San Cristóbal de La Habana fue una de las siete primeras villas de Cuba; tras varios traslados, se estableció en su emplazamiento definitivo, junto a la magnífica bahía de bolsa, en 1519, bajo una ceiba en el actual Templete. Su puerto profundo, protegido y de boca estrecha la convirtió muy pronto en la escala clave del imperio español: allí se reunían las flotas cargadas de plata de México y el Perú antes de cruzar juntas el Atlántico rumbo a Sevilla.
Esa riqueza atrajo a piratas y corsarios, lo que obligó a la corona a fortificar la ciudad con imponentes castillos como el de la Real Fuerza, el Morro y, más tarde, la Cabaña. En 1607, La Habana se convirtió en capital de la isla, desplazando a Santiago de Cuba, y creció hasta ser una de las urbes más importantes y pobladas del Nuevo Mundo.
En 1762, en el marco de la Guerra de los Siete Años, una poderosa escuadra británica sitió y tomó La Habana, que permaneció casi once meses bajo dominio inglés. Aquella ocupación abrió por primera vez el comercio de la ciudad a nuevos mercados y aceleró la entrada de esclavos y mercancías. En 1763, Inglaterra devolvió La Habana a España a cambio de la Florida.
Durante los siglos XVIII y XIX, el auge del azúcar y del tabaco hizo de La Habana una ciudad opulenta, con palacios, iglesias, teatros y paseos como el Prado. En 1837 se inauguró el primer ferrocarril de toda Hispanoamérica, tendido para transportar la caña, mucho antes que el de la propia España. La ciudad se llenó de una burguesía criolla enriquecida y de una vida cultural intensa que la situó entre las capitales más brillantes del continente.
En la madrugada del 15 de febrero de 1898, la explosión del acorazado estadounidense Maine en la bahía de La Habana, con 266 muertos, precipitó la guerra que puso fin al dominio español sobre Cuba. Cuatro años después, el 20 de mayo de 1902, la ciudad vio nacer la República en el Palacio de los Capitanes Generales.
Las primeras décadas republicanas fueron para La Habana una época dorada de arquitectura ecléctica, art déco y luego moderna, con el Capitolio inaugurado en 1929 —inspirado en el de Washington—, grandes hoteles, cabarets como Tropicana, casinos ligados a la mafia estadounidense y una música que sonaba en cada esquina. La capital fue también escenario central de la política cubana, del glamour prerrevolucionario y, tras el 1 de enero de 1959, del nuevo poder revolucionario que la transformó por completo.
El casco histórico de la ciudad, La Habana Vieja, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982, junto con su sistema de fortificaciones coloniales. Sus plazas —la Plaza Vieja, la Plaza de la Catedral, la Plaza de Armas, la Plaza de San Francisco—, sus calles empedradas y sus edificios de siglos han sido restaurados por la Oficina del Historiador en uno de los mayores y más admirados proyectos de rehabilitación urbana de América Latina.
Más allá del casco antiguo se extienden barrios de enorme personalidad: Centro Habana, con su bullicio; el Vedado, con sus mansiones y su vida nocturna; y el residencial Miramar. El Malecón, la avenida marítima de casi ocho kilómetros, es el gran salón al aire libre de los habaneros, azotado por las olas en los días de norte.
La Habana es una de las grandes capitales musicales del planeta. En sus calles, cafés y academias se desarrollaron o popularizaron el son, el danzón —baile nacional de Cuba—, el bolero, el mambo, el chachachá y, más tarde, la salsa, el filin, la timba y buena parte de la música latina moderna. Fue también cuna del cine cubano, de la literatura de Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, y de una vida cultural que sigue latiendo con fuerza.
Los autos clásicos estadounidenses de los años cincuenta, convertidos en almendrones y taxis, ruedan aún por sus avenidas como cápsulas del tiempo. Entre la música que brota de cada esquina, el olor a tabaco y ron, el mar del Malecón y la arquitectura de cinco siglos, La Habana se ha convertido en un símbolo mundial y en el gran centro político, cultural y turístico de Cuba.