Antes de ser la ciudad santa de los armenios, Echmiadzín tuvo otro nombre y otra vida: se llamaba Vagharshapat, y era una capital real. En el siglo II de nuestra era, el rey armenio Vagharsh I la refundó y le dio su nombre, convirtiéndola en una de las principales ciudades del reino de Armenia, en plena llanura fértil del Ararat. Ocupaba un lugar estratégico en las rutas que cruzaban el país, y durante generaciones fue residencia de reyes de la dinastía arsácida y centro del poder político armenio.
Era una ciudad pagana, como toda Armenia en aquel entonces. Los armenios adoraban a un panteón de dioses emparentado con los de Persia y con los griegos: Aramazd, el padre de los dioses; Anahit, la diosa madre; Vahagn, el matador de dragones; Mihr, dios del sol. Había templos, estatuas y sacerdotes, y en la vecina Artashat, la otra gran capital, funcionaban santuarios importantísimos. Nada hacía prever que aquella tierra estuviera a punto de protagonizar uno de los giros religiosos más tempranos y decisivos de la historia.
Ese giro llegaría de la mano de dos figuras que la tradición armenia ha vuelto legendarias: un noble convertido en predicador, encarcelado durante años en un pozo, y un rey perseguidor que enloqueció y sanó de un modo prodigioso. La historia de cómo Vagharshapat se transformó en Echmiadzín es, para los armenios, el relato fundacional de su identidad como nación.
El protagonista de la conversión fue Gregorio, llamado después 'el Iluminador'. Según la tradición, era hijo de un noble parto que había asesinado al rey armenio, y por eso el rey Tiridates III (Trdat) lo persiguió cuando descubrió que era cristiano. Gregorio fue arrojado a un pozo profundo lleno de serpientes y alimañas, en el foso del monasterio de Jor Virap, donde —cuenta el relato— sobrevivió trece años gracias a una viuda que le arrojaba pan a escondidas. Mientras tanto, el rey Tiridates ordenó martirizar a un grupo de vírgenes cristianas que habían huido de Roma y se refugiaban en Vagharshapat, entre ellas Hripsimé y su superiora Gayané, cuyos nombres llevan hoy las iglesias de la ciudad.
El castigo, según la leyenda, no tardó: el rey enloqueció y quedó convertido en una especie de bestia. Su hermana soñó que solo Gregorio, el prisionero del pozo, podía sanarlo. Lo sacaron —vivo, para asombro de todos—, Gregorio curó al rey y lo convirtió al cristianismo. Y así, hacia el año 301 (algunas fuentes lo sitúan en 314), Tiridates III proclamó el cristianismo religión oficial del reino de Armenia. Fue el primer Estado del mundo en hacerlo, más de una década antes de que el emperador Constantino legalizara la fe en el Imperio romano con el Edicto de Milán.
Gregorio el Iluminador se convirtió en el primer catolicós, cabeza de la nueva Iglesia armenia, y emprendió la cristianización del país: destruyó los templos paganos y levantó iglesias sobre sus ruinas. La conversión no fue solo un cambio de religión: dio a los armenios, un pueblo pequeño rodeado de imperios, una identidad propia y férrea que los sostendría a lo largo de dieciséis siglos de invasiones, dominios extranjeros y catástrofes. Ser armenio y ser cristiano pasaron a ser, casi, la misma cosa.
El nombre Echmiadzín —'el lugar donde descendió el Unigénito'— viene de la visión que, según la tradición, tuvo Gregorio el Iluminador poco después de la conversión. En un sueño, Cristo bajó del cielo y golpeó la tierra con un martillo de oro, señalando el sitio exacto donde debía levantarse la iglesia principal del reino. Sobre ese punto, en Vagharshapat, se construyó hacia el año 301-303 la primera catedral, hecha al principio de madera, que se considera la catedral más antigua del mundo cristiano.
El edificio de madera fue reemplazado en el siglo V por una construcción de piedra, que a lo largo de los siglos se reconstruyó, se amplió y se restauró decenas de veces, siempre sobre el mismo lugar sagrado. La catedral se convirtió en el centro de la Iglesia Apostólica Armenia y en la residencia de su catolicós. Durante siglos, el corazón espiritual de Armenia latió aquí, aun cuando el país perdía su independencia y quedaba repartido entre persas, bizantinos, árabes y otros.
El siglo VII fue una época de esplendor arquitectónico. En apenas unas décadas se levantaron alrededor de Echmiadzín obras maestras que aún hoy asombran: la iglesia de Santa Hripsimé (618) y la de Santa Gayané (630), dedicadas a las vírgenes mártires, ejemplos perfectos del estilo armenio de planta central que influiría en toda la arquitectura de la región. La cumbre de aquel florecimiento fue la catedral de Zvartnots, una audacia sin igual que merece su propio capítulo.
A mediados del siglo VII, el catolicós Nerses III, apodado 'el Constructor', concibió una obra que quería superar todo lo hecho hasta entonces: la catedral de Zvartnots, 'los seres celestiales vigilantes'. Levantada hacia los años 640-650, a pocos kilómetros de Echmiadzín, fue un edificio revolucionario: una gran rotonda de tres pisos, de planta circular, con columnas y arcadas que se elevaban hacia una cúpula altísima. Nada parecido existía en el Cáucaso ni en el mundo cristiano de la época, y los cronistas contemporáneos la describieron como una maravilla.
Según la tradición, el propio emperador bizantino, deslumbrado al verla, quiso construir una réplica en Constantinopla. Zvartnots simbolizaba la ambición y la confianza de una Armenia que, pese a estar bajo la creciente presión de los árabes, seguía produciendo cultura y belleza al más alto nivel. Su audacia estructural, sin embargo, tenía un precio: la enorme rotonda era vulnerable.
Hacia el siglo X, probablemente por un terremoto, la catedral se derrumbó, y sus piedras quedaron enterradas y olvidadas durante casi mil años. Recién a principios del siglo XX las excavaciones sacaron a la luz el basamento circular, las columnas con sus capiteles tallados de águilas y racimos, y las bases del palacio del catolicós. Hoy, las ruinas de Zvartnots, con el Ararat al fondo, son uno de los sitios más evocadores de Armenia: el testimonio de un esplendor truncado, un 'qué habría sido' de piedra.
El papel de Echmiadzín como corazón de la Iglesia armenia no fue continuo. A lo largo de la Edad Media, las invasiones y los cambios de poder obligaron a trasladar la sede del catolicós de un lugar a otro —a Dvin, a la ciudad de Ani, a Cilicia, en la actual Turquía, cerca del Mediterráneo—, siguiendo el destino errante del pueblo armenio, que muchas veces vivió sin Estado propio. Durante siglos, la catedral de Echmiadzín quedó relegada, en una región disputada por persas y otomanos, y sufrió saqueos y abandono.
En 1441, un sínodo decidió devolver la sede principal de la Iglesia Apostólica Armenia a Echmiadzín, su lugar de origen, y desde entonces la ciudad volvió a ser la Santa Sede, la residencia del Catolicós de Todos los Armenios. Ni el dominio persa, ni el ruso a partir del siglo XIX, ni las siete décadas de ateísmo oficial soviético en el siglo XX lograron apagar esa condición: incluso bajo la URSS, cuando la religión era perseguida, Echmiadzín siguió funcionando como centro de una Iglesia que era, para los armenios, mucho más que una fe: era el último refugio de su identidad nacional.
Con la independencia de 1991, Echmiadzín recuperó todo su esplendor como capital espiritual de un pueblo repartido por el mundo: hoy hay más armenios en la diáspora que en la propia Armenia, y para todos ellos esta ciudad de la llanura del Ararat es el punto de referencia. En 2000 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad el conjunto de la Catedral Madre, las iglesias de Hripsimé y Gayané y las ruinas de Zvartnots. Y en 2024, tras seis años de una minuciosa restauración, la Catedral Madre reabrió sus puertas, con sus frescos limpios y sus cimientos reforzados, lista para seguir siendo, diecisiete siglos después de su fundación, el lugar donde late el alma de Armenia.