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Historia de Japón

Jomon y Yayoi: cazadores, arroz y los primeros clanes

El poblamiento humano del archipiélago se remonta a decenas de miles de años, pero la primera gran cultura reconocible es la Jomon, que se extiende aproximadamente desde el 14.000 a. C. hasta el 300 a. C. Su nombre ('marca de cordón') viene de la decoración de su cerámica, hecha presionando cuerdas trenzadas sobre la arcilla húmeda: son algunos de los recipientes de barro cocido más antiguos que se conocen en el mundo. Los Jomon fueron cazadores, pescadores y recolectores sedentarios, algo poco habitual para un pueblo sin agricultura plena; vivían en aldeas de casas semienterradas, acumulaban conchales enormes y desarrollaron un arte de figurillas de barro, los dogu, de formas enigmáticas.

Hacia el 300 a. C. —las dataciones se discuten y algunos estudios adelantan el proceso varios siglos— llegó desde el continente, vía la península coreana, una transformación decisiva: el cultivo del arroz en campos inundados, la metalurgia del bronce y el hierro, el telar y nuevas formas de organización social. Es el período Yayoi (llamado así por el barrio de Tokio donde se halló su cerámica). El arroz permitió excedentes, y los excedentes, jerarquías: aparecieron jefes, guerreros, aldeas fortificadas y las primeras diferencias marcadas de riqueza.

De esa época provienen las primeras menciones escritas de Japón, pero no son japonesas sino chinas: las crónicas de la dinastía Han y de Wei describen la tierra de 'Wa', una constelación de pequeños reinos, y hablan de una reina-chamán llamada Himiko que hacia el siglo III gobernaba un país llamado Yamatai mediante ritos y magia. Dónde estaba exactamente Yamatai —en Kyushu o en la región de Kinai— es una de las grandes disputas irresueltas de la arqueología japonesa.

Yamato y Nara: el estado, el budismo y la escritura

Entre los siglos III y VI se consolidó en la llanura de Nara un poder hegemónico, el clan Yamato, del que la casa imperial japonesa reivindica descender de forma ininterrumpida hasta hoy. Es la época de los kofun, túmulos funerarios monumentales con forma de ojo de cerradura; el mayor, atribuido al emperador Nintoku, mide más de 480 metros de largo y rivaliza en volumen con las pirámides. En torno a esas tumbas se rodeaban figuras de terracota, los haniwa.

El siglo VI trajo una revolución cultural que llegó, de nuevo, desde el continente. Por la vía de los reinos coreanos —en especial Baekje— penetraron el budismo (hacia 538 o 552, según la fuente), el sistema de escritura chino, el confucianismo, el calendario y la burocracia. La adopción del budismo desató un conflicto entre clanes, que ganó la familia Soga. La figura clave fue el príncipe regente Shotoku Taishi (573-621), a quien la tradición atribuye la 'Constitución de los Diecisiete Artículos', el fomento del budismo y el envío de embajadas a la China de los Sui. En 645, la reforma Taika sentó las bases de un estado centralizado a imagen de la China Tang.

En el año 710 se fundó la primera capital permanente, Heijo-kyo, la actual Nara, trazada en cuadrícula copiando la capital china de Chang'an. Durante el período Nara (710-794), el estado promovió el budismo como religión protectora del reino: el emperador Shomu mandó erigir el Todai-ji con su colosal Buda de bronce, el Daibutsu, terminado en 752. Se compilaron también las dos crónicas fundacionales, el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720), que fijaron los mitos del origen divino de la nación y de la dinastía. El enorme poder que fueron acumulando los monasterios budistas empujó a la corte a mudarse de ciudad.

Heian: la corte, los Fujiwara y el nacimiento de la cultura clásica

En 794, el emperador Kanmu trasladó la capital a Heian-kyo, la actual Kioto, que sería sede imperial durante más de mil años. El período Heian (794-1185) es la edad de oro de la cultura cortesana japonesa. Con el debilitamiento de las embajadas a China —suspendidas en 894—, Japón dejó de importar modelos y empezó a producir una cultura propia y refinadísima, encerrada en la corte.

El poder real, sin embargo, se fue vaciando de la figura del emperador y concentrándose en el clan Fujiwara, que perfeccionó una fórmula genial: casar a sus hijas con los emperadores y gobernar como regentes (sessho y kanpaku) en nombre de nietos y sobrinos menores de edad. Su apogeo lo encarna Fujiwara no Michinaga a comienzos del siglo XI. Mientras la aristocracia vivía inmersa en la poesía, la caligrafía, los perfumes y una etiqueta minuciosa, en el campo crecían los grandes latifundios exentos de impuestos (shoen) y una clase de guerreros provinciales, los bushi o samuráis, que un día heredarían el país.

De esta corte salió una de las literaturas más notables del mundo, y buena parte la escribieron mujeres, porque a ellas se les permitía escribir en la escritura fonética japonesa (kana) en lugar del prestigioso chino reservado a los hombres. Murasaki Shikibu compuso hacia el año 1000 el 'Genji Monogatari' (La historia de Genji), considerado por muchos la primera gran novela psicológica de la literatura universal, y Sei Shonagon, el mordaz 'Libro de la almohada'. Hacia el final del período, dos clanes guerreros, los Taira y los Minamoto, se disputaron el poder en la sangrienta guerra Genpei (1180-1185).

Los shogunatos de Kamakura y Muromachi: samuráis, mongoles y guerra civil

La guerra Genpei terminó en 1185 con la victoria de Minamoto no Yoritomo, que en 1192 recibió del emperador el título de sei-i taishogun ('gran general que somete a los bárbaros'), abreviado shogun. Nacía así una forma de gobierno que definiría a Japón durante casi setecientos años: el emperador seguía reinando en Kioto como figura sagrada, pero el poder efectivo lo ejercía un dictador militar, el shogun, desde su propio gobierno, el bakufu. Yoritomo instaló el suyo en Kamakura, lejos de la corte.

El período Kamakura (1185-1333) vivió una prueba extrema: las dos invasiones mongolas de Kublai Kan, en 1274 y 1281. En ambas, enormes flotas enviadas desde China y Corea fueron destrozadas por tifones que los japoneses llamaron kamikaze, 'vientos divinos', y que interpretaron como prueba de la protección de los dioses sobre las islas. La defensa arruinó las finanzas del shogunato, que no pudo recompensar a los guerreros, y eso lo debilitó de muerte. En 1333 el emperador Go-Daigo intentó recuperar el poder real, pero uno de sus generales, Ashikaga Takauji, se volvió contra él y fundó su propio shogunato.

El período Muromachi (1336-1573), de los Ashikaga, fue política y militarmente inestable pero culturalmente deslumbrante: de él vienen el teatro noh, la ceremonia del té, los jardines zen de piedra y arena, el arte del ikebana y pabellones como el Kinkaku-ji (Pabellón de Oro) de Kioto. El budismo zen floreció bajo el patronazgo de los shogunes. Pero la autoridad central se desmoronaba: en 1467 estalló la guerra Onin, una lucha sucesoria que devastó Kioto y disolvió al país en un mosaico de señores de la guerra independientes.

El período Sengoku y los tres unificadores

El siglo que va, a grandes rasgos, de 1467 a 1568 se conoce como Sengoku Jidai, la 'era de los estados en guerra'. El poder central prácticamente desapareció y más de un centenar de señores feudales, los daimyo, guerrearon sin tregua por el control de sus dominios. Fue una época de traiciones, castillos, ejércitos de campesinos armados y ascensos meteóricos: cualquier guerrero capaz podía derrocar a su señor, fenómeno que los japoneses llamaron gekokujo, 'los de abajo derrocan a los de arriba'.

En 1543 la llegada de mercaderes portugueses a la isla de Tanegashima introdujo el arcabuz, que revolucionó la guerra japonesa, y poco después, en 1549, el jesuita Francisco Javier inició la misión cristiana, que llegó a contar cientos de miles de conversos. Sobre ese trasfondo se recortan los tres hombres que reunificaron Japón. Oda Nobunaga, brillante y despiadado, empezó a someter a los daimyo rivales y a quebrar el poder de los monasterios budistas armados; murió traicionado en 1582 en el incidente de Honno-ji. Un refrán japonés resume a los tres: Nobunaga amasó la harina del pastel de la unificación.

Su sucesor, Toyotomi Hideyoshi, de origen campesino, completó la conquista del país hacia 1590, ordenó la 'caza de espadas' que desarmó a los campesinos y separó nítidamente a guerreros de labradores, y lanzó dos invasiones desastrosas de Corea (1592 y 1597). A su muerte en 1598 dejó un heredero niño y un consejo de regentes que enseguida se enfrentaron. El tercero, Tokugawa Ieyasu, aplastó a sus rivales en la batalla de Sekigahara el 21 de octubre de 1600, la más decisiva de la historia japonesa. En 1603 el emperador lo nombró shogun. El pastel, dice el refrán, se lo comió Ieyasu.

Edo: dos siglos y medio de paz, orden y aislamiento

El shogunato Tokugawa (1603-1868) gobernó desde Edo —la actual Tokio— y le dio a Japón el período de paz interna más largo de su historia, más de 250 años. El sistema era férreo: la sociedad quedó dividida en cuatro estamentos rígidos (guerreros, campesinos, artesanos y comerciantes), y a los daimyo se los controlaba con el sankin-kotai, la obligación de pasar años alternos en Edo y de dejar allí a sus familias como rehenes, un mecanismo que además arruinaba sus finanzas en viajes y lujos.

La decisión más célebre del régimen fue el sakoku, el 'país cerrado'. Alarmado por el avance del cristianismo y por el poder que el comercio exterior daba a algunos señores, el shogunato reprimió con dureza a los cristianos —la rebelión de Shimabara de 1637-1638 terminó con decenas de miles de muertos— y entre 1633 y 1639 cerró Japón al mundo. Se prohibió a los japoneses salir del país bajo pena de muerte, se expulsó a los portugueses y solo se toleró un comercio mínimo y vigilado con neerlandeses y chinos a través de la islita artificial de Dejima, en Nagasaki. El país quedó prácticamente sellado durante más de dos siglos.

Lejos de ser una época de atraso, el aislamiento incubó una cultura urbana vibrante. Edo llegó a superar el millón de habitantes, quizá la ciudad más grande del mundo en el siglo XVIII. En sus barrios de placer floreció la cultura del ukiyo, el 'mundo flotante': el teatro kabuki, los grabados de Hokusai y Hiroshige, el haiku de Basho, los luchadores de sumo. La alfabetización creció, el comercio prosperó y una próspera clase mercantil ganó peso, aunque en teoría estaba al fondo del escalafón social. Ese equilibrio, sin embargo, dependía de que nadie tocara la puerta desde afuera.

La Restauración Meiji: de la espada a la máquina

La puerta la tocó Estados Unidos. En julio de 1853, el comodoro Matthew Perry entró en la bahía de Edo con una escuadra de barcos de guerra a vapor —los 'barcos negros'— y exigió, cañones mediante, que Japón abriera sus puertos al comercio. El shogunato, incapaz de resistir, firmó en 1854 y años siguientes una serie de 'tratados desiguales' que humillaron al país y encendieron una crisis política. Bajo el lema 'sonno joi' ('reverenciad al emperador, expulsad a los bárbaros'), varios dominios del sur y oeste —sobre todo Satsuma y Choshu— se rebelaron contra un shogunato que había mostrado su debilidad.

En 1868, tras una breve guerra civil (la guerra Boshin), el último shogun renunció y el poder volvió formalmente al joven emperador Mutsuhito, cuyo reinado se llamó Meiji ('gobierno ilustrado'). Es la Restauración Meiji, uno de los procesos de modernización más rápidos y radicales de la historia. Los nuevos dirigentes tomaron una decisión pragmática y audaz: en lugar de resistir a Occidente, lo imitarían para poder resistirlo. El lema pasó a ser 'fukoku kyohei', 'país rico, ejército fuerte'.

En pocas décadas Japón se rehízo por completo. Se abolieron los dominios feudales y la clase samurái —cuyos privilegios y el derecho a portar espada se suprimieron, lo que provocó revueltas como la de Satsuma en 1877—, se creó un ejército de conscripción, se tendieron ferrocarriles y telégrafos, se levantaron fábricas, se importaron expertos extranjeros y se envió a jóvenes a estudiar a Europa y Estados Unidos. En 1889 se promulgó una constitución inspirada en la de la Alemania de Bismarck, con un parlamento (la Dieta) y un emperador soberano y sagrado. Japón se convirtió en el primer país no occidental en industrializarse, y lo hizo con una velocidad que asombró al mundo.

El ascenso imperial y el camino a la guerra total

Una vez fuerte, Japón hizo lo que hacían las potencias de la época: construir un imperio. La guerra sino-japonesa de 1894-1895 le dio Taiwán y la humillación de China; la guerra ruso-japonesa de 1904-1905, con la destrucción de la flota rusa en Tsushima, fue la primera victoria de un país asiático sobre una gran potencia europea en la era moderna y le valió el control de Corea, que anexó formalmente en 1910, y de intereses en Manchuria. Japón se sentó a la mesa de los vencedores en la Primera Guerra Mundial, del lado aliado, y ganó territorios en el Pacífico.

Los años veinte trajeron una apertura democrática —la llamada 'democracia Taisho'— con sufragio masculino universal en 1925, pero la Gran Depresión, el peso creciente de los militares y un nacionalismo cada vez más agresivo la ahogaron. En 1931, el ejército de Kwantung fabricó un incidente para invadir Manchuria y crear el estado títere de Manchukuo; en 1937, un choque en el puente de Marco Polo desató la guerra total con China. Ese conflicto dejó atrocidades que la historiografía documenta con precisión, como la masacre de Nankín de 1937-1938, en la que se estima que fueron asesinados y violados un número enorme de civiles y prisioneros —las cifras se debaten, con estimaciones que van de decenas de miles a más de 300.000 según la fuente—, un episodio que sigue tensando las relaciones de Japón con sus vecinos.

Aliado de la Alemania nazi y la Italia fascista en el Pacto Tripartito de 1940, Japón buscó expandirse hacia el sudeste asiático rico en petróleo. El 7 de diciembre de 1941 atacó por sorpresa la base estadounidense de Pearl Harbor, arrastrando a Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial. Tras una expansión inicial fulminante, la marea se dio vuelta desde la batalla de Midway (1942), y Japón fue retrocediendo isla por isla en una guerra atroz que incluyó trabajos forzados, el sistema de las 'mujeres de consuelo' esclavizadas sexualmente y el bombardeo incendiario de sus ciudades. El de Tokio, en marzo de 1945, mató a unas 100.000 personas en una sola noche.

Hiroshima, Nagasaki y la ocupación

En el verano de 1945, Japón estaba militarmente derrotado pero no se rendía. El 6 de agosto de 1945, un bombardero estadounidense lanzó sobre Hiroshima la primera bomba atómica usada en una guerra; tres días después, el 9 de agosto, una segunda bomba cayó sobre Nagasaki. Las estimaciones de muertos varían por la destrucción de los registros y por las muertes posteriores por quemaduras y radiación: se calcula que hacia finales de 1945 murieron alrededor de 90.000 a 166.000 personas en Hiroshima y de 60.000 a 80.000 en Nagasaki, en su enorme mayoría civiles. Muchas más murieron en los años siguientes por enfermedades derivadas de la radiación. Son los dos únicos usos de armas nucleares contra poblaciones en la historia.

El debate historiográfico sobre si las bombas eran necesarias para forzar la rendición y evitar una invasión aún más sangrienta, o si Japón estaba ya al borde de capitular —sobre todo tras la entrada de la Unión Soviética en la guerra el 8 de agosto—, sigue abierto y es legítimo; conviene exponer las posiciones sin cerrarlo de forma tajante. Lo que no se discute es la magnitud del horror sobre la población civil. El 15 de agosto de 1945, en una alocución radial sin precedentes, el emperador Hirohito anunció la rendición. El 2 de septiembre se firmó la capitulación formal a bordo del acorazado Missouri.

Siguió la ocupación aliada, en la práctica estadounidense, dirigida por el general Douglas MacArthur (1945-1952). Fue una transformación profunda: se desmanteló el aparato militar, se juzgó a los líderes de guerra en el Tribunal de Tokio, se hizo una reforma agraria, se disolvieron los grandes conglomerados (zaibatsu) y se le dio al país una nueva constitución, vigente desde 1947, que convirtió al emperador en símbolo sin poder político, otorgó el voto a las mujeres y, en su célebre artículo 9, hizo a Japón renunciar para siempre a la guerra como derecho soberano. En 1951 el Tratado de San Francisco devolvió la soberanía, efectiva desde 1952.

El milagro económico y la potencia global

De un país en ruinas, con ciudades arrasadas y millones de desplazados, Japón pasó en una generación a ser la segunda economía del mundo. El fenómeno se conoce como el 'milagro económico japonés'. Entre los años cincuenta y los setenta, el país creció a tasas de casi dos dígitos anuales, impulsado por una industria manufacturera volcada a la exportación, una alianza estrecha entre el Estado, la banca y las grandes corporaciones, una mano de obra disciplinada y muy formada, y el paraguas de seguridad estadounidense que le permitía gastar poquísimo en defensa.

La guerra de Corea (1950-1953) fue un empujón inicial, al convertir a Japón en base de suministros de Estados Unidos. Después vinieron las marcas que se volvieron sinónimo de calidad global: Toyota, Sony, Honda, Panasonic. Los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964, con la inauguración del tren bala Shinkansen, mostraron al mundo un país reconstruido y ultramoderno. Japón innovó en gestión de la producción —el 'sistema Toyota', el control de calidad— y sus productos, de autos a electrónica, conquistaron los mercados de Occidente.

Hacia los años ochenta, el éxito rozó la euforia: los precios del suelo y de las acciones se dispararon en una burbuja financiera colosal, y se llegó a decir que el terreno del Palacio Imperial de Tokio valía más que todo el estado de California. La burbuja estalló a comienzos de los noventa y dio paso a lo que se llamó la 'década perdida', un largo estancamiento con deflación del que el país tardó muchísimo en salir. Aun así, Japón seguía siendo un gigante tecnológico y una de las sociedades más ricas, seguras y longevas del planeta.

El Japón contemporáneo: entre la tradición y el vértigo

El Japón del siglo XXI es una democracia parlamentaria estable, dominada durante casi toda la posguerra por el Partido Liberal Democrático, y una de las grandes potencias tecnológicas y culturales del mundo. Su influencia blanda es enorme: el anime, el manga, los videojuegos, la gastronomía, la moda y el diseño japoneses tienen público en todos los continentes, y su capital, Tokio, con su área metropolitana de unos 37 millones de habitantes, es la aglomeración urbana más grande del planeta.

Pero el país enfrenta desafíos de fondo. El más serio es demográfico: Japón tiene una de las poblaciones más envejecidas y una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, lo que amenaza su fuerza laboral, sus jubilaciones y el vigor de su economía. A eso se suma una relación siempre tensa con su pasado bélico, que periódicamente reabre heridas con China y las dos Coreas por el santuario de Yasukuni, los libros de texto o las disculpas oficiales. El pacifismo del artículo 9 también se discute a medida que crece la tensión regional con China y Corea del Norte.

El país sigue conviviendo, además, con la fuerza de la naturaleza. El 11 de marzo de 2011, un terremoto de magnitud 9,0 frente a la costa de Tohoku y el tsunami posterior mataron a cerca de 18.000 personas y provocaron el accidente nuclear de Fukushima, el más grave desde Chernóbil. En 2019, tras la abdicación del emperador Akihito —la primera en dos siglos—, subió al trono su hijo Naruhito y comenzó la era Reiwa. Japón entra así en su tercer milenio de historia registrada fiel a su vieja paradoja: profundamente arraigado en sus tradiciones y, al mismo tiempo, uno de los lugares más futuristas de la Tierra.

🗺️ Historia por provincia / estado

Chubu (Alpes japoneses)
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Kansai (Kioto, Osaka y Nara)
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Kanto (Tokio y alrededores)
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Norte y sur (Hokkaido y Okinawa)
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📚 Bibliografía

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