La región central de la Isla Norte, del interior de Rotorua a la costa de la Bahía de Plenty, es el territorio de Te Arawa, una confederación de iwi que traza su whakapapa a la waka del mismo nombre, llegada desde Hawaiki. Sus antepasados se asentaron en torno a los lagos y la actividad geotermal de Rotorua, aprovechando las aguas termales para cocinar, bañarse y calentarse: una relación íntima con el fuego de la tierra que perdura hasta hoy.
La costa de la Bahía de Plenty —bautizada así por Cook en 1769 por su abundancia de alimentos, en contraste con la «Bahía de la Pobreza»— fue hogar de iwi como Ngāi Te Rangi y Ngāti Ranginui en torno a Tauranga. Toda esta zona fue escenario de intensa actividad durante las Guerras de Nueva Zelanda, y Tauranga sufrió confiscaciones de tierra tras los combates de Gate Pā y Te Ranga en 1864.
A mediados del siglo XIX, la región albergaba una de las maravillas naturales más célebres del Imperio británico: las Terrazas Rosa y Blanca (Pink and White Terraces), en el lago Rotomahana. Formadas durante siglos por el goteo de aguas silíceas termales, descendían como escalinatas de coral hasta el agua y ofrecían pozas para el baño. Visitantes de todo el mundo viajaban a través de la aldea de Te Wairoa, guiados por los maoríes de Tūhourangi, para contemplarlas. Fue aquí, más que en ningún otro sitio, donde nació la industria turística de Nueva Zelanda.
Todo terminó en la madrugada del 10 de junio de 1886, cuando el monte Tarawera entró en una violenta erupción. La explosión, de índice 5 en la escala de explosividad volcánica, sepultó las aldeas cercanas, mató a unas 120 personas —en su mayoría maoríes de Tūhourangi y Ngāti Rangitihi— y destruyó las Terrazas. La catástrofe transformó el paisaje y creó nuevos campos geotérmicos, como el de Waimangu.
Lejos de acabar con el turismo, la erupción lo reorientó hacia la propia Rotorua, cuyos géiseres, pozas de barro burbujeante y aguas termales sulfurosas se convirtieron en la nueva atracción. A principios del siglo XX, el gobierno impulsó a Rotorua como balneario (spa town), y el valle geotermal de Whakarewarewa, con el géiser Pōhutu, se abrió a los visitantes de la mano de los guías maoríes de Te Arawa.
Rotorua es hoy la capital de la cultura maorí viva para el visitante: en Te Puia, Tamaki Māori Village y las aldeas de Whakarewarewa se experimentan el haka, el hangi (comida cocinada en horno de tierra), el arte del tallado y el pōwhiri (ceremonia de bienvenida). El inconfundible olor a azufre que impregna la ciudad, sus lagos y sus fenómenos geotérmicos hacen de Rotorua uno de los destinos más singulares del país.
Al sur de Rotorua se extiende la Meseta Volcánica Central, dominada por el mayor lago del país, el Taupō, que ocupa la caldera de una de las erupciones más colosales de la historia de la Tierra (la del Oruanui, hace unos 26.500 años). Es territorio ancestral de Ngāti Tūwharetoa, tangata whenua de la zona desde hace unos 700 años, cuyo ancestro fundador Ngātoroirangi, según la tradición, ascendió y nombró estas montañas sagradas.
En los tres volcanes que se alzan sobre la meseta —Tongariro, Ngāuruhoe y Ruapehu— se escribió un capítulo pionero de la conservación mundial. En 1887, el jefe supremo Horonuku Te Heuheu Tūkino IV cedió las cumbres a la Corona para protegerlas de la fragmentación y la venta, con la condición de que fueran preservadas. Así nació en 1894 el Parque Nacional Tongariro, el primero de Nueva Zelanda y uno de los primeros del mundo, y el primero jamás donado por un pueblo indígena. Hoy es Patrimonio Mundial mixto (natural y cultural) y su travesía, el Tongariro Alpine Crossing, es considerada la mejor caminata de un día del país; el monte Ngāuruhoe encarnó al Monte del Destino en el cine.