Mucho antes de la llegada de los españoles, las fértiles llanuras que hoy forman Mayabeque estaban habitadas por comunidades taínas y siboneyes que aprovechaban las aguas del río Mayabeque —al que llamaban Onicajinal o Güinicajinal— para el cultivo de la yuca, el maíz y el tabaco. La región de Güines formaba parte del extenso cacicazgo gobernado por el cacique Habaguanex, uno de los señores indígenas del occidente de la isla cuyo nombre ha quedado ligado para siempre a la memoria prehispánica del territorio.
El propio topónimo Mayabeque es de raíz arahuaca y designaba originalmente el río que riega el valle, un curso de agua modesto pero decisivo, porque su caudal permitiría siglos después convertir estas tierras en una de las comarcas agrícolas más productivas de Cuba. Como en el resto de la isla, la población originaria se desplomó en pocas décadas por las enfermedades europeas, el trabajo forzado en las encomiendas y la violencia de la conquista, y muy pronto los colonos comenzaron a importar africanos esclavizados para trabajar la tierra.
Durante los dos primeros siglos coloniales la región permaneció como un mosaico de hatos y corrales dedicados a la ganadería extensiva, apenas poblado, a la sombra de la cercana Habana. Solo con el auge azucarero del siglo XVIII estas llanuras comenzarían a transformarse en el paisaje de ingenios, cañaverales y caseríos que definiría su historia.
La colonización estable de la comarca cristalizó en una serie de villas surgidas entre los siglos XVII y XVIII. Batabanó, en la costa sur, fue mercedado como hato en 1559 y fundado formalmente como poblado en 1688; Bejucal se estableció como villa hacia 1714 y llegó a ser condado; Güines pasó de parroquia en 1690 a villa en 1769; y San José de las Lajas nació en 1778 en torno a un almacén levantado en el cruce del viejo camino real de La Habana a Güines, con parroquia inaugurada poco después.
San José de las Lajas, la actual capital provincial, creció precisamente por su condición de nudo de caminos entre la capital y el interior agrícola. Su posición estratégica la convirtió con el tiempo en un centro de comunicaciones, comercio e industria, mientras que Bejucal conserva el honor histórico de haber sido escenario de tempranas innovaciones y una vida urbana notable en el entorno de La Habana.
Aquella red de villas dio a la comarca una densidad de población y una vida institucional muy superiores a las de otras regiones rurales de Cuba, algo lógico dada su cercanía al mayor mercado consumidor de la isla. Cada una de estas poblaciones desarrolló su propia identidad, sus fiestas y sus tradiciones, que perviven hoy en la cultura de la joven provincia.
El gran protagonista económico de la región fue Güines, cuyo fértil valle vivió a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX un espectacular auge azucarero. El número de ingenios se multiplicó de apenas seis en 1784 a veintiséis en 1804, en pleno estallido de la demanda mundial que siguió a la destrucción de las plantaciones de Haití. Aquella riqueza se levantó, como en toda Cuba, sobre el trabajo de miles de africanos esclavizados traídos a los cañaverales.
Güines fue además pionera en un adelanto técnico decisivo: en 1798 el Real Consulado de La Habana le concedió la facultad de distribuir las aguas del río Mayabeque, y así nació la Comunidad de Regantes de Güines, uno de los primeros grandes sistemas de regadío organizados de Cuba. El agua canalizada multiplicó la productividad de la tierra y convirtió al valle en un modelo agrícola admirado en toda la isla, capaz de sostener no solo caña, sino hortalizas, frutas y viandas.
Ese dinamismo tuvo también un temprano correlato industrial: instalaciones como el ingenio Alejandría —el primer trapiche movido por fuerza hidráulica de la zona, hoy Monumento Nacional en ruinas—, una fábrica de chocolate y dulce de guayaba montada por José Manuel Iturbe en 1840 y varias fábricas de almidón de yuca en la década de 1860 dan idea de la vitalidad económica de una comarca que abastecía a la cercana capital.
El auge azucarero necesitaba sacar la caña con rapidez hacia el puerto de La Habana, y esa necesidad convirtió a la comarca en cuna de un hito histórico: el primer ferrocarril de Cuba y de toda Hispanoamérica. La línea, inaugurada en 1837 entre La Habana y Bejucal y prolongada hasta Güines en 1839, se tendió mucho antes que el de la propia España y situó a Cuba entre los primeros países del mundo en contar con transporte ferroviario.
Aquel tren, pensado para transportar el azúcar del valle güinero, transformó la economía y la geografía de la región y anticipó la red ferroviaria que acabaría recorriendo toda la isla. Que semejante primicia tecnológica ocurriera precisamente en estas llanuras del este habanero da la medida de su importancia económica en la Cuba colonial.
El territorio también aportó su cuota a las luchas patrióticas: por él pasaron las columnas de Máximo Gómez y Antonio Maceo durante la invasión de 1895-1896, y de Güines era Raúl Gómez García (1928-1953), poeta revolucionario y una de las víctimas caídas tras el asalto al cuartel Moncada. Historia agrícola y compromiso político se entrelazan así en la memoria de Mayabeque.
En la costa sur, sobre el golfo de Batabanó, se encuentra el Surgidero de Batabanó, un puerto que durante décadas fue el gran centro cubano de la pesca de la esponja, actividad que dio fama y prosperidad a la localidad y atrajo a pescadores y comerciantes de toda la isla. Aquel comercio esponjero marcó la identidad marinera de una región volcada tradicionalmente hacia la agricultura.
Batabanó sigue siendo hoy la principal puerta de conexión marítima con la Isla de la Juventud: desde su embarcadero parten los ferris y catamaranes que cruzan el golfo hasta Nueva Gerona, lo que convierte a Mayabeque en punto de tránsito obligado para quienes viajan a ese municipio especial del sur cubano. La provincia posee además playas de arena oscura en su litoral meridional, como Playa Mayabeque, mientras su breve costa norte mira al estrecho de Florida.
Mayabeque nació administrativamente el 1 de agosto de 2010 —con efecto pleno en 2011—, cuando la antigua y extensa provincia de La Habana se dividió en dos: Artemisa al oeste y Mayabeque al este, con capital en San José de las Lajas. Es la provincia más pequeña de Cuba por superficie, pero una de las más productivas desde el punto de vista agrícola, gracias a la fertilidad de sus llanuras y a su cercanía al gran mercado de la capital.
Por esa combinación de suelos ricos y proximidad a la ciudad, Mayabeque funciona como una de las principales despensas del país: hortalizas, frutas, caña, tabaco y ganado abastecen buena parte de la demanda habanera. Esa vocación agrícola convive con instalaciones industriales y centros de investigación de peso en San José de las Lajas, lo que da a la provincia un perfil a la vez rural y moderno.
Aunque poco turística en comparación con sus vecinas, Mayabeque reúne un patrimonio histórico notable —el primer ferrocarril, los ingenios pioneros, el regadío de Güines, el puerto esponjero de Batabanó— que la convierte en una pieza clave para entender el desarrollo agrario y tecnológico del occidente cubano. Su cercanía a La Habana y su carácter de territorio de tránsito y abastecimiento definen a esta joven provincia de raíces coloniales muy profundas.