En el año 710, la corte imperial fijó por primera vez una capital estable en Heijo-kyo, la actual Nara, trazada en cuadrícula a imitación de la ciudad china de Chang'an. Hasta entonces la capital se mudaba con cada emperador; a partir de Nara, Japón tuvo un centro urbano permanente, y con él nació el estado maduro que copiaba las instituciones de la China Tang.
El período Nara (710-794) fue la gran era del budismo de Estado. El emperador Shomu, convencido de que la religión protegería al reino de plagas y desgracias, ordenó construir el Todai-ji y su Daibutsu, un Buda de bronce sentado de unos 15 metros de altura terminado en 752, alojado en lo que durante siglos fue el edificio de madera más grande del mundo. Alrededor se alzaron otros grandes templos, como el Kofuku-ji y el Horyu-ji cercano, cuyas pagodas de madera están entre las estructuras de madera más antiguas del planeta.
El poder que acumularon esos monasterios acabó por incomodar a la corte, y en 794 el emperador Kanmu trasladó la capital a Kioto, en parte para escapar de la influencia de los monjes de Nara. La ciudad quedó como gran centro religioso. Sus ciervos, que deambulan libres por el parque y a los que la tradición sintoísta considera mensajeros de los dioses, y sus templos milenarios —Patrimonio de la Humanidad desde 1998— la convierten en una cápsula viva del siglo VIII japonés.
Fundada en 794 con el nombre de Heian-kyo, Kioto fue la capital imperial de Japón durante más de mil años, hasta que en 1868 la corte se mudó a Tokio. En ese milenio se forjó buena parte de lo que hoy se considera la cultura clásica japonesa: la poesía y la novela de la corte Heian, el budismo zen, la ceremonia del té, los jardines secos, el teatro noh, la cocina refinada y el mundo de las geishas del barrio de Gion.
La ciudad fue escenario de los grandes vaivenes de la historia. Durante el shogunato Ashikaga (1336-1573) fue de nuevo el centro del poder, y de esa época son joyas como el Kinkaku-ji (Pabellón de Oro) y el Ginkaku-ji (Pabellón de Plata). Pero también sufrió la destrucción: la guerra Onin (1467-1477), que abrió el período Sengoku, redujo a cenizas gran parte de Kioto y dejó la ciudad devastada durante décadas.
Kioto tuvo un golpe de suerte trágico y afortunado a la vez: en la Segunda Guerra Mundial fue considerada como blanco de la bomba atómica, pero terminó descartada —según la versión más difundida, por su valor cultural—, de modo que se salvó de los bombardeos masivos que arrasaron otras ciudades. Gracias a eso conserva unos 2.000 templos y santuarios, 17 de ellos inscritos en conjunto como Patrimonio de la Humanidad en 1994, desde el Kiyomizu-dera colgado de la ladera hasta los miles de torii bermellón del Fushimi Inari.
Si Kioto fue la ciudad de la corte y Nara la de los templos, Osaka fue siempre la del comercio. Su posición junto al mar y en la desembocadura de varios ríos la hizo, ya desde la Antigüedad, el gran puerto y mercado de la región de Kansai. En el siglo VII llegó a ser brevemente capital (Naniwa-kyo), pero su verdadera vocación fue mercantil.
Toyotomi Hideyoshi, el segundo unificador de Japón, eligió Osaka como base de su poder y levantó en 1583 el imponente castillo de Osaka, uno de los más grandes del país. Tras su muerte, el castillo fue escenario del último acto de la unificación: en los sitios de 1614 y 1615, Tokugawa Ieyasu aplastó a los partidarios del heredero de Hideyoshi y consolidó definitivamente el dominio Tokugawa. Durante el período Edo, Osaka se convirtió en 'la cocina de la nación' (tenka no daidokoro), el centro donde se comerciaba el arroz de todo el país y donde se inventó, de hecho, uno de los primeros mercados de futuros del mundo.
Esa alma comercial y callejera define a Osaka hasta hoy: es la capital gastronómica de Japón, patria del takoyaki y el okonomiyaki, con una fama de gente directa, cálida y bromista muy distinta de la formalidad de Tokio. Fuertemente bombardeada en 1945 y reconstruida como potencia industrial, hoy es el corazón económico del oeste japonés y una de sus ciudades más vitales.
En el oeste de Kansai se alza el castillo mejor conservado y más bello de Japón: el de Himeji, apodado Shirasagi-jo, 'el castillo de la garza blanca', por sus muros blancos y su silueta que parece a punto de alzar el vuelo. Es la culminación de la arquitectura de castillos japonesa, un arte que llegó a su apogeo entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando la pólvora obligó a fortificaciones más sofisticadas.
El castillo actual fue construido en su forma definitiva por Ikeda Terumasa a partir de 1601, sobre fortificaciones anteriores del siglo XIV. Es una obra maestra de la defensa: un laberinto de patios, murallas y puertas diseñado para desorientar y exponer al atacante, con una torre principal de seis pisos sobre una base de piedra. A diferencia de tantos castillos japoneses destruidos por guerras, incendios o los bombardeos de 1945, Himeji sobrevivió casi intacto, lo que lo hace excepcional.
Por su valor como ejemplo supremo de la arquitectura de castillos de madera de la época feudal, Himeji fue uno de los primeros sitios japoneses inscritos como Patrimonio de la Humanidad, en 1993. Restaurado a fondo en la década de 2010, luce hoy más blanco que nunca y permite entender, de un vistazo, cómo era el poder militar de los daimyo en el ocaso del Japón de los estados en guerra.
Al sur de Kansai, en lo alto de las montañas de la península de Kii, se extiende Koyasan, el centro sagrado del budismo Shingon, una de las escuelas más importantes de Japón. Lo fundó en el año 816 el monje Kukai, conocido póstumamente como Kobo Daishi, una de las figuras más veneradas de la historia religiosa japonesa, a quien también se atribuye la difusión de la caligrafía y hasta, según la leyenda, la invención del silabario kana.
Kukai trajo de China las enseñanzas del budismo esotérico y eligió esta meseta boscosa, rodeada de ocho picos como los pétalos de una flor de loto, para levantar un complejo monástico apartado del mundo. Con los siglos, Koyasan se llenó de templos —llegó a tener más de un centenar— y se convirtió en un gran centro de peregrinación. Según la tradición Shingon, Kukai no murió en 835, sino que entró en meditación eterna y aguarda en su mausoleo la llegada del Buda del futuro.
Ese mausoleo está en el Okunoin, el mayor cementerio de Japón, un bosque de cedros milenarios entre los que se apiñan más de 200.000 tumbas y monumentos, incluidos los de grandes señores feudales que quisieron descansar cerca del santo. Hoy Koyasan, Patrimonio de la Humanidad desde 2004 dentro de los sitios sagrados de los Montes Kii, ofrece a los viajeros la experiencia del shukubo: alojarse en un templo, comer cocina vegetariana budista y asistir a los rezos del alba.