Antes de que su nombre quedara asociado para siempre a la catástrofe nuclear, Hiroshima era una próspera ciudad del oeste de Japón con más de tres siglos de historia. La fundó en 1589 el señor feudal Mori Terumoto, que eligió el delta del río Ota para levantar su castillo; el nombre significa 'isla ancha', por los islotes del delta. Durante el período Edo fue la sede del rico dominio de los Asano.
Con la modernización Meiji, Hiroshima se convirtió en un importante centro militar e industrial. Su puerto de Ujina fue punto de embarque de tropas en las guerras contra China y Rusia, y durante la guerra sino-japonesa de 1894-1895 la sede del cuartel general imperial y de la Dieta se trasladó temporalmente a la ciudad. Esa condición de gran base militar, con cuarteles, industrias de guerra y un puerto activo, fue precisamente lo que la señaló como blanco en 1945.
Hacia el verano de 1945, Hiroshima era una de las pocas grandes ciudades japonesas que aún no había sufrido bombardeos masivos, lo que la hacía idónea para que Estados Unidos midiera el efecto pleno de la nueva arma. En la ciudad vivían unas 350.000 personas. Esa mañana de agosto cambiaría no solo su destino, sino la historia de la humanidad.
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, el bombardero estadounidense Enola Gay lanzó sobre el centro de Hiroshima la bomba atómica llamada 'Little Boy'. Detonó a unos 600 metros de altura con una potencia equivalente a unas 15.000 toneladas de TNT. En un instante, una bola de fuego arrasó el corazón de la ciudad: la temperatura en el hipocentro superó los miles de grados, y la onda expansiva y los incendios destruyeron todo en un radio de kilómetros.
Las cifras de muertos se estiman, no se saben con exactitud, por la destrucción de los registros y las muertes posteriores. Se calcula que la explosión mató en el acto a decenas de miles de personas, y que hacia finales de 1945 el total de fallecidos por la bomba en Hiroshima había llegado a entre 90.000 y 166.000, en su gran mayoría civiles. En los años y décadas siguientes, muchos más murieron por cánceres y enfermedades derivadas de la radiación; a los supervivientes se los conoce como hibakusha.
Este texto trata el episodio con la sobriedad que exige: no hay heroísmo que celebrar ni cifra que redondear a la baja. Existe un debate historiográfico legítimo y aún abierto sobre si el bombardeo —y el de Nagasaki tres días después— era necesario para forzar la rendición y evitar una invasión terrestre, o si Japón estaba ya al borde de capitular, sobre todo tras la entrada de la Unión Soviética en la guerra. Lo que no admite discusión es la escala del sufrimiento infligido a la población civil.
Se dijo entonces que en Hiroshima no volvería a crecer nada durante décadas. Se equivocaron. La ciudad se reconstruyó, y en 1949 el Parlamento japonés la declaró 'Ciudad Conmemorativa de la Paz', dedicada a la memoria de las víctimas y a la abolición de las armas nucleares. Ese propósito organizó su renacimiento.
En el centro se conservó, deliberadamente en ruinas, el edificio de la antigua Sala de Promoción Industrial, uno de los pocos que quedaron en pie cerca del hipocentro: es la Cúpula de la Bomba Atómica (Genbaku Domu), Patrimonio de la Humanidad desde 1996 como testimonio del poder destructivo del arma. A su alrededor se creó el Parque Memorial de la Paz, con el museo, el cenotafio y la llama que arderá hasta que desaparezca la última arma nuclear del mundo. La historia de Sadako Sasaki, la niña que enfermó de leucemia por la radiación y plegó grullas de papel con la esperanza de curarse, convirtió a la grulla de origami en símbolo mundial de la paz.
Hoy Hiroshima es una ciudad moderna y vital de más de un millón de habitantes, pero su identidad quedó ligada para siempre a un mensaje. En 2016, Barack Obama fue el primer presidente estadounidense en ejercicio en visitar el memorial, y en 2023 la ciudad fue sede de una cumbre del G7. Cada 6 de agosto, la ceremonia junto a la cúpula recuerda al mundo lo que ocurrió allí.
A pocos kilómetros de Hiroshima, en el Mar Interior de Seto, está la isla de Itsukushima, más conocida como Miyajima, 'la isla del santuario'. Su imagen —un gran torii bermellón que parece flotar sobre el agua cuando sube la marea— es uno de los íconos más reproducidos de Japón y forma parte de la lista tradicional de los 'tres paisajes más bellos' del país.
La isla se considera sagrada desde tiempos remotos. El santuario de Itsukushima, dedicado a tres diosas del mar, fue construido sobre el agua en una plataforma de pilotes precisamente porque la isla misma era tan venerada que no se quería 'ensuciarla' con edificaciones en tierra firme; por la misma razón, durante siglos estuvo prohibido nacer o morir en ella. El santuario alcanzó su esplendor en el siglo XII bajo el patronazgo de Taira no Kiyomori, el poderoso jefe del clan Taira, que lo hizo su templo tutelar.
El conjunto del santuario de Itsukushima, con su torii sobre el mar y el bosque sagrado del monte Misen a sus espaldas, fue inscrito como Patrimonio de la Humanidad en 1996. Como Hiroshima, Miyajima muestra otra cara del oeste de Japón: la de la relación profunda, casi física, entre la religión sintoísta y el paisaje natural del archipiélago.
La región de Chugoku, en el extremo occidental de Honshu, se asoma al Mar Interior de Seto, la vía de agua que durante milenios fue la gran autopista del Japón antiguo, por donde circulaban las embajadas a China, el comercio y los ejércitos. Sus islas, puertos y estrechos fueron escenario de episodios decisivos, como la batalla naval de Dan-no-ura, en 1185, en la que el clan Minamoto aniquiló al Taira y puso fin a la guerra Genpei.
Durante siglos, estas costas también fueron dominio de los piratas y señores del mar, los llamados 'kaizoku' o murakami, que controlaban el tráfico del Mar Interior cobrando peajes y ofreciendo protección a los barcos. La región tuvo, además, una riqueza mineral notable: la mina de plata de Iwami Ginzan, activa desde el siglo XVI, llegó a producir una parte enorme de la plata del mundo y es hoy Patrimonio de la Humanidad, testimonio del papel de Japón en el comercio global de la primera era moderna.
Más al oeste, la provincia de Choshu (el actual Yamaguchi) fue uno de los dos grandes motores de la Restauración Meiji: de sus samuráis rebeldes salieron muchos de los líderes que derribaron el shogunato en 1868 y construyeron el Japón moderno. Así, este oeste tranquilo y de paisajes suaves guarda, bajo su superficie, algunas de las claves de la historia nacional: del comercio marítimo antiguo a la revolución que catapultó al país a la modernidad.