Sulawesi, la antigua Célebes, tiene una silueta inconfundible: cuatro largas penínsulas montañosas que se abren como los brazos de una estrella, separadas por golfos profundos. Esa geografía quebrada aisló a sus pueblos y produjo una diversidad cultural extraordinaria. En el sur dominaron dos grandes pueblos marinos, los bugis y los makassar, que en los siglos XVI y XVII construyeron poderosos sultanatos, sobre todo el de Gowa, con capital en Makassar, un gran emporio comercial abierto a mercaderes de todo el mundo.
Esa apertura chocó con la VOC neerlandesa, que quería el monopolio de las especias. Tras una dura guerra, en 1667 el sultanato de Gowa fue obligado a firmar el humillante Tratado de Bongaya, que dio a los neerlandeses el control del comercio y expulsó a los competidores. Makassar siguió siendo, aun así, un cruce de caminos del este de Indonesia. Sulawesi ofrece hoy algunos de los contrastes más marcados del país: musulmanes en las costas del sur, cristianos en el norte y las tierras altas, y una de las culturas más singulares del archipiélago tierra adentro.
En las montañas del interior de Sulawesi vive el pueblo toraja, célebre en el mundo entero por su relación con la muerte. Sus casas tradicionales, los 'tongkonan', tienen tejados altísimos en forma de barco o de cuernos de búfalo y son mucho más que viviendas: símbolos de linaje, memoria y estatus, transmitidos de generación en generación. Aislados en sus valles, los toraja conservaron sus creencias ancestrales hasta que la llegada del cristianismo, en el siglo XX, se superpuso a ellas sin borrarlas.
Su rasgo más famoso son los ritos funerarios, el 'Rambu Solo'. Cuando alguien muere, no se lo entierra de inmediato: el cuerpo se conserva en la casa durante meses o incluso años, tratado como un enfermo al que se sigue alimentando, mientras la familia reúne los recursos para un funeral grandioso. La ceremonia, en la estación seca, incluye danzas, peleas rituales y el sacrificio de búfalos y cerdos, animales cuyo número mide el prestigio del difunto. Después, los cuerpos se depositan en tumbas excavadas en acantilados, vigiladas por los 'tau-tau', efigies de madera con la imagen del muerto. Es una de las culturas más fascinantes del sudeste asiático.
Pocos pueblos de Indonesia tienen una historia marítima tan grande como los bugis del sur de Sulawesi. Durante siglos fueron los grandes navegantes y comerciantes del archipiélago, surcando los mares en sus 'pinisi', magníficas goletas de madera de dos mástiles que todavía se construyen a mano en las playas de Sulawesi con técnicas transmitidas de padres a hijos, hoy reconocidas por la Unesco. Con esos barcos, los bugis tejieron redes comerciales que llegaban a Australia —recolectaban pepino de mar en sus costas mucho antes que los europeos— y fundaron colonias por toda Indonesia y Malasia.
Su fama de marinos audaces y a veces temibles dejó huella incluso en el idioma inglés: se cree que el 'bogeyman', el hombre del saco que asusta a los chicos, podría derivar de 'Bugis'. Guerreros, comerciantes y migrantes, los bugis se dispersaron por el archipiélago llevando su lengua, su islam y su cultura, y siguen siendo hoy uno de los pueblos más emprendedores y móviles de Indonesia. Su epopeya recuerda que, en un país de islas, el mar nunca fue una frontera sino un camino.
En el corazón del este indonesio están las Molucas (Maluku), las legendarias 'islas de las especias' por las que el mundo cambió de rumbo. Solo aquí crecían, durante siglos, el clavo —en los sultanatos de Ternate y Tidore— y la nuez moscada, exclusiva de las diminutas islas Banda. Ese monopolio natural las convirtió en el destino más codiciado del planeta y en el motivo último de la era de los descubrimientos: portugueses, españoles, neerlandeses e ingleses lucharon a muerte por controlarlas.
El episodio más brutal fue la conquista neerlandesa de las Banda en 1621, cuando Jan Pieterszoon Coen, para asegurar el monopolio de la nuez moscada, exterminó, esclavizó o deportó a casi toda la población nativa —unos 15.000 bandaneses— y repartió las tierras entre colonos. Es uno de los primeros genocidios coloniales documentados. Curiosamente, por el Tratado de Breda de 1667 los neerlandeses cedieron a Inglaterra una lejana isla llamada Manhattan a cambio de asegurarse la minúscula Run, en las Banda: tal era el valor de la nuez moscada. Hoy Maluku es una región remota y cristiana en parte, que arrastró en 1999-2002 un grave conflicto sectario entre cristianos y musulmanes, y cuyas especias ya no valen fortunas, pero cuyo pasado cambió la historia del mundo.
En el extremo oriental del país, la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea forma la Papúa indonesia, un mundo aparte. Sus habitantes son melanesios, emparentados con los de Papúa Nueva Guinea y no con el resto de Indonesia; hablan cientos de lenguas distintas y conservan culturas de las más diversas del planeta, desde los pueblos de las tierras altas hasta los de las costas y los ríos. Fue la última región incorporada a Indonesia: quedó bajo control neerlandés en 1949 y solo se integró en 1969, mediante el 'Acto de Libre Elección', un plebiscito en el que poco más de mil representantes elegidos por el ejército votaron la anexión, un procedimiento denunciado como fraudulento y que aún alimenta un movimiento independentista y tensiones sin resolver.
Frente a esa historia difícil, Papúa guarda uno de los mayores tesoros naturales del mundo. El archipiélago de Raja Ampat, frente a la cabeza de la isla, es considerado el epicentro global de la biodiversidad marina: sus aguas albergan más especies de corales y peces que ningún otro lugar de la Tierra, en un laberinto de islotes de piedra caliza cubiertos de selva. Meca del buceo y santuario ecológico, Raja Ampat simboliza la otra cara de esta región: remota, frágil, extraordinaria, y todavía negociando su lugar dentro de la nación indonesia.