Con apenas el 7 % del territorio de Indonesia, Java concentra más de la mitad de su población: unos 150 millones de personas hacen de ella una de las islas más densamente pobladas del planeta. Esa densidad no es nueva: el suelo volcánico, fertilísimo, permitió desde la antigüedad el cultivo intensivo del arroz en terrazas y el sostén de sociedades numerosas y jerárquicas. Por eso Java fue, una y otra vez, el centro del poder en el archipiélago.
Aquí florecieron el reino de Mataram y la dinastía Sailendra, que levantaron Borobudur y Prambanan en el siglo IX; aquí tuvo su corazón el imperio de Majapahit en el este de la isla; aquí se instalaron los sultanatos islámicos de la costa norte y, más tarde, la capital colonial neerlandesa. La cultura javanesa —refinada, jerárquica, con su teatro de sombras 'wayang', su gamelán y su etiqueta cortesana— marcó el tono de todo el país. No es casualidad que los grandes líderes de la Indonesia moderna, de Sukarno a Suharto y a Joko Widodo, fueran javaneses.
En el centro de Java, Yogyakarta es el último bastión vivo de la realeza javanesa. Es la única provincia de Indonesia gobernada oficialmente por una monarquía: su sultán, el Hamengkubuwono, es a la vez gobernador hereditario, un privilegio que la ciudad se ganó por su papel en la independencia, cuando fue capital de la república en pie de guerra entre 1946 y 1948. En el corazón de la ciudad, el Kraton, el palacio del sultán, sigue siendo un centro ceremonial vivo.
Yogyakarta —Yogya o Jogja para todos— es también la capital cultural de Java: cuna del batik más fino, del arte del keris (el puñal ondulado con alma sagrada), de la danza cortesana y del gamelán. Puerta de entrada a Borobudur y Prambanan, y sede de una de las mayores concentraciones universitarias del país, combina la solemnidad de la corte con la energía juvenil de una ciudad estudiantil. Pocos lugares condensan mejor lo que significa ser javanés.
La capital de Indonesia nació como un pequeño puerto especiero llamado Sunda Kelapa, luego Jayakarta. En 1619, Jan Pieterszoon Coen lo arrasó y fundó sobre sus ruinas Batavia, capital de las Indias Orientales Neerlandesas durante más de tres siglos. Los neerlandeses la construyeron a su imagen, con canales, murallas y casas de ladrillo —la 'Reina de Oriente'—, aunque el clima tropical y las epidemias de malaria la convirtieron también en un cementerio de colonos. El barrio antiguo, Kota Tua, todavía conserva ese pasado colonial.
Tras la independencia, Batavia recuperó su nombre indonesio, Yakarta, y creció sin freno hasta convertirse en una megaciudad de más de diez millones de habitantes —más de treinta en su área metropolitana—, con todos los contrastes del país: rascacielos y kampung (barrios populares), atascos monumentales, inundaciones crónicas y un subsuelo que se hunde por la sobreexplotación del agua. Tan grave es el problema que Indonesia decidió trasladar la capital a una ciudad nueva, Nusantara, en Borneo. Aun así, Yakarta seguirá siendo el corazón económico y la puerta de entrada del país.
Java es una isla de fuego. Se asienta sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico y tiene decenas de volcanes activos que, a la vez, la fertilizan y la amenazan. En el este se alza el monte Bromo, dentro de un vasto 'mar de arena', escenario de amaneceres célebres y hogar del pueblo tengger, descendientes de refugiados de Majapahit que conservaron el hinduismo y que cada año arrojan ofrendas al cráter en la ceremonia del Yadnya Kasada. Más al este, el volcán Ijen es famoso por su fuego azul nocturno —gases sulfúricos que arden— y por los mineros que suben cargas de azufre a mano desde el fondo del cráter.
Los volcanes javaneses también han escrito páginas trágicas y globales. En 1883, la erupción del Krakatoa, en el estrecho entre Java y Sumatra, fue una de las mayores catástrofes registradas: destruyó la isla, provocó tsunamis que mataron a más de 36.000 personas y lanzó tanta ceniza a la atmósfera que enfrió el clima de todo el planeta durante años. Y en 1815, la del monte Tambora, algo más al este, había sido aún mayor, causando el 'año sin verano' de 1816 en el hemisferio norte. Vivir en Java siempre fue vivir sobre la tierra que da y quita.
En las tierras altas del oeste de Java, en el país sundanés, Bandung disfruta de un clima templado que la convirtió, en época colonial, en refugio de veraneo de los neerlandeses. La llamaron el 'París de Java' por su arquitectura art déco, y allí se instaló buena parte de la élite y de las instituciones técnicas de la colonia. Fue en su instituto tecnológico donde estudió el joven Sukarno.
Bandung entró en la historia mundial en abril de 1955, cuando acogió la Conferencia Afroasiática, la primera gran reunión de países de Asia y África recién descolonizados o en vías de independencia. Veintinueve naciones que reunían a más de la mitad de la humanidad se juntaron allí, con figuras como Sukarno, Nehru, Nasser y Zhou Enlai, para condenar el colonialismo y afirmar una tercera vía frente a los dos bloques de la Guerra Fría. El 'espíritu de Bandung' fue la semilla del Movimiento de Países No Alineados y uno de los mayores momentos de proyección internacional de Indonesia.