Mucho antes de la llegada de los europeos, el istmo estaba poblado por una gran diversidad de pueblos indígenas organizados en cacicazgos, algunos de considerable poder y complejidad. En el occidente vivían los ngäbe y buglé —llamados por los españoles guaymíes—, junto con grupos como los dorasques y doraces; en el oriente, los antepasados de los guna, los emberá y los wounaan. Eran sociedades de agricultores, pescadores, alfareros y metalurgistas, cuyo comercio de piezas de oro llegaba hasta lugares tan lejanos como Chichén Itzá, en Yucatán.
El gran foco cultural del centro fue la llamada Gran Coclé, una tradición que floreció aproximadamente desde el 1200 a. C. hasta el siglo XVI. En sitios como Sitio Conte y El Caño se han hallado ricos enterramientos con exquisitas piezas de orfebrería en oro, cerámica policromada, pectorales y objetos ceremoniales que revelan élites poderosas y una notable jerarquía social. En 2022 y 2024, nuevas excavaciones en El Caño destaparon tumbas repletas de oro con evidencias de sacrificios humanos, confirmando la sofisticación de estos señoríos.
Estos pueblos no fueron un telón de fondo pasivo de la conquista: opusieron una resistencia tenaz. El nombre del cacique Urracá, que combatió a los españoles durante casi una década en Veraguas y Chiriquí, quedó como símbolo perpetuo de esa lucha, hasta el punto de figurar hoy en la moneda nacional. La herencia de aquellos pueblos sigue viva en las comarcas indígenas y en más de medio millón de panameños que se reconocen como descendientes de las naciones originarias.
El primer europeo en explorar las costas del istmo fue Rodrigo de Bastidas en 1501, seguido por Cristóbal Colón, que en su cuarto viaje (1502) recorrió el litoral caribeño, bautizó Portobelo y fundó un efímero asentamiento en Veraguas. En 1510, en el golfo de Urabá, los españoles establecieron Santa María la Antigua del Darién, el primer asentamiento europeo estable en tierra firme americana y primera capital de Castilla del Oro, desde donde se organizaría la penetración del istmo.
El hecho más trascendental ocurrió el 25 de septiembre de 1513. Vasco Núñez de Balboa, que había partido a comienzos de septiembre con unos 190 españoles, cientos de indígenas de carga y perros de guerra, cruzó la selva del Darién guiado por caciques aliados como Careta. Tras semanas de marcha por terreno hostil, alcanzó la cumbre de la cordillera y, según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, hacia las diez de la mañana divisó desde lo alto 'la mar del sur', antes que ningún otro cristiano. Días después descendió a la costa y, espada en una mano y estandarte de la Virgen en la otra, entró en las aguas hasta las rodillas para tomar posesión del Mar del Sur en nombre de los Reyes de Castilla.
Aquel avistamiento —considerado por muchos el acontecimiento más significativo después del propio descubrimiento de América— reveló que el istmo era el paso más corto entre los dos grandes océanos y transformó para siempre su destino. Irónicamente, Balboa terminaría decapitado en 1519 por orden de Pedrarias Dávila, el gobernador que ese mismo año fundaría la ciudad de Panamá y convertiría al istmo en la plataforma de la conquista del Pacífico.
El 15 de agosto de 1519, el gobernador Pedro Arias Dávila (Pedrarias Dávila) fundó la ciudad de Panamá a orillas del Pacífico: fue la primera ciudad española en la costa del océano Pacífico del continente americano y la base desde la cual Francisco Pizarro y Diego de Almagro organizaron la conquista del Perú. Por sus muelles partieron las expediciones que someterían al Imperio incaico y por ellos empezaría a fluir, en sentido inverso, la fabulosa riqueza andina.
La colonización avanzó pese a la resistencia indígena. En 1522, Gaspar de Espinosa fundó Natá de los Caballeros, uno de los poblados de origen colonial más antiguos que perviven en tierra firme americana, en una región defendida ferozmente por el cacique Urracá. La población nativa, sin embargo, se desplomó por las guerras, la esclavitud y sobre todo las epidemias de enfermedades europeas, para las que carecían de defensas.
Durante estas primeras décadas, el istmo quedó administrativamente ligado primero a la audiencia de Panamá y a la órbita del Perú. Su función quedó definida desde el principio: no ser un territorio de asentamiento agrícola masivo, sino una zona de tránsito, la garganta por donde pasaría el comercio entre España y todo el Pacífico sudamericano. Esa vocación de puente marcaría toda su historia posterior.
Durante los siglos XVI y XVII, el istmo se convirtió en la gran ruta de tránsito del Imperio español. La plata del Perú llegaba por mar a la ciudad de Panamá y cruzaba de océano a océano por dos rutas: el Camino Real, un sendero terrestre a lomo de mula que iba directo al Caribe, y el Camino de Cruces, que combinaba un tramo terrestre hasta la Venta de Cruces con la navegación por el río Chagres. Se calcula que cada año atravesaban el istmo entre cien y doscientas toneladas de plata.
En la costa caribeña se celebraban las célebres ferias comerciales, adonde llegaba la Flota de Tierra Firme (los galeones). Primero fue Nombre de Dios el puerto de embarque, comparado por los cronistas con la Venecia comercial; desde 1597, la feria se trasladó a Portobelo, cuya bahía había bautizado Colón. Las ferias de Portobelo llegaron a durar hasta cuarenta días y a mover, según los testimonios de la época, riquezas colosales, siendo descritas como la mejor feria del mundo.
Semejante concentración de tesoros convirtió a la costa en un imán para el enemigo. Para proteger el flujo de plata, la Corona levantó imponentes fortificaciones: los castillos de Portobelo y el Fuerte de San Lorenzo, en la desembocadura del río Chagres. Ese sistema defensivo, magnífico ejemplo de la arquitectura militar de los siglos XVII y XVIII, sería declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980.
La riqueza que cruzaba el istmo atrajo durante generaciones a piratas, corsarios y bucaneros de las potencias rivales de España. Francis Drake atacó Nombre de Dios en 1572 y, tras años de correrías por el Caribe, murió de disentería frente a Portobelo en 1596, siendo sepultado en el mar en un ataúd de plomo. Los ataques a los puertos y a las mulas cargadas de plata fueron una amenaza constante para el comercio colonial.
El golpe más devastador llegó de la mano del bucanero galés Henry Morgan. En 1668 saqueó Portobelo, y entre diciembre de 1670 y enero de 1671 organizó una expedición aún mayor: remontó el río Chagres, tomó el Fuerte de San Lorenzo, cruzó el istmo con unos 1.400 hombres y el 28 de enero de 1671 asaltó la ciudad de Panamá. La urbe fue incendiada y quedó reducida a ruinas; en los meses siguientes, unos tres mil de sus diez mil habitantes murieron por el saqueo y las enfermedades.
La destrucción obligó a refundar la ciudad. En 1673, bajo el gobernador Antonio Fernández de Córdoba, la nueva Panamá se levantó unos ocho kilómetros al oeste, en una península más defendible y protegida por murallas: el actual Casco Viejo o Casco Antiguo. Las ruinas de la ciudad original —Panamá Viejo— quedaron abandonadas y sirvieron durante siglos como cantera. Aquel episodio, uno de los más dramáticos de la piratería americana, marcó el fin de una era y el declive de la ruta transístmica frente al auge de la vía por el Cabo de Hornos.
Con la decadencia de las ferias y el desvío del comercio hacia la ruta del Cabo de Hornos, el istmo perdió protagonismo durante el siglo XVIII, quedando integrado en 1739 al Virreinato de Nueva Granada. Cuando las guerras de independencia sacudieron a la América española, Panamá optó por una separación pacífica y negociada, sin las cruentas batallas que asolaron a otras regiones.
El primer paso lo dio el interior: el 10 de noviembre de 1821, la Villa de Los Santos, en la península de Azuero, lanzó el llamado 'Primer Grito de Independencia', un pronunciamiento contra las autoridades españolas encabezado por figuras locales como Rufina Alfaro en la tradición popular. El movimiento se extendió por Natá, Penonomé, Las Tablas y otras poblaciones. Pocas semanas después, el 28 de noviembre de 1821, una cabildo abierto en la ciudad de Panamá, bajo el coronel José de Fábrega, proclamó la independencia definitiva de España.
Ese mismo día, Panamá decidió unirse voluntariamente a la Gran Colombia presidida por Simón Bolívar, buscando protección frente a un posible retorno español. La decisión selló el destino del istmo durante gran parte del siglo XIX: sería un departamento de la República de Colombia, marcado por recurrentes tensiones autonomistas, varios intentos de separación y un federalismo que llegó a convertirlo, por momentos, en el 'Estado Federal de Panamá'.
La posición geográfica del istmo volvió a cobrar valor mundial con la fiebre del oro de California, desatada en 1848-1849. Miles de aventureros que se dirigían a la costa oeste de Estados Unidos descubrieron que cruzar el estrecho istmo panameño era mucho más rápido y seguro que atravesar todo Norteamérica por tierra o rodear el continente por Cabo de Hornos. El istmo se llenó de viajeros impacientes, y con ellos llegaron el comercio, la especulación y una nueva ola de tránsito.
Ese flujo impulsó la obra que reafirmaría la vocación interoceánica del país. Promovido por el empresario estadounidense William H. Aspinwall, el Ferrocarril de Panamá comenzó a construirse en 1850 y su primer tren completo recorrió los cerca de 77 kilómetros entre el Caribe y el Pacífico el 28 de enero de 1855. Fue el primer ferrocarril transcontinental del mundo, una proeza de ingeniería que exigió más de trescientos puentes y alcantarillas para atravesar selvas, pantanos y ríos.
El costo humano fue enorme: la fiebre amarilla, la malaria y las condiciones extremas se cobraron miles de vidas de trabajadores traídos de las Antillas, China, Irlanda y otras partes del mundo, dando origen a una leyenda macabra según la cual habría un muerto por cada durmiente de la vía. Pero el ferrocarril demostró de manera irrefutable que unir los dos océanos por el istmo era posible, y preparó el terreno para el sueño mayor: un canal interoceánico.
El sueño del canal se hizo realidad primero como catástrofe. Ferdinand de Lesseps, el francés que había construido con éxito el Canal de Suez, llegó a Panamá en 1880 rodeado de prestigio universal. Su hija dio la primera palada simbólica en la desembocadura del río Grande, y la Compañía Universal del Canal Interoceánico empezó las obras en 1881 con la ambición de excavar un canal a nivel, sin esclusas, en apenas ocho años.
La realidad tropical destrozó ese optimismo. La geología del istmo, con deslizamientos constantes en el Corte de la Culebra, resultó mucho más difícil de lo previsto. Pero el enemigo más letal fue la enfermedad: la malaria y la fiebre amarilla, cuyo mecanismo de transmisión por mosquitos aún se desconocía, mataron a unos 22.000 trabajadores durante la etapa francesa. Los costos se dispararon muy por encima de lo estimado.
El 15 de mayo de 1889 se declaró la quiebra de la compañía, arruinando a unos 800.000 pequeños inversionistas franceses. El desastre financiero derivó en un escándalo político y judicial de dimensiones históricas —el 'Caso de Panamá'—, con acusaciones de fraude y sobornos a parlamentarios, y con el propio Lesseps y su hijo Charles procesados. Una segunda compañía francesa intentó rescatar el proyecto y mantener vivos los derechos, pero el canal francés quedó como uno de los mayores fracasos de la ingeniería del siglo XIX, un cementerio de máquinas oxidándose en la selva.
Estados Unidos retomó el interés por un canal transístmico a comienzos del siglo XX. En 1903, el Senado colombiano rechazó el Tratado Herrán-Hay, que habría autorizado a Washington a construir la vía en territorio de su departamento de Panamá. Ese rechazo colombiano, sumado al viejo sentimiento autonomista panameño y al respaldo de intereses estadounidenses y franceses, precipitó los acontecimientos.
El 3 de noviembre de 1903, apoyada por la presencia disuasoria de buques de guerra estadounidenses que impidieron el desembarco de tropas colombianas, Panamá se declaró independiente de Colombia y nació como república. Estados Unidos la reconoció el 13 de noviembre, y en pocos días la siguieron Francia y más de una docena de países.
Pocos días después de la separación, el 18 de noviembre de 1903, se firmó en Washington el Tratado Hay-Bunau Varilla, negociado por el secretario de Estado John Hay y el ingeniero francés Philippe Bunau-Varilla, quien actuó como representante de Panamá sin que ningún panameño lo firmara. El tratado concedía a Estados Unidos, 'a perpetuidad', el control de una franja de tierra de 16 kilómetros de ancho —la Zona del Canal— para construir, administrar y defender la vía. Aquel documento, considerado por generaciones de panameños como el pecado original de la república, dio a la nación su territorio para el canal pero sembró un siglo de reclamos por la soberanía.
Estados Unidos inició los trabajos en 1904, aprendiendo de los errores franceses. La clave del éxito fue doble. Por un lado, la campaña sanitaria del médico William C. Gorgas, que, aplicando el reciente descubrimiento sobre el papel del mosquito, drenó pantanos, fumigó y controló la fiebre amarilla y la malaria, salvando decenas de miles de vidas. Por otro, la decisión de abandonar el canal a nivel y optar por un canal de esclusas alimentado por un gran lago artificial.
Bajo la dirección primero del ingeniero John Stevens y luego del coronel George Washington Goethals, se represó el río Chagres para crear el lago Gatún —entonces el mayor lago artificial del mundo— y se construyeron tres juegos de esclusas gemelas: Gatún, Pedro Miguel y Miraflores, que elevan y descienden los buques 26 metros. Se excavó el temible Corte de la Culebra a través de la cordillera continental. Para la obra llegaron decenas de miles de trabajadores: entre 1904 y 1913 laboraron más de 56.000 personas, de las cuales unos 31.000 eran antillanos, sobre todo de Barbados y Jamaica, cuyos descendientes dieron origen a la vibrante cultura afroantillana del país.
El Canal de Panamá se inauguró el 15 de agosto de 1914, con el paso del vapor Ancón, una de las mayores obras de ingeniería de la historia. La vía transformó el comercio mundial, pero también consolidó una anomalía: en el corazón del joven país se extendía la Zona del Canal, un enclave gobernado por Estados Unidos, con sus propias leyes, escuelas y policía, del que los panameños quedaban en buena medida excluidos. Esa herida marcaría la política nacional durante las siguientes seis décadas.
La existencia de una Zona del Canal bajo bandera extranjera generó una tensión creciente. El reclamo de soberanía estalló con fuerza trágica el 9 de enero de 1964: cuando un grupo de estudiantes del Instituto Nacional intentó izar la bandera panameña junto a la estadounidense en la Escuela Superior de Balboa, dentro de la Zona, los enfrentamientos que siguieron dejaron unos 21 o 22 muertos, entre ellos el joven Ascanio Arosemena. La fecha se conmemora desde entonces como el Día de los Mártires, y llevó al presidente Roberto Chiari a romper relaciones con Estados Unidos, un hecho inédito que forzó a Washington a renegociar el estatus del Canal.
En 1968, un golpe militar llevó al poder a la Guardia Nacional, y de ella emergió como figura dominante el general Omar Torrijos, un líder de estilo populista y nacionalista que hizo de la recuperación del Canal la bandera de su gobierno. Su gran logro diplomático llegó el 7 de septiembre de 1977, cuando firmó en Washington con el presidente Jimmy Carter los Tratados Torrijos-Carter, que derogaban el tratado de 1903 y establecían la transferencia gradual del Canal a Panamá, con su reversión total el 31 de diciembre de 1999 y la garantía de neutralidad de la vía.
La muerte de Torrijos en un accidente aéreo en 1981 —rodeado de sospechas nunca aclaradas— abrió un vacío de poder. A partir de 1983, el verdadero hombre fuerte del país pasó a ser el general Manuel Antonio Noriega, jefe de las Fuerzas de Defensa y antiguo colaborador de la inteligencia estadounidense, cuyo régimen derivaría hacia la represión, el fraude electoral y el narcotráfico, poniendo a Panamá en rumbo de colisión con su antiguo aliado.
El régimen de Noriega se volvió cada vez más autoritario y aislado. Acusado en Estados Unidos por narcotráfico, anuló las elecciones de 1989 —que había perdido la oposición encabezada por Guillermo Endara— y desató una escalada de tensión con Washington. En la madrugada del 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos lanzó la Operación 'Causa Justa', la invasión de Panamá, con miles de soldados que combatieron en la capital y en Colón. Los objetivos declarados eran capturar a Noriega y proteger a los ciudadanos estadounidenses y el Canal.
La invasión provocó la caída y posterior captura de Noriega —que se entregó en enero de 1990 tras refugiarse en la Nunciatura y fue juzgado y encarcelado en Estados Unidos— y la instalación en el poder de Guillermo Endara, ganador de las elecciones anuladas. El costo humano fue elevado y sigue siendo objeto de debate: cientos de muertos, entre militares y civiles, y la destrucción de barrios enteros como El Chorrillo. Con ella terminó la etapa militar y comenzó la restauración de la democracia civil.
En la década siguiente, el país cumplió pacíficamente el gran hito de su historia contemporánea. El 31 de diciembre de 1999, en fiel cumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, Estados Unidos entregó el Canal y se retiró el último soldado: por primera vez desde 1903, los panameños asumían el control total de su territorio y de la vía interoceánica, administrada desde entonces por la Autoridad del Canal de Panamá (ACP). La antigua Zona del Canal se integró plenamente al país.
Con el Canal en sus manos, Panamá vivió dos décadas de crecimiento económico acelerado, sostenido por la vía interoceánica, la banca internacional, el comercio de la Zona Libre de Colón, la construcción y el 'hub' aéreo de Tocumen. El dólar estadounidense, en circulación desde 1904, y una legislación bancaria favorable convirtieron a la Ciudad de Panamá en uno de los grandes centros financieros de América Latina, con un skyline de rascacielos y el primer metro de Centroamérica, inaugurado en 2014.
El hito material de la época fue la ampliación del Canal. Aprobada en referéndum en 2006 y construida entre 2009 y 2016, añadió un tercer juego de esclusas —Agua Clara en el Caribe y Cocolí en el Pacífico— capaz de recibir gigantescos buques neopanamax. Inaugurada el 26 de junio de 2016, la obra duplicó la capacidad de la vía y reafirmó el papel de Panamá en el comercio global, aunque las sequías vinculadas al cambio climático han puesto en jaque el nivel del lago Gatún y el número de tránsitos.
No todo fue bonanza. En 2016, el escándalo de los 'Papeles de Panamá', filtración masiva del bufete Mossack Fonseca, expuso al mundo el uso del país como paraíso de sociedades opacas y dañó su reputación financiera. En 2023, un masivo movimiento ciudadano contra un contrato con la mina de cobre a cielo abierto de Donoso (Cobre Panamá) paralizó el país durante semanas y logró que la Corte Suprema declarara inconstitucional la concesión, en una de las mayores movilizaciones ambientales de la historia reciente de América Latina. Entre el orgullo de su Canal, la desigualdad persistente y los desafíos de la migración por el Darién, Panamá afronta el siglo XXI fiel a su vieja condición de puente del mundo.