La costa caribeña de la actual provincia de Colón fue, durante los siglos XVI y XVII, uno de los puntos neurálgicos del Imperio español en América. En Portobelo —cuya bahía había bautizado Colón en 1502— se celebraban, desde 1597, las célebres ferias comerciales adonde llegaba la Flota de Tierra Firme: allí se cargaba la plata del Perú que había cruzado el istmo por el Camino Real y el Camino de Cruces, y se descargaban las mercancías europeas destinadas a toda Sudamérica.
Las ferias de Portobelo llegaron a durar hasta cuarenta días y a mover riquezas que los cronistas describían como las mayores del mundo. Antes de Portobelo, ese papel lo había cumplido Nombre de Dios, comparado en su apogeo con la Venecia comercial. Ese trasiego de tesoros hizo del Caribe panameño un punto codiciado por las potencias rivales de España.
Para proteger ese tesoro se levantaron poderosas fortificaciones: los castillos de Portobelo, guardando la bahía, y el Castillo de San Lorenzo El Real, en la desembocadura del río Chagres, por donde subían las embarcaciones hacia el interior. Ese conjunto defensivo es un magnífico ejemplo de la arquitectura militar española de los siglos XVII y XVIII y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980.
La riqueza también atrajo ataques célebres. Francis Drake murió frente a Portobelo en 1596; y el bucanero Henry Morgan saqueó el puerto en 1668 y remontó el Chagres tomando San Lorenzo en su camino hacia la destrucción de la ciudad de Panamá en 1671. Los muros, cañones y bóvedas que hoy se conservan son testigos de aquella época en que el destino de imperios se jugaba en estas costas.
La ciudad de Colón nació hacia 1850 en el extremo caribeño del futuro Canal, como terminal atlántica del Ferrocarril de Panamá que se construía para llevar a los buscadores de oro de California de un océano a otro. Fundada por estadounidenses, recibió por un tiempo el nombre de Aspinwall, en honor a uno de los promotores del ferrocarril, antes de imponerse el de Colón.
Con la construcción del Canal, a comienzos del siglo XX, la ciudad se convirtió en un puerto y punto de entrada estratégico, poblado en gran parte por trabajadores antillanos. Hoy Colón alberga la Zona Libre de Colón —una de las mayores zonas francas del mundo— y enormes puertos de contenedores en la boca atlántica del Canal. Pese a esa colosal actividad económica, la ciudad ha arrastrado durante décadas problemas de pobreza y deterioro urbano, en un contraste doloroso con la riqueza que mueve la vía interoceánica a sus pies.
La provincia de Colón es uno de los grandes corazones de la cultura afrodescendiente de Panamá. En Portobelo y la Costa Arriba pervive la cultura congo, herencia de los cimarrones —esclavizados que huyeron de sus amos y formaron comunidades libres, los llamados palenques, durante la colonia—. Su expresión combina danza, tambores, un lenguaje ritual invertido, vestidos de retazos y la figura burlesca del diablo, en una representación que satiriza y desafía al poder colonial.
Estas expresiones rituales y festivas de la cultura congo fueron reconocidas por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Los tambores congo, sus cantos y sus danzas son uno de los legados más vivos y singulares de la diáspora africana en América, y se despliegan sobre todo en los carnavales y las fiestas de la Costa Arriba colonense.
Cada 21 de octubre, Portobelo se llena de peregrinos que acuden a venerar al Cristo Negro, el Nazareno de Portobelo, una imagen del siglo XVII considerada milagrosa y patrona del pueblo. Miles de devotos llegan a pie, muchos vestidos de morado y algunos arrastrándose de rodillas, en una de las devociones populares más multitudinarias e intensas del país.
A su alrededor, el Parque Nacional Portobelo y la selva de San Lorenzo protegen arrecifes, manglares y bosques tropicales que hacen de la provincia un destino de historia y naturaleza a la vez. Isla Grande, en la Costa Arriba, es un popular refugio de playa afrocaribeña, y las aguas del Caribe colonense ofrecen buceo entre corales y pecios. Historia colonial, cultura africana y naturaleza conviven en una de las provincias más singulares de Panamá.