Hokkaido, la gran isla del norte, no fue parte de Japón durante casi toda su historia. Su tierra era el hogar de los ainu, un pueblo indígena con una lengua, una religión y una cultura completamente distintas de las japonesas: cazadores, pescadores y recolectores que veneraban a los espíritus (kamuy) de los animales, las montañas y los ríos, con una tradición oral riquísima y ceremonias como el oso, considerado un dios visitante. Los ainu no son japoneses étnica ni lingüísticamente, y su origen es objeto de estudio y debate.
Durante siglos, Hokkaido fue conocida por los japoneses como Ezo, 'la tierra de los bárbaros', un territorio ajeno con el que el clan Matsumae, desde el extremo sur de la isla, comerciaba —a menudo de forma abusiva— en el período Edo. Hubo resistencia: la rebelión de Shakushain, en 1669, fue el mayor levantamiento ainu contra el dominio comercial japonés, y terminó aplastada.
Todo cambió con la Restauración Meiji. En 1869, el nuevo gobierno anexó formalmente la isla, la rebautizó Hokkaido y lanzó una política de colonización de colonos (con una agencia, la Kaitakushi) que trajo a cientos de miles de japoneses, repartió las tierras ainu y desarrolló la agricultura y la minería con asesoría extranjera, sobre todo estadounidense. Para los ainu fue una catástrofe: la Ley de Protección de 1899, pese a su nombre, los despojó de sus tierras y forzó su asimilación, prohibiendo de hecho su lengua y sus costumbres. Recién en 2008 el Parlamento japonés los reconoció oficialmente como pueblo indígena, y en 2019 una ley reconoció por primera vez sus derechos.
Sapporo, hoy la quinta ciudad más poblada de Japón, es una criatura de esa colonización del siglo XIX. Cuando el gobierno Meiji decidió desarrollar Hokkaido, la eligió como capital y la diseñó desde cero en 1869, con un trazado en cuadrícula regular —poco habitual en Japón— inspirado en las ciudades de Estados Unidos, que sirvió de modelo para el 'desarrollo' de esta 'frontera' del norte.
El gobierno contrató asesores extranjeros para modernizar la isla a marchas forzadas. Uno de ellos, el estadounidense William S. Clark, dejó una huella duradera: dirigió brevemente la escuela de agricultura que sería el germen de la Universidad de Hokkaido y, al despedirse, pronunció la frase 'Boys, be ambitious' ('Muchachos, sean ambiciosos'), que se volvió casi un lema de la ciudad. La cerveza, otra herencia de aquella etapa de influencia occidental, hizo famosa a Sapporo en todo el país.
El clima riguroso y las nevadas colosales de Hokkaido forjaron la identidad de la ciudad. En 1972, Sapporo fue la primera ciudad asiática en albergar unos Juegos Olímpicos de Invierno, y su Festival de la Nieve, con enormes esculturas de hielo, atrae a millones de visitantes cada febrero. Sapporo representa así al Japón más joven: un territorio que hace siglo y medio era frontera y hoy es una metrópoli moderna, con una historia mucho más corta que la del resto del país.
En el otro extremo del archipiélago, a más de 1.500 kilómetros al suroeste de Tokio, las islas de Okinawa formaron durante siglos un reino independiente: el reino de Ryukyu. Unificado en 1429 bajo la dinastía Sho con capital en el castillo de Shuri, Ryukyu prosperó como potencia comercial marítima, un intermediario que conectaba China, Japón, Corea y el sudeste asiático, con una cultura, una lengua y una música propias, distintas de las japonesas.
Su independencia fue quedando cercada. Ryukyu era formalmente un estado tributario de la China imperial, pero en 1609 el dominio japonés de Satsuma invadió las islas y las sometió a su control, aunque mantuvo la ficción de un reino independiente para seguir aprovechando el lucrativo comercio con China. Durante más de dos siglos, Ryukyu vivió esa doble subordinación, pagando tributo a dos imperios a la vez.
El fin llegó con la modernización de Japón. Entre 1872 y 1879, en el proceso conocido como 'Ryukyu Shobun' (la Disposición de Ryukyu), el gobierno Meiji abolió el reino, depuso a su último rey, Sho Tai —que fue llevado a Tokio—, y convirtió las islas en la prefectura de Okinawa. Con la anexión vino una política de asimilación forzada: se reprimió la lengua ryukyuense y se impuso la identidad japonesa, en un proceso muy similar al que sufrieron los ainu en el norte. Okinawa quedó, además, como la prefectura más pobre y marginada del país.
En la primavera de 1945, Okinawa fue el escenario de la última gran batalla de la Guerra del Pacífico y una de las más sangrientas de toda la Segunda Guerra Mundial. Entre el 1 de abril y el 22 de junio, las fuerzas estadounidenses desembarcaron en la isla para usarla como base final antes de la invasión del Japón continental. La resistencia japonesa fue feroz y desesperada, con ataques suicidas kamikaze contra la flota y una defensa que convirtió cada cueva y cada colina en una trampa mortal.
El coste para la población civil fue espantoso, y este texto lo trata con la sobriedad que merece. Se estima que murieron alrededor de 100.000 civiles okinawenses, quizá más —entre una décima y una cuarta parte, y según algunas estimaciones cerca de un tercio, de la población de la isla—. Muchos murieron en el fuego cruzado o los bombardeos; otros, de hambre, cuando el ejército japonés se apropió de los alimentos; y otros más fueron empujados a suicidios masivos por soldados japoneses que les habían inculcado que los estadounidenses los torturarían, o directamente ejecutados por esas mismas tropas al sospechar de ellos. Las cifras exactas se debaten, por el caos de la batalla y por los muertos en cuevas nunca contabilizados.
La batalla dejó una huella profunda en la identidad okinawense y en su relación con el resto de Japón, marcada por la sensación de haber sido sacrificados. Tras la guerra, Okinawa quedó bajo administración militar estadounidense hasta 1972, y aún hoy alberga la mayor parte de las bases de Estados Unidos en Japón, una presencia que sigue generando fuertes tensiones locales.
Hokkaido y Okinawa, los extremos norte y sur de Japón, comparten una historia paralela que las distingue del resto del país: ambas fueron territorios ajenos, con pueblos y culturas propias —los ainu y los ryukyuenses—, que Japón anexó y asimiló por la fuerza en el mismo impulso expansivo de la era Meiji, a finales del siglo XIX. En las dos, la incorporación trajo colonización, represión de la lengua originaria y un lugar periférico y desfavorecido dentro del nuevo Estado nacional.
Hoy, esas identidades diferenciadas resurgen con orgullo. En Hokkaido, la cultura ainu vive un renacimiento: en 2020 se inauguró Upopoy, el Museo Nacional Ainu, y crece el esfuerzo por revitalizar una lengua en grave peligro de desaparición. En Okinawa, la música, la danza, la gastronomía y las artes marciales (el karate nació precisamente allí, en el reino de Ryukyu) mantienen viva una identidad distinta, y las ruinas del castillo de Shuri, Patrimonio de la Humanidad, son su símbolo, aunque un incendio las dañó gravemente en 2019.
Ambas regiones aportan además los paisajes más singulares del país: la naturaleza salvaje, los volcanes y los inviernos extremos de Hokkaido frente a las playas turquesa subtropicales, los arrecifes de coral y el clima cálido de Okinawa. Son, en más de un sentido, los dos rostros que Japón guarda en sus fronteras: la prueba de que el país que hoy parece tan homogéneo se construyó, también, absorbiendo a otros pueblos.