Mucho antes de que se levantara el templo que hoy la hace famosa, Garni ya era un lugar de poder. Su emplazamiento —un espolón rocoso rodeado por tres lados por el profundo desfiladero del río Azat— era una posición defensiva natural casi inexpugnable, y por eso fue fortificado desde tiempos remotos. Una inscripción cuneiforme hallada en el sitio, del rey urartio Argishti I (el mismo que fundó Erebuni, la futura Ereván, en el 782 a.C.), menciona la conquista de esta región, lo que prueba que ya en la Edad del Hierro había aquí un asentamiento importante.
Con el tiempo, Garni se convirtió en una de las fortalezas reales del reino de Armenia. Los reyes de la dinastía oróntida y luego los artáxidas la usaron como plaza fuerte y como residencia. Su posición dominaba el valle y controlaba los caminos de la zona, y sus murallas de grandes bloques de basalto, encajados sin argamasa mediante grapas de hierro, cerraban el único acceso por tierra al promontorio.
Hacia el cambio de era, cuando Armenia se debatía entre la órbita de Roma y la de la Persia parta, Garni vivió su época de mayor esplendor. Los reyes armenios, culturalmente a caballo entre el mundo helenístico y el iranio, la convirtieron en una residencia estival lujosa, con palacios, baños y jardines asomados al cañón. Y fue en ese contexto donde nació el monumento que sobreviviría a todo lo demás.
El templo de Garni se construyó en el siglo I de nuestra era, y la mayoría de los estudiosos lo atribuyen al rey Tiridates I de Armenia, hacia el año 77 d.C. Hay incluso quien lo relaciona con el oro que aquel rey habría traído de Roma: Tiridates I viajó en persona a la capital del Imperio para ser coronado por el emperador Nerón en una fastuosa ceremonia, y a su vuelta emprendió importantes construcciones. El templo, de estilo grecorromano puro, con nueve escalones, columnas jónicas, frontón triangular y ricos relieves, parece salido del Mediterráneo, y sin embargo se alza en las montañas de Armenia.
¿A qué dios estaba dedicado? La hipótesis más aceptada es que fue un santuario a Mihr (o Mithra), el dios armenio del sol y de la luz, emparentado con el Mitra persa y con el culto romano a Mitra. La orientación del edificio y la tradición apuntan en esa dirección. Era, por tanto, un templo pagano, levantado en una Armenia que todavía adoraba a un panteón de divinidades de raíz irania y helenística, dos siglos antes de que el país abrazara el cristianismo.
Garni es hoy una rareza absoluta: el único templo peristilo (rodeado de columnas) de época grecorromana que se conserva en pie en toda la región del Cáucaso y en el territorio de la antigua Unión Soviética. Su supervivencia lo convierte en un documento único sobre la Armenia precristiana, un país que durante siglos fue un puente cultural entre el mundo clásico occidental y el mundo iranio de Oriente.
En el año 301, Armenia se convirtió en el primer Estado del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, de la mano del rey Tiridates III y de san Gregorio el Iluminador. La nueva fe se impuso con energía, y una de sus primeras tareas fue arrasar los santuarios paganos: templos, estatuas e ídolos de los antiguos dioses fueron destruidos por todo el país, y sobre muchos de ellos se levantaron iglesias. La memoria de la Armenia pagana quedó casi borrada del paisaje.
Garni, sin embargo, se salvó. La explicación más aceptada es que el templo dejó de usarse como lugar de culto y pasó a integrarse en el complejo palaciego real como un pabellón profano —según algunas fuentes, se convirtió en la residencia de verano de la hermana del rey, Josroviducht—. Al perder su carácter sagrado y volverse un edificio civil, escapó a la piqueta de la cristianización que destruyó a sus hermanos. Es una de las grandes ironías de la historia armenia: el único templo pagano que sobrevive lo hizo, precisamente, dejando de ser un templo.
Durante los siglos siguientes, Garni continuó habitada como fortaleza y residencia a lo largo de la Edad Media, bajo los distintos poderes que dominaron Armenia. Junto al templo se conservan los restos de esa larga ocupación: los cimientos de los palacios reales, las murallas, y sobre todo el baño de estilo romano del siglo III, con su sistema de calefacción por el suelo y un delicado mosaico helenístico de tema mitológico, uno de los pocos que se conservan en el país. Todo ello habla de una continuidad de vida de más de mil años sobre el mismo promontorio.
La historia del templo dio un vuelco brutal el 4 de junio de 1679. Aquel día, un devastador terremoto sacudió toda la región de Ereván, causando enormes daños y miles de muertos en la zona. En Garni, el sismo derribó por completo el templo que había resistido más de mil quinientos años: sus columnas, su frontón y sus muros se desplomaron sobre la plataforma y por la ladera del cañón, quedando reducido a un caótico montón de piedras esparcidas. El mismo terremoto arruinó otros monumentos de los alrededores, como el vecino monasterio de Havuts Tar.
Durante casi tres siglos, Garni permaneció así: un campo de sillares derrumbados al borde del abismo, un vestigio melancólico que despertó la curiosidad de viajeros y estudiosos europeos a partir del siglo XIX. Algunos de ellos dibujaron y describieron las ruinas, y poco a poco fue creciendo la conciencia de que allí yacía un tesoro arqueológico único, el único templo clásico del Cáucaso, esperando ser levantado de nuevo.
El estudio serio del sitio comenzó con las excavaciones arqueológicas del siglo XX, que sacaron a la luz no solo el templo caído sino también las murallas urartias, los palacios, el baño romano y su mosaico. Los arqueólogos comprobaron que la mayor parte de los bloques originales seguían allí, dispersos pero identificables. Nacía entonces la idea, ambiciosa y polémica, de reconstruir el templo entero volviendo a colocar cada piedra en su lugar.
Entre 1969 y 1975, en plena época soviética, el templo de Garni volvió a alzarse. La reconstrucción se hizo mediante una técnica llamada anastilosis: los arqueólogos y arquitectos, dirigidos por el especialista Alexander Sahinian, recolocaron en su posición original los bloques auténticos que habían sobrevivido al terremoto, completando únicamente con piedra nueva —claramente distinguible— las partes irremediablemente perdidas. Fue uno de los grandes trabajos de restauración monumental del siglo XX, y gracias a él hoy podemos ver el templo entero, con la mayoría de su fábrica original en pie.
La reconstrucción tuvo un fuerte valor simbólico. En una Armenia soviética y oficialmente atea, recuperar el único vestigio de la Armenia clásica y precristiana era una forma de reafirmar la antigüedad y la continuidad de la nación armenia, su pertenencia al mundo de las grandes civilizaciones antiguas. Garni se convirtió así en un emblema de identidad, y desde entonces es uno de los lugares más visitados y queridos del país.
Hoy, el templo de Garni preside un conjunto arqueológico que incluye la fortaleza, los palacios y el baño con su mosaico, todo asomado al vertiginoso desfiladero del Azat y su 'Sinfonía de Piedras' de columnas de basalto. Combinado con el cercano monasterio medieval de Guegard, forma una de las excursiones más completas de Armenia, un recorrido que en pocos kilómetros abarca la Armenia pagana y la cristiana, lo helenístico y lo medieval, la obra de los hombres y la de la naturaleza. Pocos lugares cuentan tanto de un país en tan poco espacio.