Nusa Tenggara —las 'islas del sudeste', las antiguas Islas menores de la Sonda— es una larga cadena que se extiende hacia el este desde Bali: Lombok, Sumbawa, Flores, Sumba, Timor y decenas de islas menores hasta el borde con Australia. Es la Indonesia más seca y más pobre, con un clima marcado por la estación seca australiana, paisajes de sabana y una geografía de volcanes e islas separadas por estrechos profundos.
Por aquí pasa una de las fronteras invisibles más famosas de la ciencia: la Línea de Wallace, trazada por el naturalista Alfred Russel Wallace en el siglo XIX. Al oeste de esa línea la fauna es asiática —tigres, monos, elefantes—; al este se vuelve australiana —marsupiales, cacatúas, aves del paraíso—, porque los estrechos profundos nunca se cerraron ni siquiera en las glaciaciones. Wallace, que recorrió el archipiélago, concibió aquí, a la vez que Darwin, la teoría de la evolución por selección natural. Nusa Tenggara es, literalmente, tierra de fronteras: entre Asia y Australia, entre el islam y el cristianismo, entre lo continental y lo insular.
Lombok, la isla vecina de Bali, suele venderse como 'la Bali de hace treinta años', pero tiene identidad propia. Su pueblo mayoritario, los sasak, es musulmán, aunque durante siglos estuvo bajo la influencia y luego el dominio de reinos balineses hindúes, que dejaron templos y una huella cultural visible en el oeste de la isla. Esa mezcla dio lugar a formas religiosas particulares, como el antiguo 'Wetu Telu', un islam sincrético con elementos animistas e hindúes que aún pervive en algunas comunidades.
En 1894, Lombok fue escenario de una sangrienta intervención neerlandesa que puso fin al dominio balinés y sometió la isla al régimen colonial. Sobre Lombok se alza el Rinjani, el segundo volcán más alto de Indonesia (3.726 metros), sagrado para sasak y balineses por igual, con un lago de altura en su caldera. Menos poblada y menos turística que Bali, con playas vírgenes y buen surf, Lombok es también la puerta de acceso a las islas Gili, tres islotes sin autos famosos por sus aguas transparentes.
Entre Sumbawa y Flores, las islas de Komodo y Rinca albergan a uno de los animales más extraordinarios del planeta: el dragón de Komodo, el lagarto vivo más grande del mundo, que puede superar los tres metros de largo y los 70 kilos de peso. Es un depredador temible, con dientes aserrados y una saliva cargada de bacterias y veneno que abate a presas tan grandes como ciervos y búfalos. Sobrevive únicamente en este puñado de islas, un reducto aislado que funcionó como refugio para esta reliquia de la megafauna.
Los dragones eran conocidos por los pescadores locales, pero la ciencia occidental solo los 'descubrió' en 1910. En 1980 se creó el Parque Nacional de Komodo para protegerlos, hoy Patrimonio de la Humanidad y una de las mayores atracciones naturales de Indonesia. Con apenas unos pocos miles de ejemplares, el dragón es una especie vulnerable, y su hábitat, un ecosistema frágil de islas secas, sabanas y arrecifes de coral que se cuentan entre los más ricos del mundo.
Flores debe su nombre a los portugueses —'Cabo das Flores'— y a ellos debe también su carácter singular: es una de las pocas regiones de mayoría católica de Indonesia. Los misioneros portugueses y luego neerlandeses evangelizaron la isla, y hoy sus aldeas mezclan el catolicismo con antiquísimas tradiciones megalíticas y animistas. Su paisaje volcánico culmina en el Kelimutu, un volcán con tres lagos cratéricos que cambian de color —turquesa, verde, negro, rojizo— según la química de sus aguas, y a los que la tradición local asocia con el destino de las almas.
Pero Flores dio al mundo un hallazgo aún más asombroso. En 2003, en la cueva de Liang Bua, se descubrieron los restos de una especie humana desconocida: el Homo floresiensis, apodado 'el hobbit' por su estatura de apenas un metro. Vivió en la isla hasta hace unos 50.000 años y desató un debate científico enorme sobre la evolución humana. Que una especie humana enana sobreviviera aislada en esta isla, junto a elefantes enanos y ratas gigantes, ilustra el fenómeno del 'enanismo insular' y convirtió a Flores en un lugar clave de la paleoantropología.
Nusa Tenggara resume, en pequeño, la diversidad y las desigualdades de Indonesia. Es una de las regiones más pobres del país, con menos infraestructura, sequías recurrentes y una economía agraria de subsistencia, ganadería y, cada vez más, turismo. También es una de las más diversas: en pocos cientos de kilómetros conviven musulmanes en Lombok y Sumbawa, católicos en Flores y Timor Occidental, protestantes en Sumba y comunidades que mantienen religiones ancestrales, con decenas de lenguas distintas.
Esa diversidad convive con la memoria de la separación de Timor Oriental, la mitad oriental de la isla de Timor, que fue colonia portuguesa, fue invadida por Indonesia en 1975 y logró su independencia en 2002 tras un referéndum y una violencia atroz. Hoy la frontera de Nusa Tenggara con el joven país de Timor-Leste recuerda que este arco de islas fue siempre una zona de contacto y de límites. El turismo emergente —Komodo, Flores, Sumba— trae oportunidades, pero el reto es que beneficie a unas comunidades que quedaron largo tiempo al margen del desarrollo de Java y Bali.