una sola masa de piedra continua.
La técnica era de una dificultad extrema y no admitía errores: se trabajaba de arriba hacia abajo, tallando el vacío en la roca, de modo que cualquier fallo era irreparable. Aun así, los resultados son de una perfección asombrosa. La primera capilla rupestre, la de Avazan ('estanque'), se excavó en torno al manantial sagrado hacia 1240. Le siguieron otras salas, entre ellas el mausoleo de la familia Proshyan, cuyo techo está tallado con un relieve heráldico extraordinario: dos leones encadenados, un águila con un cordero entre las garras y cabezas de buey, los símbolos del poder de la familia.
Fue también en esta época cuando el monasterio cambió de nombre. Durante siglos había custodiado una reliquia de veneración universal: la Sagrada Lanza, la que según la tradición atravesó el costado de Cristo en la cruz, y que se creía traída a Armenia por el apóstol Tadeo. En armenio, lanza se dice geghard, y por esa reliquia el monasterio pasó a llamarse Geghardavank, 'el monasterio de la lanza', abreviado como Guegard. La lanza permaneció aquí hasta el siglo XX; hoy se conserva en el tesoro de la catedral de Echmiadzín.
Guegard es mucho más que una proeza técnica: es un tratado de teología escrito en piedra. Los relieves que decoran sus muros e iglesias combinan la iconografía cristiana con los emblemas de las familias nobles y con una tradición ornamental armenia riquísima. Sobresalen los khachkars, las cruces de piedra talladas que son la seña de identidad del arte armenio y que la Unesco reconoce como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. En Guegard los hay por todas partes: en las paredes, en el interior de las salas y, de forma espectacular, tallados directamente en los acantilados que rodean el monasterio, algunos en puntos casi inaccesibles.
Cada khachkar es una meditación sobre la cruz y la resurrección: la cruz central suele brotar como un árbol, rodeada de una filigrana de lazos y motivos vegetales de una complejidad hipnótica, sin que ninguno se repita. Junto a ellos, los relieves de leones, águilas y otros animales mezclan lo cristiano con símbolos de poder y con reminiscencias más antiguas.
Hay además un elemento inmaterial que forma parte de la obra: el sonido. Las salas excavadas tienen una acústica extraordinaria, buscada deliberadamente por sus constructores, de modo que los cantos litúrgicos armenios (los sharakans) resuenan y se envuelven en la piedra de un modo casi sobrenatural. Escuchar hoy a un grupo de cantantes en la penumbra de una capilla rupestre es acceder a una experiencia que los monjes medievales concibieron como parte esencial del lugar: la piedra fue tallada también para sonar.
A lo largo de los siglos siguientes, Guegard siguió los avatares de Armenia: períodos de esplendor y de decadencia, invasiones, terremotos y reconstrucciones. Sobrevivió a todo, en buena parte gracias a lo indestructible de sus iglesias excavadas en la montaña, que la propia roca protegía. Incluso durante las siete décadas de ateísmo oficial soviético en el siglo XX, cuando la actividad religiosa fue reprimida, el monasterio se conservó como monumento y siguió siendo un lugar de peregrinación semiclandestina para muchos armenios.
Con la independencia de Armenia en 1991, Guegard recuperó plenamente su vida religiosa: hoy vuelve a celebrarse misa, los domingos resuenan los cantos en las salas de piedra, y los peregrinos acuden a beber del agua del manantial sagrado y a atar cintas a los árboles y las rocas como ofrenda por sus deseos. Es un santuario vivo, no una reliquia congelada.
En el año 2000, la Unesco inscribió el monasterio de Guegard y el valle superior del Azat en la lista del Patrimonio Mundial, reconociéndolo como un ejemplo excepcional de la arquitectura medieval armenia y del arte de excavar iglesias en la roca. Encajado en su desfiladero, con sus capillas talladas en la montaña, sus khachkars y su manantial sagrado, y a solo 9 km del pagano templo de Garni, Guegard resume como pocos lugares la historia espiritual de Armenia: un país que, durante mil setecientos años, hizo de la fe y de la piedra su forma de resistir al tiempo.