Otago nació como un proyecto de colonización de la Iglesia Libre de Escocia (Free Church), una confesión presbiteriana surgida en 1843. En marzo de 1848 llegaron los dos primeros barcos de inmigrantes, el John Wickliffe y el Philip Laing, procedentes del Firth of Clyde, y fundaron una colonia en el sur profundo de la Isla Sur. Aunque se barajó el nombre de «New Edinburgh», la ciudad se llamó Dunedin, la forma gaélica de Edimburgo.
La impronta escocesa quedó grabada para siempre en Otago: en su presbiterianismo, su arquitectura, sus topónimos y su carácter. Buena parte de los primeros colonos pertenecían a la Free Church, y a lo largo de la década de 1850 llegaron miles más. Sobre esa base sobria y trabajadora se levantaría una sociedad que pronto viviría una transformación vertiginosa.
El 25 de mayo de 1861, el buscador Gabriel Read descubrió oro en un arroyo del interior de Otago, en el lugar que se llamaría Gabriel's Gully. La noticia desató la primera gran fiebre del oro de Nueva Zelanda: en diciembre acampaban ya unas 14.000 personas en los yacimientos, y en 1861 llegaron 256 barcos al puerto de Port Chalmers cargados de buscadores. La población de Otago se multiplicó por cinco entre 1861 y 1864, y muchos mineros llegaron desde los agotados campos de Australia.
La fiebre transformó a Otago en la provincia más rica y poblada del país, y a Dunedin en su capital comercial e industrial y su mayor ciudad. La riqueza aurífera financió edificios monumentales, ferrocarriles y la fundación, en 1869, de la Universidad de Otago, la más antigua de Nueva Zelanda. La fiebre atrajo también a miles de mineros chinos, que sufrieron una fuerte discriminación pero dejaron una huella duradera, visible aún en pueblos históricos como Arrowtown.
La fiebre del oro llevó a los buscadores hacia el interior montañoso de Central Otago, a las orillas de los grandes lagos alpinos. Queenstown, a orillas del lago Wakatipu y bajo la escarpada cordillera de The Remarkables, nació como campamento minero en la década de 1860. Cuando el oro se agotó, su espectacular entorno de montañas, lagos y ríos la reinventó, en el siglo XX, como la capital mundial de los deportes de aventura: aquí se inventó el bungy jumping comercial (en el puente de Kawarau, en 1988), y hoy es meca del esquí, el jet boat, el paracaidismo y el senderismo.
A poca distancia, el lago Wanaka ofrece una versión más serena de la belleza alpina, con el famoso árbol solitario en sus aguas (#ThatWanakaTree) y acceso al Parque Nacional del Monte Aspiring. Entre viñedos de Pinot Noir de fama mundial, paisajes de cine y adrenalina, Central Otago se ha convertido en uno de los destinos más deseados del país.
Dunedin conserva hasta hoy su carácter de «Edimburgo del sur»: arquitectura victoriana y eduardiana de piedra, herencia escocesa, la calle residencial más empinada del mundo (Baldwin Street) y una vibrante vida universitaria en torno a la Universidad de Otago. La ciudad fue, en su apogeo aurífero, la más importante del país, y su patrimonio edilicio da testimonio de aquella riqueza.
Junto a la ciudad, la península de Otago es un santuario de vida salvaje excepcional: alberga la única colonia continental de albatros reales del mundo, en Taiaroa Head, además de pingüinos de ojos amarillos (hoiho), lobos y leones marinos. Herencia escocesa, oro y naturaleza austral se dan la mano en este rincón del sudeste de la Isla Sur.