En un país de mayoría musulmana, Bali es la gran excepción: cerca del 90 % de sus habitantes profesan el hinduismo. La razón es histórica. Cuando el islam se impuso en Java a lo largo del siglo XV y el imperio de Majapahit se desmoronó, buena parte de su élite —nobles, sacerdotes, artistas, poetas— cruzó el estrecho y se refugió en Bali, llevando consigo su religión, su literatura, su música y su sistema de castas. La isla se convirtió así en el conservatorio vivo de la civilización hindú-javanesa que en el resto del archipiélago desaparecía.
Lo que se desarrolló en Bali no es exactamente el hinduismo de la India, sino una forma propia, el 'Agama Hindu Dharma', mezclada con cultos ancestrales y animistas locales. La isla se llenó de miles de templos —familiares, de aldea, de arrozal—, cada uno con su calendario de ceremonias, ofrendas de flores y arroz, danzas y procesiones. Esa religiosidad omnipresente, más que las playas, es lo que hace a Bali única y lo que dio origen a su fama de 'isla de los dioses'.
Bali resistió el dominio colonial más que casi cualquier otra parte del archipiélago; sus reinos siguieron independientes hasta bien entrado el siglo XX. La conquista, cuando llegó, fue trágica. En 1906, los neerlandeses lanzaron una expedición militar contra el reino de Badung, en el actual Denpasar. Antes que rendirse, el rajá, su corte y sus seguidores —cerca de mil personas, según los relatos, vestidas de blanco y con sus mejores joyas— salieron a enfrentar a las tropas en un 'puputan', un ritual de lucha hasta la muerte. Frente a los fusiles neerlandeses, se lanzaron contra las balas o se dieron muerte con sus propios krises, en una masacre a plena vista.
Dos años después, en 1908, la escena se repitió en el reino de Klungkung, el más prestigioso de la isla, con otro puputan que puso fin a la independencia balinesa. Las imágenes de aquellas matanzas causaron indignación incluso en Europa y avergonzaron al gobierno neerlandés, que a partir de entonces intentó gobernar Bali con un discurso paternalista de 'preservación' de su cultura. El puputan quedó grabado en la memoria balinesa como símbolo de dignidad y resistencia frente a la conquista.
En las colinas del centro de la isla, entre arrozales y barrancos, Ubud es desde hace un siglo el corazón artístico de Bali. Fue la sede de una dinastía de príncipes mecenas y, en los años 1930, el lugar donde se instalaron artistas y antropólogos occidentales como el pintor alemán Walter Spies y el neerlandés Rudolf Bonnet, que colaboraron con los artistas locales y ayudaron a difundir por el mundo la imagen de Bali como un paraíso estético. De aquella época viene buena parte de la fama internacional de la isla.
Esa mirada extranjera, fascinada y algo idealizada, ayudó a fijar el mito del 'último paraíso', pero también dinamizó una escuela local de pintura, talla y danza que sigue vivísima. Hoy Ubud combina galerías, talleres, templos, el célebre bosque de los monos y espectáculos de danza —el kecak, el legong, el barong— con una industria de bienestar y espiritualidad orientada al turismo. Es el contrapunto cultural de las playas del sur.
El paisaje más icónico de Bali —las terrazas de arroz que descienden por las laderas como escalones de esmeralda— no es solo bello: es la expresión de una filosofía. Desde el siglo IX, los agricultores balineses organizan el riego mediante el 'subak', un sistema cooperativo de canales, presas y templos de agua gestionado democráticamente por las comunidades campesinas. La Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad como ejemplo de una gestión del agua guiada por el 'Tri Hita Karana', el principio balinés de armonía entre las personas, la naturaleza y lo divino.
Cada etapa del cultivo se acompaña de ceremonias, y los templos de agua coordinan quién riega y cuándo, integrando religión, ecología y agricultura en un mismo sistema. Esta trama de rituales estructura la vida entera de la isla: las ofrendas diarias (canang sari) en cada umbral, las grandes fiestas de los templos (odalan), el Nyepi o Día del Silencio, en que toda la isla se detiene. En Bali, cultura, religión y paisaje son una sola cosa.
El turismo masivo transformó Bali en pocas décadas. De destino de viajeros bohemios pasó a recibir millones de visitantes al año, con el sur de la isla —Kuta, Seminyak, Canggu, Nusa Dua— convertido en un continuo de hoteles, beach clubs y villas. El turismo es hoy el motor económico de la isla, pero también genera tensiones: presión sobre el agua y la tierra, tráfico, especulación inmobiliaria y el riesgo de que la cultura que atrae a los visitantes se vuelva mercancía.
Bali vivió su hora más trágica reciente el 12 de octubre de 2002, cuando atentados terroristas con bombas en clubes nocturnos de Kuta mataron a 202 personas, la mayoría turistas extranjeros, en el peor ataque de la historia de Indonesia. Un segundo atentado golpeó la isla en 2005. Los ataques hundieron temporalmente el turismo y obligaron a Indonesia a enfrentar el yihadismo. La isla se recuperó, y hoy sigue negociando el difícil equilibrio entre abrirse al mundo y preservar el 'Agama Hindu Dharma' que la hace única.