El Darién fue escenario de los primeros pasos de la conquista española en el continente. En 1510 se fundó, en la región del golfo de Urabá, Santa María la Antigua del Darién, el primer asentamiento europeo estable de tierra firme americana y primera capital de Castilla del Oro. Los españoles la levantaron tras derrotar al cacique Cémaco y consagraron el lugar a la Virgen de la Antigua de Sevilla, cuyo nombre le dieron.
Desde esta región Vasco Núñez de Balboa partió en 1513 para cruzar la selva y avistar por primera vez el océano Pacífico. Santa María fue abandonada hacia 1524, cuando la capital se trasladó a la recién fundada ciudad de Panamá, y poco después fue destruida por los indígenas. Aquel primer capítulo dejó al Darién en los orígenes mismos de la presencia europea en el continente.
El Darién fue un territorio de tenaz resistencia indígena y de refugio de cimarrones y comunidades libres. Hoy es el gran territorio de los pueblos emberá y wounaan —que tienen aquí su comarca propia—, además de comunidades guna y de afrodarienitas descendientes de esclavizados. Sus habitantes viven a orillas de los grandes ríos, en aldeas conectadas por piraguas, en uno de los entornos más remotos de América.
En el Darién se libró también uno de los episodios más curiosos de la historia colonial: entre 1698 y 1700, Escocia intentó fundar aquí la colonia de Nueva Caledonia, un ambicioso proyecto comercial que fracasó por completo entre enfermedades, hambre y hostilidad, arruinando a buena parte del país y contribuyendo a empujar a Escocia hacia la unión con Inglaterra en 1707.
El Darién es célebre en todo el continente por un vacío en el mapa: el Tapón del Darién, el único tramo donde se interrumpe la carretera Panamericana que, en teoría, une Alaska con la Patagonia. La carretera termina en el poblado de Yaviza, y a partir de allí solo hay selva, ríos y manglares, sin ruta hasta Colombia, en una brecha de unos cien kilómetros.
Ese aislamiento —mantenido en parte para proteger la selva y frenar el paso de enfermedades del ganado, contrabando y tráfico— convirtió al Darién en una de las regiones menos accesibles y más míticas de América. En las últimas décadas se ha vuelto además una peligrosa ruta de tránsito de cientos de miles de migrantes que intentan cruzar la selva a pie rumbo al norte, en una de las mayores crisis migratorias del continente.
El corazón natural de la provincia es el Parque Nacional Darién, la mayor área protegida de Panamá y una de las más grandes de Centroamérica, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1981 y Reserva de la Biosfera. Protege selvas húmedas de tierras bajas y de montaña, ríos, manglares y costas de enorme biodiversidad: jaguares, tapires, el águila harpía —ave nacional— y cientos de especies de aves.
Es uno de los últimos grandes refugios de vida silvestre del continente y funciona además como barrera natural que ha protegido a Centroamérica de plagas y enfermedades. Solo se visita en expediciones organizadas, dada su lejanía. Reservas privadas como Punta Patiño, sobre el golfo de San Miguel, permiten acercarse a esta naturaleza extrema y a la cultura de los pueblos originarios del Darién.
El Darién es hoy una frontera en todos los sentidos: geográfica, entre Panamá y Colombia; ecológica, entre dos grandes biomas continentales; y humana, donde conviven pueblos originarios, comunidades afrodescendientes, colonos y migrantes de paso. Es la provincia menos poblada y una de las más pobres del país, pero también la de naturaleza más intacta.
Su futuro se debate entre la presión de la deforestación, la ganadería y el narcotráfico, por un lado, y los esfuerzos de conservación y de turismo sostenible por el otro. Para el viajero, el Darién representa la última gran frontera de Panamá: un mundo de selva, ríos y culturas ancestrales que se resiste a la modernidad y conserva el aura de lo inexplorado.