Las vastas llanuras de Canterbury, las más extensas del país, fueron habitadas primero por el iwi Waitaha a mediados del siglo XIII, luego por Kāti Māmoe y finalmente absorbidas por Ngāi Tahu (Kāi Tahu), el gran iwi de la Isla Sur. Estos pueblos recorrían las llanuras y los Alpes en busca de alimento (mahinga kai) —anguilas, aves, pounamu (jade)— siguiendo antiguas rutas estacionales.
La montaña más alta, Aoraki, ocupa un lugar central en su cosmología: según la tradición de Ngāi Tahu, Aoraki y sus hermanos eran hijos del cielo cuya waka encalló y se petrificó, formando la Isla Sur (Te Waka o Aoraki). La relación de Ngāi Tahu con esta tierra y con la Corona quedaría marcada por compras de tierra desiguales, como la «Kemp's Deed» de 1848, que redujo drásticamente las reservas prometidas y originó una reclamación que duraría 150 años.
Christchurch nació de un proyecto colonizador con vocación religiosa. La Canterbury Association, ligada a la Iglesia de Inglaterra, se propuso fundar en las llanuras una colonia anglicana modélica, una «pequeña Inglaterra» en las antípodas. Los llamados «Primeros Cuatro Barcos» —el Randolph, el Charlotte Jane, el Sir George Seymour y el Cressy— trajeron a los primeros 792 «Peregrinos de Canterbury» al puerto de Lyttelton en diciembre de 1850.
Los colonos cruzaron las colinas de Port Hills y fundaron Christchurch en la llanura, trazando una ciudad ordenada en torno a una catedral, con el río Avon serpenteando entre parques y jardines. Con sus edificios neogóticos, sus sauces y su ambiente inglés, Christchurch se ganó el apodo de «la ciudad jardín» y «la más inglesa fuera de Inglaterra».
Al oeste de las llanuras se alza el techo de Nueva Zelanda: Aoraki/Mount Cook, con 3.724 metros, la mayor cumbre del país, rodeada de glaciares y de otras dieciocho cimas de más de 3.000 metros en los Alpes del Sur. Su Parque Nacional fue escuela del montañismo neozelandés —Edmund Hillary, primer hombre en coronar el Everest, se entrenó aquí— y su valle Hooker ofrece uno de los paisajes alpinos más deslumbrantes del hemisferio sur.
En la cuenca de Mackenzie, a los pies de los Alpes, el lago Tekapo despliega sus aguas turquesas de origen glaciar junto a la pequeña capilla del Buen Pastor. La región forma parte de una de las mayores reservas de cielo oscuro (Dark Sky Reserve) del mundo, un santuario para la observación de la Vía Láctea y las estrellas del hemisferio austral. El paso alpino de Arthur's Pass, atravesado por el célebre tren escénico TranzAlpine, conecta Canterbury con la costa oeste entre montañas habitadas por el kea, el único loro alpino del planeta.
La historia reciente de Canterbury está marcada por la tierra que tembló. El 4 de septiembre de 2010, un fuerte terremoto sacudió la región sin causar muertes; pero el 22 de febrero de 2011, una réplica de magnitud 6,3, más superficial y cercana, golpeó Christchurch a mediodía y mató a 185 personas, en el quinto desastre más mortífero de la historia del país. El centro histórico quedó devastado, la catedral en ruinas y miles de edificios hubieron de ser demolidos. Con más de 40.000 millones de dólares en daños, fue la catástrofe natural más costosa de Nueva Zelanda.
De los escombros surgió una ciudad renovada con creatividad y resiliencia: instalaciones temporales como la «catedral de cartón» del arquitecto Shigeru Ban, arte urbano, espacios verdes y una reconstrucción que integró por primera vez de forma central la cultura y el diseño de Ngāi Tahu. Christchurch, puerta de entrada a la Isla Sur, es hoy un símbolo de renacimiento tras la adversidad. Cerca, la península de Banks alberga Akaroa, un pueblo de raíces francesas fundado en 1840 en un cráter volcánico inundado, hogar del raro delfín de Héctor.