El litoral y las islas de Bocas del Toro fueron recorridos por Cristóbal Colón en su cuarto viaje, en 1502, y muchos topónimos de la zona —empezando por la propia bahía del Almirante— se atribuyen a aquel paso. La región era hogar de pueblos indígenas del occidente istmeño, entre ellos los ancestros de los ngäbe y buglé, que aún tienen fuerte presencia en la provincia y en la vecina comarca Ngäbe-Buglé, donde conservan su lengua y sus tradiciones.
Durante la colonia, el aislamiento y las costas de difícil acceso convirtieron al archipiélago en refugio de piratas, contrabandistas, náufragos y comunidades libres, lejos del control de la Corona española. Esa condición de frontera caribeña, poco vigilada y abierta al Caribe angloparlante, marcó su carácter mestizo y multicultural desde muy temprano, distinguiéndolo del resto del istmo hispanohablante.
El hecho que transformó a Bocas del Toro fue el auge bananero de fines del siglo XIX y comienzos del XX. La United Fruit Company —la todopoderosa 'frutera' estadounidense— convirtió a la provincia en uno de los grandes centros productores de banano del Caribe y estableció su primera oficina principal en Bocas del Toro, sobre la isla Colón, donde Bocas Town llegó a ser una próspera y cosmopolita ciudad portuaria de comienzos del siglo XX.
El banano fue tanto motor de prosperidad como fuente de dependencia: la economía quedó subordinada al monocultivo de exportación y a los intereses de la compañía. A partir de la década de 1920, la enfermedad de Panamá y la sigatoka golpearon duramente las plantaciones. Hacia 1926, la United Fruit trasladó buena parte de su producción al continente y a otros cultivos como el cacao, dejando a la isla Colón en un largo declive del que solo la rescataría, décadas después, el turismo.
Para trabajar en las plantaciones bananeras llegaron miles de antillanos de habla inglesa, sobre todo de Jamaica y otras islas del Caribe. De ese encuentro nació la vibrante cultura afroantillana de la provincia, que hizo de Bocas del Toro un enclave anglófono en un país de habla española: aún hoy se escucha en las islas el guari-guari, un inglés criollo local.
Esa herencia se percibe en la música, en las danzas de raíz afroantillana e indígena, en la cocina de coco —con platos como el rondón y el rice and beans—, en las iglesias protestantes y en el ambiente relajado y multicultural que define el carácter de Bocas. Aunque las crisis del banano golpearon a la región, su legado cultural sigue vivo y es hoy uno de sus mayores atractivos.
Hoy Bocas del Toro es uno de los grandes destinos turísticos de Panamá: un archipiélago de islas cubiertas de selva y manglar, con playas de arena blanca, arrecifes de coral y aguas turquesa. Isla Colón, con Bocas Town y sus característicos edificios de madera sobre el agua, es el corazón animado del archipiélago, con su vida nocturna, sus hostales y su ambiente bohemio.
Isla Bastimentos, en parte protegida por un parque nacional marino, conserva playas casi vírgenes como Red Frog Beach, las diminutas ranas rojas venenosas endémicas y comunidades afroantillanas e indígenas. El turismo de naturaleza, el surf, el buceo y el snorkel hicieron de Bocas un imán para viajeros de todo el mundo, en una provincia que combina una biodiversidad extraordinaria con una identidad caribeña única en el país.
El auge turístico de las últimas décadas ha traído prosperidad pero también tensiones: presión inmobiliaria sobre las islas, especulación de tierras, aumento de residuos y presión sobre los frágiles arrecifes y manglares. La provincia intenta equilibrar el desarrollo con la conservación de ecosistemas que son, en gran medida, su principal capital.
Bocas del Toro sigue siendo también una provincia agrícola y ganadera en su parte continental, con población ngäbe que trabaja en las plantaciones y conserva sus tradiciones. Entre el legado bananero, la cultura afroantillana, los pueblos originarios y el turismo internacional, la provincia mantiene una identidad plural que la distingue del resto de Panamá.