Hasta el siglo XVI, Edo era una aldea de pescadores en torno a un modesto castillo en la vasta llanura de Kanto, la mayor planicie del montañoso Japón. Todo cambió en 1590, cuando Tokugawa Ieyasu la recibió como base y, tras vencer en Sekigahara en 1600 y ser nombrado shogun en 1603, la convirtió en el centro del poder de su dinastía. Kioto siguió siendo la capital imperial, sede del emperador, pero el gobierno real —el bakufu— estaba en Edo.
El sistema del sankin-kotai, que obligaba a los daimyo de todo el país a residir en Edo en años alternos, llenó la ciudad de mansiones, séquitos y comercio, y la hizo crecer de forma explosiva. En el siglo XVIII, Edo superaba el millón de habitantes y era probablemente la ciudad más poblada del mundo. Alrededor del castillo se ordenaban los barrios de guerreros; más abajo, junto a los canales, bullían los barrios de artesanos y mercaderes, cuna de la cultura urbana del período.
Cuando la Restauración Meiji derribó al shogunato en 1868, el nuevo régimen trasladó la corte imperial de Kioto a Edo y la rebautizó Tokio, 'la capital del este'. El castillo de los Tokugawa se convirtió en el Palacio Imperial. Así, la ciudad que los shogunes habían levantado para gobernar en la sombra pasó a ser, de golpe, la capital oficial de todo Japón.
La historia moderna de Tokio es también la de dos catástrofes de las que renació. El 1 de septiembre de 1923, el Gran Terremoto de Kanto, de magnitud cercana a 7,9, y sobre todo los incendios que desató, mataron a más de 100.000 personas y arrasaron buena parte de Tokio y Yokohama. En medio del caos corrieron rumores falsos que desencadenaron una matanza de varios miles de coreanos residentes, un episodio sombrío que la historiografía documenta con claridad.
Apenas dos décadas después llegó la segunda destrucción. En la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, cientos de bombarderos estadounidenses lanzaron sobre Tokio un ataque incendiario con napalm que, en pocas horas, mató a alrededor de 100.000 personas y dejó a más de un millón sin hogar: es considerado uno de los bombardeos más letales de toda la historia, comparable en muertes a las bombas atómicas.
De esas cenizas surgió el Tokio contemporáneo. La reconstrucción de posguerra, coronada por los Juegos Olímpicos de 1964 —con su tren bala y sus autopistas elevadas—, transformó a la ciudad en el símbolo del milagro económico japonés. Hoy su área metropolitana, con unos 37 millones de habitantes, es la mayor concentración urbana del planeta, un prodigio de trenes puntuales, barrios de neón como Shibuya y Shinjuku, y templos que sobreviven entre rascacielos.
A una hora al sur de Tokio, la pequeña ciudad costera de Kamakura tuvo un papel enorme: fue la capital del primer shogunato de la historia japonesa. Cuando Minamoto no Yoritomo salió vencedor de la guerra Genpei, eligió a Kamakura —protegida por colinas y el mar, lejos de la corte de Kioto— como sede de su gobierno militar. Entre 1185 y 1333, esta villa fue el verdadero centro de poder del país.
Bajo el shogunato de Kamakura floreció una cultura guerrera austera y el budismo zen, traído de China, que encajaba con la mentalidad de los samuráis. De esa época es el Gran Buda de bronce (Daibutsu) del templo Kotoku-in, fundido hacia 1252: una figura sedente de más de 11 metros y unas 120 toneladas. Originalmente estaba bajo techo, pero un tsunami en el siglo XV se llevó el edificio y desde entonces el Buda medita a la intemperie, convertido en uno de los íconos de Japón.
Fue también aquí donde el shogunato resistió las invasiones mongolas de 1274 y 1281. El esfuerzo, sin embargo, terminó por agotarlo, y en 1333 las tropas del emperador Go-Daigo tomaron y destruyeron Kamakura, poniendo fin a su siglo y medio de gloria. La ciudad conservó su rango de centro religioso, con decenas de templos y santuarios como el Tsurugaoka Hachiman-gu, y hoy es uno de los paseos históricos favoritos de los habitantes de Tokio.
En las montañas al norte de Kanto, Nikko guarda el santuario más suntuoso de Japón, y no es casualidad: allí está enterrado Tokugawa Ieyasu, el hombre que unificó el país y fundó la dinastía que lo gobernó durante 250 años. Tras su muerte en 1616, Ieyasu fue deificado con el nombre de Tosho Daigongen, y su nieto, el shogun Iemitsu, mandó levantar en su honor el santuario Tosho-gu, terminado en 1636.
A diferencia de la sobriedad habitual de la arquitectura japonesa, el Tosho-gu es un derroche barroco de tallas doradas, colores y detalles: allí están la célebre talla de los 'tres monos sabios' (no ver, no oír, no decir el mal) y la puerta Yomeimon, tan cargada de ornamento que la llaman 'la puerta del crepúsculo' porque uno podría pasarse el día entero mirándola. El conjunto, rodeado de cedros milenarios y cascadas, es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1999.
Nikko había sido un centro sagrado de las montañas desde el siglo VIII, cuando el monje Shodo fundó sus primeros templos, pero fueron los Tokugawa quienes lo convirtieron en un lugar de peregrinación política y religiosa de primer orden, donde el poder del shogunato se hacía visible en oro. Un viejo dicho japonés lo resume: 'no digas kekko —espléndido— hasta que hayas visto Nikko'.
Al suroeste de Tokio, entre montañas volcánicas y con el monte Fuji de telón de fondo, Hakone fue durante el período Edo un punto estratégico del Tokaido, la gran ruta que unía Edo con Kioto. Allí el shogunato instaló uno de sus puestos de control más importantes, el Hakone Sekisho, donde se vigilaba el tránsito de personas y armas. La consigna era impedir 'las armas que entran y las mujeres que salen': controlar el ingreso de armamento a Edo y evitar que las familias de los daimyo, retenidas como rehenes, huyeran de la capital.
Hakone es también tierra de aguas termales. Su intensa actividad volcánica —visible en el valle humeante de Owakudani, con sus fumarolas de azufre— alimenta desde hace siglos los onsen, los baños termales donde los viajeros de la ruta descansaban y que hoy son uno de los grandes atractivos de la zona. La cercanía del monte Fuji, el volcán sagrado de 3.776 metros y símbolo máximo de Japón, completa un paisaje que los grabadores del ukiyo-e retrataron una y otra vez.
El Fuji no es solo un ícono estético: es un volcán venerado desde la Antigüedad, objeto de peregrinación y de cultos de montaña, y su última gran erupción fue en 1707. Declarado Patrimonio de la Humanidad en 2013 como 'lugar sagrado y fuente de inspiración artística', resume el vínculo japonés entre naturaleza, religión y arte que se respira en toda esta región.