La historia urbana de India empieza mucho antes que la mayoría de las que se enseñan en Occidente. Entre el 3300 y el 1300 a. C., a orillas del río Indo y del hoy seco Ghaggar-Hakra, floreció la civilización del valle del Indo —también llamada harappana por Harappa, su primer yacimiento excavado—, una de las tres grandes civilizaciones de la Edad del Bronce junto a Egipto y Mesopotamia. En su fase madura, entre el 2600 y el 1900 a. C., abarcó buena parte del actual Pakistán, el noroeste de India y el noreste de Afganistán: la más extensa de las tres.
Sus ciudades asombran por su modernidad. Harappa y Mohenjo-daro, que pudieron tener entre 30.000 y 40.000 habitantes cada una, se trazaron sobre una cuadrícula regular, con calles orientadas a los puntos cardinales, sistemas de alcantarillado, pozos, baños públicos —como el Gran Baño de Mohenjo-daro— y almacenes de grano. Se han hallado más de mil asentamientos. Su comercio llegaba hasta Mesopotamia, usaban un sistema estandarizado de pesos y medidas y produjeron miles de sellos de esteatita con una escritura que, hasta hoy, nadie ha logrado descifrar.
Hacia el 1900 a. C. las grandes ciudades entraron en declive y fueron abandonándose. No hubo una causa única ni una destrucción violenta: hoy se atribuye sobre todo a cambios climáticos y a la desecación del río Ghaggar-Hakra, que habría empujado a la población a migrar hacia el este, hacia la llanura del Ganges. La vieja idea de una 'invasión aria' que arrasó estas ciudades está descartada; se habla más bien de un lento desplazamiento y de la fusión gradual de poblaciones.
Tras el ocaso de las ciudades del Indo se abre el llamado período védico (aproximadamente 1500-500 a. C.), que da su nombre a los Vedas, el corpus de himnos, plegarias y fórmulas rituales compuesto en sánscrito antiguo y transmitido de memoria durante siglos antes de ponerse por escrito. El Rigveda, el más antiguo, es uno de los textos religiosos más viejos del mundo todavía en uso. De este universo cultural nacería, con el tiempo, lo que hoy llamamos hinduismo.
Fue una época de sociedades ganaderas y agrícolas asentadas en la llanura indogangética, organizadas en tribus y luego en pequeños reinos. En estos siglos se fue cristalizando el sistema de varnas, el ordenamiento social en cuatro grandes categorías —brahmanes (sacerdotes), chatrías (guerreros), vaishias (comerciantes y campesinos) y shudras (sirvientes)— que, endurecido y ramificado con el correr de los milenios en miles de castas hereditarias (jati), marcaría de forma profunda y a menudo opresiva la vida india hasta hoy.
Hacia mediados del primer milenio a. C. surgieron los mahajanapadas, dieciséis grandes reinos y repúblicas que dominaban el norte de India. Entre ellos empezó a destacar Magadha, en el actual estado de Bihar, cuya capital, Pataliputra (la moderna Patna), se convertiría en el centro de poder desde el que se forjarían los primeros grandes imperios del subcontinente. De este mismo caldo cultural, y en buena medida como reacción al ritualismo brahmánico y al peso de las castas, nacerían dos religiones nuevas.
Alrededor del siglo VI-V a. C., en la misma llanura del Ganges donde competían los grandes reinos, vivieron dos maestros que fundaron religiones destinadas a cambiar la historia de Asia. Siddhartha Gautama, un príncipe del clan de los Sakia nacido en Lumbini (hoy Nepal), renunció a su vida palaciega en busca de una respuesta al sufrimiento y, según la tradición, alcanzó la iluminación bajo un árbol en Bodh Gaya, convirtiéndose en el Buda, 'el despierto'. Predicó por primera vez en Sarnath, cerca de Varanasi, y fundó el budismo, con su enseñanza de las Cuatro Nobles Verdades y el Camino Óctuple hacia la liberación del ciclo de renacimientos.
Casi al mismo tiempo, Mahavira sistematizó y difundió el jainismo, una tradición aún más radical en su exigencia de no violencia (ahimsa) hacia todo ser vivo, ascetismo extremo y respeto por todas las formas de vida. Ambas religiones rechazaban la autoridad exclusiva de los brahmanes y el valor de los sacrificios rituales, y abrían la vía de la liberación a personas de cualquier casta, lo que explica buena parte de su atractivo inicial.
El budismo, en particular, encontraría un promotor extraordinario en el emperador Ashoka y se expandiría luego por Sri Lanka, el Sudeste Asiático, China, Corea, Japón y el Tíbet, hasta volverse una de las grandes religiones mundiales. Curiosamente, en su tierra de origen terminó casi desapareciendo, reabsorbido por el hinduismo, mientras que el jainismo sobrevivió como una minoría pequeña pero influyente, sobre todo en el comercio y las finanzas del oeste de India.
Hacia el 321 a. C., aprovechando el vacío que dejó la retirada de Alejandro Magno del noroeste de India, un hombre llamado Chandragupta Maurya derrocó a la dinastía Nanda de Magadha y fundó el imperio Maurya, el primero en unificar casi todo el subcontinente. Guiado, según la tradición, por su astuto consejero Chanakia (Kautilia), autor del célebre tratado político Arthashastra, Chandragupta construyó un Estado centralizado con capital en Pataliputra que llegó a impresionar a los embajadores griegos.
El imperio alcanzó su cúspide bajo su nieto Ashoka (que reinó hacia 268-232 a. C.), uno de los soberanos más notables de la historia antigua. Hacia el 260 a. C., Ashoka conquistó el reino de Kalinga (la actual Odisha) en una guerra atroz que, según sus propias inscripciones, dejó cien mil muertos, muchos más por hambre y enfermedad, y decenas de miles de deportados. Horrorizado por la matanza que él mismo había provocado, el emperador se convirtió al budismo y renunció a la guerra de conquista.
A partir de entonces, Ashoka proclamó una política de dhamma —rectitud, tolerancia, no violencia y bienestar de los súbditos— que mandó grabar en pilares y rocas repartidos por todo el imperio, los famosos edictos de Ashoka, escritos no en el sánscrito culto sino en las lenguas locales para que el pueblo los entendiera. Promovió el budismo, envió misiones hasta Sri Lanka y el mundo helenístico, y dejó un símbolo perdurable: el capitel de los cuatro leones de Sarnath es hoy el emblema nacional de la República de India, y la rueda de su dhamma ocupa el centro de la bandera.
Tras la caída de los Maurya, hacia el 185 a. C., India volvió a fragmentarse durante siglos en reinos que se sucedían e invasores que entraban por el noroeste: griegos indobactrianos, escitas, partos y los kushanas, cuyo gran rey Kanishka fue otro mecenas del budismo y bajo cuyo dominio floreció el arte grecobudista de Gandhara. Recién en el siglo IV d. C. un nuevo poder unificó de nuevo el norte y abrió lo que suele llamarse la edad de oro de la civilización india.
El imperio Gupta, fundado por Chandragupta I hacia el 320 d. C. y llevado a su apogeo por Samudragupta y Chandragupta II, dominó el norte del subcontinente durante más de dos siglos. Fue una época de estabilidad y prosperidad en la que las ciencias, las artes y las letras alcanzaron cotas altísimas. El matemático y astrónomo Aryabhata calculó el año solar con notable precisión y trabajó con el sistema decimal; en estos siglos se consolidó el uso del cero como número, uno de los grandes aportes de India al mundo. El poeta y dramaturgo Kalidasa escribió obras que aún se consideran cumbres de la literatura sánscrita.
Bajo los Gupta se levantaron templos, se pintaron los frescos de las cuevas de Ajanta y se fijó buena parte de la iconografía y la mitología del hinduismo clásico. El imperio se debilitó a partir del siglo V ante las incursiones de los hunos heftalitas y terminó por disgregarse. India volvería a la fragmentación política, pero la síntesis cultural, religiosa y científica de la era Gupta quedaría como una referencia clásica para todo lo que vino después.
Mientras los grandes imperios se sucedían en el norte, el sur de India —la península más allá de la meseta del Deccan— seguía su propio camino, con lenguas dravídicas (tamil, telugu, canarés, malayalam) muy distintas del sánscrito y sus derivados del norte, y una historia que rara vez aparece en los relatos centrados en Delhi. Ya en los primeros siglos de nuestra era, los reinos tamiles de los Chera, Chola y Pandya comerciaban con Roma: en los puertos del sur se han hallado ánforas y monedas romanas, prueba de un intenso tráfico de especias, perlas y tejidos.
Entre los siglos IX y XIII, la dinastía Chola construyó el imperio marítimo más poderoso que haya salido del sur de India. Bajo Raja Raja Chola I y su hijo Rajendra I, los Chola no solo dominaron el sur del subcontinente, sino que enviaron flotas contra Sri Lanka, las Maldivas y hasta el imperio de Srivijaya, en la actual Indonesia, un caso excepcional de proyección naval en la historia india. Dejaron templos colosales, como el de Brihadishvara en Thanjavur, hoy Patrimonio de la Humanidad, y una tradición de bronces de Shiva Nataraja admirada en todo el mundo.
Este sur profundo desarrolló una civilización de templos, poesía devocional (el movimiento bhakti) y grandes dinastías —Pallavas, Chalukyas, Rashtrakutas, Hoysalas— que rara vez fueron conquistadas de manera duradera por los poderes del norte. Esa relativa autonomía explica por qué el sur conserva hasta hoy una identidad cultural y lingüística tan marcada, y por qué la penetración del islam y, más tarde, de Delhi, tuvo allí un alcance y un ritmo muy distintos que en la llanura del Ganges.
El islam llegó a India por dos vías y en dos tiempos. Primero, de forma pacífica y temprana, a través de los mercaderes árabes que desde el siglo VII comerciaban en los puertos de la costa oeste, sobre todo en Kerala y Guyarat. Después, por la espada: a comienzos del siglo VIII los árabes conquistaron Sindh, y entre los siglos X y XII llegaron oleadas de incursiones desde Asia Central, entre ellas las devastadoras campañas de Mahmud de Ghazni, célebre por sus saqueos de templos, y las del sultanato gúrida.
De estas conquistas nació, en 1206, el Sultanato de Delhi, el primer gran Estado musulmán establecido en el corazón de India, que se prolongaría hasta 1526 a través de cinco dinastías sucesivas: los esclavos o mamelucos, los Khalji, los Tughlaq, los Sayyid y los Lodi. El sultanato llegó a extender su poder sobre buena parte del subcontinente, resistió las invasiones mongolas y sobrevivió incluso al brutal saqueo de Delhi por Tamerlán en 1398.
Fue una época de profundas transformaciones. La arquitectura indoislámica dejó monumentos como el Qutb Minar de Delhi, iniciado hacia 1199, y una nueva síntesis de estilos con arcos, cúpulas y caligrafía. Nació el urdu, lengua surgida del contacto entre el persa de la corte y las hablas locales. Y en lo religioso, junto a episodios de destrucción de templos y conversión forzada, floreció también el sufismo, cuyos místicos, con su mensaje de amor y devoción, tendieron puentes con el hinduismo bhakti. India se volvía, para siempre, una tierra de convivencia y tensión entre el hinduismo y el islam.
En 1526, un príncipe de Asia Central llamado Babur, descendiente por línea directa de Tamerlán y de Gengis Kan, derrotó al último sultán de Delhi en la primera batalla de Panipat y fundó el imperio mogol, que gobernaría India durante más de tres siglos, al menos nominalmente, hasta 1857. El nombre 'mogol' es, de hecho, una deformación de 'mongol'. Bajo esta dinastía, India vivió uno de los períodos más brillantes de su historia.
Su figura cumbre fue Akbar (que reinó entre 1556 y 1605), nieto de Babur, que subió al trono a los trece años y transformó un dominio militar en un imperio duradero. Akbar amplió las fronteras, creó un sistema de administración y de impuestos eficiente y, sobre todo, practicó una política de tolerancia religiosa inusual para su tiempo: abolió el impuesto que pesaba sobre los no musulmanes, se casó con princesas rajput hindúes, integró a la nobleza hindú en su gobierno y patrocinó debates entre sabios de todas las religiones. Su bisnieto Shah Jahan (1628-1658) llevó el esplendor de la corte y del arte mogol a su cima: mandó construir entre 1630 y 1653, en Agra, el Taj Mahal, el mausoleo de mármol blanco erigido en memoria de su esposa Mumtaz Mahal, muerta al dar a luz, y considerado hoy la obra maestra de la arquitectura indoislámica y una de las construcciones más admiradas del planeta.
El último de los grandes emperadores, Aurangzeb (1658-1707), que llegó al trono tras encarcelar a su padre y matar a sus hermanos, expandió el imperio hasta su máxima extensión territorial, pero rompió con la tolerancia de Akbar: reinstauró el impuesto a los no musulmanes, endureció la política religiosa y agotó las arcas en guerras interminables en el sur, sobre todo contra los marathas del líder hindú Shivaji. A su muerte, en 1707, el imperio empezó una decadencia lenta pero imparable, y el poder real se fue fragmentando entre gobernadores provinciales, marathas, sijs y otros poderes regionales. Ese vacío sería la puerta de entrada de los europeos.
Los europeos llegaron a India por mar en busca de especias. En 1498, el portugués Vasco da Gama arribó a Calicut, en la costa de Kerala, y abrió la ruta directa entre Europa e India bordeando África. Portugal montó una red de fuertes costeros —Goa fue su joya— y por un siglo dominó el comercio del océano Índico. Detrás vinieron los holandeses, los franceses y los ingleses. La Compañía Inglesa de las Indias Orientales, fundada en 1600, empezó como una empresa comercial con factorías en puertos como Madrás, Bombay y Calcuta, pero terminó convirtiéndose en un poder político y militar.
El punto de inflexión fue la batalla de Plassey, en 1757, cuando la Compañía, aprovechando la desintegración mogol y las rivalidades locales, derrotó al nabab de Bengala y se hizo con el control de la región más rica de India. Durante el siglo siguiente, la Compañía —una corporación privada con su propio ejército— fue anexando o subordinando reino tras reino hasta dominar casi todo el subcontinente. Su gestión fue con frecuencia rapaz: la gran hambruna de Bengala de 1770, agravada por las políticas fiscales de la Compañía, se cobró millones de vidas, y es solo la primera de una larga serie de hambrunas que jalonan el período colonial.
En 1857 estalló una gran rebelión —conocida como la Rebelión de los Cipayos o, para muchos indios, la Primera Guerra de Independencia— que empezó como un motín de soldados indios del ejército de la Compañía y se extendió por el norte, con Delhi y el anciano emperador mogol Bahadur Shah Zafar como símbolos. Fue aplastada con enorme dureza. A raíz de ella, la Corona británica abolió la Compañía y asumió el gobierno directo: nacía el Raj británico, con la reina Victoria proclamada emperatriz de India en 1876. El balance de esos casi dos siglos es objeto de debate historiográfico legítimo. Los británicos construyeron ferrocarriles, telégrafos, un sistema administrativo y educativo y un aparato legal unificado; pero también drenaron la riqueza del país, desindustrializaron su artesanía textil y gestionaron —o dejaron ocurrir— hambrunas catastróficas, como la de Bengala de 1943, en la que murieron entre dos y tres millones de personas mientras se exportaban alimentos. La cifra global de muertes por las hambrunas del período colonial se discute, pero se cuenta en decenas de millones a lo largo del siglo XIX y comienzos del XX.
La resistencia al dominio británico se organizó políticamente en 1885 con la fundación del Congreso Nacional Indio, al principio un foro moderado de la élite educada que reclamaba mayor participación, y con el tiempo el gran vehículo del nacionalismo indio. En 1906 se creó también la Liga Musulmana, que empezaría a plantear los intereses específicos de la minoría musulmana. Pero la figura que transformó la lucha en un movimiento de masas fue Mohandas Karamchand Gandhi.
Abogado formado en Londres y curtido en las campañas contra la discriminación en Sudáfrica, Gandhi —al que se llamaría Mahatma, 'alma grande'— regresó a India en 1915 y convirtió la resistencia no violenta (satyagraha) en un arma política formidable. Dirigió tres grandes campañas: la de no cooperación (1920-1922), la de desobediencia civil con la célebre Marcha de la Sal de 1930 —cuando recorrió a pie más de 300 kilómetros hasta el mar para producir sal en desafío al monopolio británico— y el movimiento Quit India ('Fuera de India') de 1942, lanzado en plena Segunda Guerra Mundial con la consigna 'hacer o morir'. Junto a él trabajaron figuras como Jawaharlal Nehru, futuro primer ministro, y Sardar Vallabhbhai Patel.
Gandhi predicaba, además de la independencia, la unidad entre hindúes y musulmanes, la abolición de la intocabilidad —llamaba harijan, 'hijos de Dios', a los así llamados intocables— y una vida austera y autosuficiente. Su estrategia le valió el respeto mundial y la cárcel en repetidas ocasiones. Cuando la Segunda Guerra Mundial dejó a Gran Bretaña exhausta y decidida a retirarse, el interrogante ya no era si India sería independiente, sino cómo y en cuántos pedazos. Ahí se abrió la herida de la Partición.
La independencia de India, largamente ansiada, llegó envuelta en tragedia. A medida que la retirada británica se hacía inevitable tras la guerra, se impuso la exigencia de la Liga Musulmana, encabezada por Muhammad Ali Jinnah, de un Estado separado para los musulmanes: Pakistán. El Congreso, y el propio Gandhi, se oponían a dividir el país, pero ante el temor a una guerra civil y la presión de los tiempos, se aceptó la partición del subcontinente en dos Estados según criterios religiosos.
El 15 de agosto de 1947, India nació como nación independiente, con Nehru como primer ministro; un día antes había nacido Pakistán. Pero las fronteras, trazadas a las apuradas por un jurista británico, Cyril Radcliffe, que apenas conocía el país, partieron en dos las provincias de Punyab y Bengala y dejaron a millones de personas del 'lado equivocado' de una línea religiosa. Se desató entonces una de las mayores migraciones forzadas de la historia: entre doce y veinte millones de personas cruzaron las nuevas fronteras —hindúes y sijs hacia India, musulmanes hacia Pakistán— en medio de una explosión de violencia sectaria atroz, con matanzas, trenes cargados de cadáveres, aldeas incendiadas y decenas de miles de mujeres secuestradas o violadas.
Las cifras de muertos son objeto de debate y varían enormemente según las fuentes: las estimaciones más citadas hablan de entre 200.000 y dos millones de víctimas, y algunos estudios recientes elevan el número aún más. La Partición dejó una herida que nunca cerró del todo: India y Pakistán han librado desde entonces varias guerras, sobre todo por Cachemira, cuya soberanía sigue disputada. El propio Gandhi, que había recorrido las zonas de matanza predicando la reconciliación, fue asesinado el 30 de enero de 1948 por un extremista hindú que lo consideraba demasiado favorable a los musulmanes. La independencia y la Partición son, en la memoria india, las dos caras inseparables de un mismo momento fundacional.
Contra los pronósticos de quienes creían que un país tan vasto, pobre y diverso no podría sostener la democracia, India adoptó en 1950 una Constitución que la convirtió en república federal, laica y democrática, con sufragio universal desde el primer día y con la abolición formal de la intocabilidad. Su artífice constitucional, Bhimrao Ambedkar, era él mismo un dalit (el término que hoy prefieren los antes llamados intocables) y se convirtió en símbolo de la lucha por la igualdad. Desde entonces India ha celebrado elecciones de forma ininterrumpida y es hoy la mayor democracia del mundo por número de votantes, con cientos de millones de personas acudiendo a las urnas.
El camino no fue lineal. Tras las décadas de Nehru y de su hija Indira Gandhi —que decretó un polémico estado de emergencia entre 1975 y 1977 y fue asesinada en 1984 por sus guardaespaldas sijs—, India pasó de una economía cerrada y planificada a una apertura liberalizadora a partir de 1991 que disparó su crecimiento. Hoy es una de las mayores economías del mundo, potencia en tecnología de la información y en programas espaciales —en 2023 se convirtió en el primer país en posar una sonda cerca del polo sur lunar—, y en 2023 superó a China como el país más poblado del planeta, con unos 1.400 millones de habitantes.
Esa India moderna sigue cargando con desafíos enormes: profundas desigualdades, la persistencia de las castas pese a su prohibición legal, tensiones religiosas entre la mayoría hindú y la gran minoría musulmana, disputas fronterizas y la presión sobre el medioambiente. Es un país donde conviven la pobreza extrema y una clase media de cientos de millones, los templos milenarios y los parques tecnológicos, más de veinte lenguas oficiales y mil dialectos. Difícil de resumir y imposible de reducir a una sola imagen, India encara el siglo XXI reivindicando a la vez su antiquísima herencia civilizatoria y su ambición de gran potencia.
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Amritsar es el centro espiritual del sijismo, la religión fundada en el Punyab a finales del siglo XV por el gurú Nanak (1469-1539), que predicó un monoteísmo estricto, la igualdad de todos los seres humanos —hombres y mujeres, de cualquier casta— y el rechazo tanto del ritualismo hindú como de las jerarquías. A Nanak lo sucedieron nueve gurús más; el cuarto, Ram Das, fundó la ciudad y mandó excavar el estanque sagrado (amrit sarovar, 'lago del néctar') que le da nombre.
En medio de ese estanque, el quinto gurú, Arjan, hizo construir el Harmandir Sahib, el 'Templo Dorado', y colocó allí en 1604 el libro sagrado sij, el Adi Granth. El templo, con su cúpula recubierta de pan de oro reflejándose en el agua, es el lugar más sagrado del sijismo y uno de los espacios religiosos más impresionantes del mundo: abierto por sus cuatro lados como símbolo de acogida a todos, alimenta cada día gratis a decenas de miles de peregrinos en su langar, la cocina comunitaria. El revestimiento dorado que le dio su nombre popular se lo debe al maharajá Ranjit Singh, que a comienzos del siglo XIX unificó el Punyab bajo el poderoso Imperio sij.
El sijismo nació como una fe pacífica, pero la persecución de varios de sus gurús por los emperadores mogoles lo llevó a militarizarse. El décimo y último gurú, Gobind Singh, fundó en 1699 la Khalsa, la comunidad de iniciados, con sus cinco símbolos externos —entre ellos el pelo y la barba sin cortar y el turbante—, y estableció que, tras él, el papel de gurú lo ocuparía para siempre el libro sagrado, el Guru Granth Sahib. De aquel pequeño movimiento del Punyab surgió una de las grandes religiones del mundo.
Amritsar guarda también la memoria de dos de los episodios más dolorosos de la historia india reciente, que conviene contar con precisión y sobriedad. El primero es la matanza de Jallianwala Bagh, ocurrida el 13 de abril de 1919. Ese día, una multitud desarmada —hombres, mujeres y niños— se había reunido en un jardín cerrado de la ciudad, en parte para celebrar la fiesta del Baisakhi y en parte para protestar contra las represivas leyes coloniales. El general británico Reginald Dyer ordenó a sus tropas bloquear la única salida y abrir fuego sin previo aviso. Las cifras oficiales británicas hablaron de 379 muertos; fuentes indias elevaron el número muy por encima, hasta cerca de mil. La masacre conmocionó al país y radicalizó el movimiento independentista.
El segundo episodio es mucho más reciente y sigue siendo doloroso: la Operación Estrella Azul (Operation Blue Star) de junio de 1984. Un grupo armado que reclamaba un Estado sij independiente, el Jalistán, y liderado por el predicador Jarnail Singh Bhindranwale, se había atrincherado dentro del complejo del Templo Dorado. El ejército indio, por orden de la primera ministra Indira Gandhi, asaltó el recinto sagrado. La operación acabó con los ocupantes, pero causó numerosas víctimas —militares, militantes y civiles peregrinos— y dañó el Akal Takht, uno de los edificios más sagrados del sijismo.
Las consecuencias fueron trágicas. El asalto al templo hirió profundamente a la comunidad sij, y pocos meses después, en octubre de 1984, dos guardaespaldas sijs asesinaron a Indira Gandhi en represalia. Su muerte desató a su vez matanzas anti-sijs en Delhi y otras ciudades que dejaron miles de muertos. Estos hechos, todavía cercanos y sensibles, muestran hasta qué punto la religión, la política y la identidad se entrelazan en esta región, y por qué su memoria sigue viva y disputada.
Donde el Ganges sale de las montañas del Himalaya y entra en la llanura, a los pies de las estribaciones, está Rishikesh, un antiguo lugar de peregrinación hindú convertido hoy en la autoproclamada 'capital mundial del yoga'. Su nombre remite a los rishis, los sabios y ascetas que, según la tradición, meditaban desde tiempos inmemoriales en estas orillas, atraídos por la pureza del río recién nacido y la cercanía de las cumbres sagradas.
Rishikesh es la puerta de entrada a los grandes santuarios himalayos del hinduismo —el circuito del Char Dham: Yamunotri, Gangotri, Kedarnath y Badrinath—, y desde hace siglos alberga ashrams, templos y comunidades de sadhus. Sus dos puentes colgantes sobre el Ganges, Lakshman Jhula y Ram Jhula, y las ceremonias del aarti al atardecer, con lámparas de fuego ofrecidas al río, resumen su atmósfera espiritual. Es también un punto de partida para el rafting y el trekking en la montaña.
La fama internacional le llegó de golpe en 1968, cuando los Beatles pasaron varias semanas en el ashram del maestro Maharishi Mahesh Yogi practicando meditación trascendental; allí compusieron buena parte de las canciones del 'Álbum Blanco'. Aquel episodio, en plena efervescencia hippie, convirtió a Rishikesh en un imán para los buscadores espirituales de Occidente y consolidó la imagen de India como destino de peregrinación interior, una imagen que, para bien y para mal, sigue atrayendo cada año a multitudes de viajeros.
En el extremo norte de India, encajado entre las cordilleras del Karakórum y el Himalaya, se extiende Ladakh, una región de altísima montaña —buena parte por encima de los 3.000 metros— y paisajes desérticos que parecen de otro planeta. Cultural y geográficamente, Ladakh pertenece más al mundo tibetano que al indio: se lo conoce como 'el pequeño Tíbet' por su budismo tibetano, sus monasterios (gompas) encaramados en los riscos, sus banderas de oración y su población de origen y lengua tibetanos.
Durante siglos, Ladakh fue un reino independiente que controlaba un tramo clave de las rutas caravaneras entre India, el Tíbet y Asia Central: por aquí pasaba parte del comercio de la lana pashmina, la sal y el té. Su capital, Leh, con su antiguo palacio real de nueve pisos inspirado en el Potala de Lhasa, era una encrucijada comercial. En el siglo XIX el reino fue conquistado e incorporado al estado dogra de Jammu y Cachemira, que a su vez se integró en la India independiente en 1947.
Esa posición fronteriza convierte hoy a Ladakh en una zona geopolíticamente muy sensible. Limita con territorios en disputa con Pakistán al oeste y con China al este: la meseta de Aksai Chin, administrada por China y reclamada por India, y la línea de control real donde ambos países se enfrentaron en la guerra de 1962 y donde ha habido choques recientes. Monasterios milenarios, lagos turquesa como el Pangong y una cultura budista viva conviven así con una fuerte presencia militar, en una de las fronteras más altas y tensas del mundo.
Esta región reúne dos mundos distintos —la fértil llanura del Punyab y las alturas del Himalaya— que comparten, sin embargo, una misma condición de frontera. El Punyab, la 'tierra de los cinco ríos', fue siempre una de las zonas más ricas y disputadas del subcontinente, puerta de entrada de casi todos los invasores que llegaron por el noroeste, desde los arios y los griegos de Alejandro hasta los ejércitos musulmanes. Su suelo generoso lo convirtió más tarde en el granero de India y en el corazón de la Revolución Verde que, a partir de los años sesenta, multiplicó la producción agrícola del país.
Pero la frontera también trajo desgarros. La Partición de 1947 dividió el Punyab en dos, entre India y Pakistán, y fue precisamente aquí donde la violencia alcanzó su punto más atroz: millones de sijs e hindúes huyeron hacia el este y millones de musulmanes hacia el oeste, en medio de matanzas que dejaron cientos de miles de muertos. Amritsar quedó a pocos kilómetros de la nueva frontera. Todavía hoy, cada atardecer, en el puesto fronterizo de Wagah, soldados indios y pakistaníes escenifican una vistosa y estruendosa ceremonia de arriado de banderas que atrae a multitudes: un ritual que canaliza, entre patriotismo y espectáculo, la vieja rivalidad nacida de aquella división.
En la montaña, la frontera es igualmente presente: los conflictos con Pakistán por Cachemira y con China por Ladakh y Aksai Chin mantienen a toda esta franja septentrional bajo una fuerte tensión geopolítica. Así, el norte espiritual —el de los templos sijs, los ashrams del Ganges y los monasterios budistas del Himalaya— es también el norte de las fronteras calientes, donde la fe y la geopolítica conviven a diario.
Varanasi —también llamada Benarés o, con su nombre antiguo, Kashi, 'la ciudad de la luz'— es el lugar más sagrado del hinduismo y una de las ciudades habitadas de forma continua más antiguas del mundo: las tradiciones la remontan a más de tres mil años, y algunas fuentes la consideran incluso más vieja. Consagrada al dios Shiva, es para los hindúes el centro espiritual del universo, el punto donde la vida y la muerte se tocan.
La ciudad se despliega a lo largo de la orilla oeste del Ganges en una sucesión de ghats, las escalinatas de piedra que bajan hasta el agua. Cada amanecer, miles de peregrinos se sumergen en el río para purificarse; cada atardecer se celebra la ceremonia del Ganga Aarti, con sacerdotes que ofrecen fuego al río entre cánticos. Y en dos ghats en particular, como el de Manikarnika, arden día y noche las piras funerarias: morir en Varanasi y ser incinerado a orillas del Ganges se considera una liberación del ciclo de reencarnaciones (moksha), por lo que muchos hindúes viajan aquí al final de su vida. La muerte se vive a plena luz, sin ocultarla, como parte natural del orden sagrado.
Varanasi fue también un gran centro de saber y de arte a lo largo de los siglos, cuna de música clásica, sánscrito y filosofía, y un lugar donde el hinduismo, el budismo y el jainismo se cruzaron: muy cerca, en Sarnath, Buda pronunció su primer sermón tras la iluminación. Ninguna ciudad concentra como Varanasi la intensidad religiosa de India: caótica, densa, abrumadora para el visitante, es para el creyente el corazón mismo de lo sagrado.
Ningún río del mundo es tan venerado como el Ganges. Nace en un glaciar del Himalaya, en Gangotri, desciende por Rishikesh y Haridwar hacia la gran llanura, atraviesa Varanasi y se une luego a otros grandes ríos hasta desembocar, en un inmenso delta compartido con Bangladés, en el golfo de Bengala. Para los hindúes es una diosa, Ganga, cuyas aguas purifican de todo pecado; bañarse en ella, beberla o esparcir en ella las cenizas de los muertos son actos de profunda devoción.
Más allá de lo religioso, el Ganges es la arteria vital del norte de India. Su cuenca, la llanura indogangética, es una de las regiones más fértiles y densamente pobladas del planeta: cientos de millones de personas dependen de sus aguas para la agricultura, la pesca y la vida diaria. Sobre sus orillas florecieron los reinos védicos, el imperio Maurya con su capital Pataliputra y buena parte de la historia india antigua. El río es, literalmente, la cuna de la civilización del subcontinente.
Esa intensa presencia humana tiene también un costo. El Ganges es hoy uno de los ríos más contaminados del mundo, cargado con vertidos industriales, aguas residuales y residuos de las ciudades que atraviesa. Sucesivos gobiernos han lanzado planes de limpieza —el más reciente, el programa Namami Gange—, con resultados desiguales. La paradoja de un río a la vez sagrado y degradado resume bien los dilemas de la India contemporánea, atrapada entre la reverencia por su herencia milenaria y las presiones del desarrollo y la superpoblación.
El este de India, y en particular Bengala, fue el lugar donde comenzó el dominio británico del subcontinente. Calcuta, fundada por la Compañía de las Indias Orientales a finales del siglo XVII, se convirtió en su gran base comercial y, tras la decisiva batalla de Plassey en 1757 —cuando la Compañía derrotó al nabab de Bengala y se hizo con el control de la provincia más rica de India—, en la capital de un poder que iría extendiéndose por todo el país. Calcuta sería la capital de la India británica hasta 1911.
Bengala pagó un precio altísimo por esa centralidad. La primera gran catástrofe llegó pronto: la hambruna de Bengala de 1770, agravada por la voracidad fiscal de la Compañía, mató a millones de personas, quizás a un tercio de la población de la región. Casi dos siglos después, ya bajo el Raj y en plena Segunda Guerra Mundial, la hambruna de Bengala de 1943 se cobró entre dos y tres millones de vidas; historiadores como Amartya Sen han argumentado que no se debió tanto a la falta de alimentos como a los fallos de distribución, la especulación y las prioridades bélicas del gobierno colonial, un debate historiográfico que sigue abierto.
Pero Bengala fue también un foco de resistencia y de renovación. De aquí surgió buena parte del nacionalismo indio y de la lucha anticolonial, y aquí se produjo el llamado Renacimiento bengalí. La Partición de 1947 volvió a partir la región en dos, entre India y el Pakistán oriental, que en 1971, tras una sangrienta guerra de independencia, se convertiría en Bangladés. La historia del este de India es, en gran medida, la historia del encuentro —y del choque— entre India y el poder europeo.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Bengala vivió un extraordinario florecimiento cultural, intelectual y social que se conoce como el Renacimiento bengalí. Nacido del contacto entre la tradición india y las ideas europeas que llegaban por Calcuta, este movimiento produjo una generación de reformadores, escritores, científicos y pensadores que transformaron la vida cultural del país y sentaron muchas de las bases de la India moderna.
Su primer gran nombre fue Ram Mohan Roy, considerado el 'padre de la India moderna', que a comienzos del siglo XIX luchó contra prácticas como la sati —la inmolación de las viudas en la pira del marido, que los británicos prohibieron en 1829—, promovió la educación y fundó un movimiento religioso reformista, el Brahmo Samaj. Tras él vinieron figuras como el místico Ramakrishna y su discípulo Vivekananda, que llevó el pensamiento hindú a Occidente.
La cumbre del Renacimiento bengalí fue Rabindranath Tagore (1861-1941): poeta, novelista, músico y pintor, autor del poemario 'Gitanjali', se convirtió en 1913 en el primer no europeo en ganar el Premio Nobel de Literatura. Tagore, que fundó la universidad de Santiniketan y compuso los himnos nacionales que hoy usan tanto India como Bangladés, encarnó como nadie el diálogo entre las culturas. Este fermento intelectual explica por qué el este de India, más allá de la fe del Ganges, fue durante generaciones el gran laboratorio cultural y político del país.
En las estribaciones del Himalaya, al norte de Bengala, Darjeeling es la imagen misma de la estación de montaña colonial. Cuando los británicos tomaron la zona a mediados del siglo XIX, quedaron seducidos por su clima fresco y sus vistas a las cumbres nevadas —entre ellas el Kangchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo— y la convirtieron en un lugar de descanso donde los funcionarios del Raj escapaban del calor sofocante de la llanura durante el verano. De ahí su arquitectura, sus iglesias, sus internados de estilo inglés.
Pero lo que hizo famoso a Darjeeling en el mundo entero fue el té. A partir de la década de 1850, los británicos plantaron en estas laderas variedades de té que, aclimatadas a la altura y a la niebla, dieron una hoja de aroma delicado y muy apreciado: el té Darjeeling, conocido como 'el champán de los tés', sigue siendo uno de los más cotizados del planeta. Las plantaciones tapizan las colinas y emplean a generaciones de trabajadores, muchos de origen nepalí.
Para subir a la estación desde la llanura, los británicos construyeron en 1881 una proeza de ingeniería: el Darjeeling Himalayan Railway, un tren de vía estrecha —el famoso 'toy train'— que trepa por la montaña en lazos y curvas cerradas, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Detrás de la postal, sin embargo, late una realidad social compleja: la población de origen gorkha-nepalí de estas colinas ha reclamado durante décadas su propia región autónoma, el Gorkhaland, en un conflicto identitario que sigue vivo y que recuerda que también aquí, en el paraíso del té, la historia dejó fronteras y tensiones.
Pocas ciudades del mundo han sido tantas veces capital como Delhi. Se dice que a lo largo de la historia se levantaron aquí 'siete ciudades' —algunos cuentan más— construidas y destruidas por sucesivas dinastías sobre la estratégica llanura donde el río Yamuna abre el paso entre el desierto de Rajastán y la fértil cuenca del Ganges. Quien quería dominar el norte de India necesitaba dominar Delhi.
De la Delhi medieval sobrevive el Qutb Minar, el altísimo minarete de arenisca comenzado hacia 1199 por los primeros sultanes, símbolo de la llegada del islam al poder. Del período mogol quedan monumentos deslumbrantes: la tumba de Humayun, precursora del Taj Mahal, y sobre todo la Vieja Delhi que construyó Shah Jahan en el siglo XVII como su nueva capital, Shahjahanabad, con el imponente Fuerte Rojo de arenisca y la Jama Masjid, la mayor mezquita de India, en torno a las cuales todavía bulle el laberinto comercial de Chandni Chowk.
Los británicos añadieron la última capa: en 1911 trasladaron la capital del Raj de Calcuta a Delhi y encargaron a los arquitectos Edwin Lutyens y Herbert Baker una ciudad nueva, Nueva Delhi, de anchas avenidas, edificios imperiales y el palacio del virrey, hoy sede de la Presidencia. Así, en pocos kilómetros, Delhi resume todo el arco del poder en India: el sultanato, el imperio mogol, el dominio británico y, desde 1947, la capital de la mayor democracia del mundo.
Agra fue durante más de un siglo el centro del imperio mogol, la ciudad que Akbar convirtió en capital y que sus sucesores llenaron de monumentos. Su edificio más célebre es, por supuesto, el Taj Mahal, mandado construir por el emperador Shah Jahan entre 1630 y 1653 como mausoleo para su esposa favorita, Mumtaz Mahal, muerta al dar a luz a su decimocuarto hijo. Se calcula que trabajaron en él más de veinte mil obreros y artesanos, y que el mármol blanco se trajo desde Rajastán a lomo de elefante.
El Taj Mahal es la cumbre de la arquitectura indoislámica: su perfecta simetría, la cúpula bulbosa, los cuatro minaretes y las incrustaciones de piedras semipreciosas en el mármol lo convirtieron en un símbolo universal. Cambia de tonalidad con la luz del día y se refleja en los canales del jardín según el modelo del paraíso persa. La Unesco lo inscribió como Patrimonio de la Humanidad en 1983, y es hoy la imagen más reconocible de India en el mundo.
Pero Agra es más que el Taj. El Fuerte de Agra, otra maravilla de arenisca roja levantada por Akbar, fue la residencia imperial y también, según la tradición, la prisión dorada donde Shah Jahan pasó sus últimos años, depuesto por su hijo Aurangzeb, contemplando el mausoleo de su esposa a lo lejos. A pocos kilómetros está Fatehpur Sikri, la espléndida capital que Akbar mandó construir de cero y que abandonó pocos años después por falta de agua: una ciudad mogol perfectamente conservada, congelada en el siglo XVI.
Jaipur, capital del estado de Rajastán, es la más joven de las tres puntas del Triángulo de Oro y una de las primeras ciudades planificadas de la India moderna. La fundó en 1727 el maharajá Sawai Jai Singh II, un gobernante rajput vasallo de los mogoles que era además un apasionado de la astronomía y las matemáticas. Cansado de la vieja capital fortificada de Amber, en las colinas, trazó una ciudad nueva en la llanura según una cuadrícula regular inspirada en tratados de urbanismo hindúes.
Su apodo, 'la ciudad rosa', viene de 1876, cuando toda la ciudad vieja se pintó de color terracota rosado para recibir al príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII; el color, asociado a la hospitalidad, se mantuvo. En su corazón está el Hawa Mahal, el 'Palacio de los Vientos', una fachada de arenisca rosa con cientos de ventanitas caladas desde las que las mujeres de la corte podían observar la calle sin ser vistas. Y del genio astronómico de Jai Singh II da fe el Jantar Mantar, un extraordinario observatorio a cielo abierto con instrumentos de piedra de escala monumental —entre ellos el reloj de sol más grande del mundo—, también Patrimonio de la Humanidad.
Sobre las colinas que rodean la ciudad se alza el Fuerte Amber, la antigua capital de los soberanos de la casa de Kachwaha, con sus patios, salones de espejos y murallas que trepan por los cerros. Jaipur condensa así lo que hace única a esta región: el encuentro entre la cultura guerrera rajput y el refinamiento de la corte mogol, del que los príncipes locales fueron a la vez rivales y aliados.
Esta región no es un destino turístico cualquiera: es el eje geográfico e histórico desde el que se gobernó India durante más de un milenio. La llanura indogangética, regada por el Yamuna y el Ganges, siempre fue la tierra más rica y poblada del subcontinente, y quien la controlaba controlaba la India. Por eso Delhi y Agra se turnaron como capitales de sultanes y emperadores, y por eso los ejércitos invasores del noroeste apuntaban siempre hacia aquí.
El llamado Triángulo de Oro —Delhi, Agra y Jaipur— es un invento del turismo moderno, pero refleja una realidad histórica: los tres vértices están unidos por la trama del poder mogol y rajput. Delhi y Agra fueron las capitales imperiales; Jaipur, la corte de los príncipes rajput que orbitaban en torno a los mogoles, sirviéndolos como generales y emparentando con ellos por matrimonio. Recorrer el triángulo es seguir el rastro de esa relación ambigua entre conquistadores musulmanes y nobleza hindú.
Durante el Raj británico, esta llanura siguió siendo el centro neurálgico del país, y en ella se libraron algunos de los episodios más dramáticos de la rebelión de 1857. Después de la independencia, Delhi volvió a ser lo que había sido tantas veces: el centro del poder político de India. Ninguna otra región del país acumula tantas capas de historia imperial en tan poco espacio.
El norte de India fue el escenario principal de la gran rebelión de 1857, el levantamiento que marcó un antes y un después en el dominio colonial. Todo empezó en mayo de ese año, cuando los cipayos —los soldados indios al servicio de la Compañía de las Indias Orientales— se amotinaron en Meerut, cerca de Delhi, indignados, entre otras causas, por el rumor de que los cartuchos de sus nuevos fusiles estaban engrasados con sebo de vaca y de cerdo, ofensivo tanto para hindúes como para musulmanes.
Los amotinados marcharon sobre Delhi y proclamaron emperador al anciano Bahadur Shah Zafar, el último soberano mogol, que reinaba ya solo de nombre. La rebelión se extendió por buena parte del norte —Delhi, Lucknow, Kanpur, Jhansi—, con episodios de enorme violencia por ambos lados y figuras que pasaron a la leyenda nacional, como la rani Lakshmibai de Jhansi, muerta combatiendo a caballo contra los británicos. La represión fue implacable: Delhi fue reconquistada y saqueada, y Bahadur Shah Zafar, depuesto y desterrado a Birmania, donde murió; con él se apagó, tras tres siglos, la dinastía mogol.
Las consecuencias fueron decisivas. En 1858, el gobierno británico abolió la Compañía de las Indias Orientales y asumió el control directo del país: nacía el Raj. Para los británicos, aquello fue 'el Motín'; para el nacionalismo indio posterior, la 'Primera Guerra de Independencia'. Ese doble nombre resume un debate historiográfico que sigue vivo. Lo indudable es que en las ciudades de esta región —Delhi la primera— se jugó uno de los capítulos fundacionales de la India moderna.
Mumbai —la antigua Bombay— es hoy la capital financiera de India y una de las mayores megaciudades del mundo, pero nació de un archipiélago de siete islas pantanosas habitadas por comunidades de pescadores koli. Su historia moderna empieza con los europeos: los portugueses la controlaron en el siglo XVI y la llamaron 'Bom Bahia', la 'buena bahía'. En 1661, las islas pasaron a la corona británica como parte de la dote de la princesa portuguesa Catalina de Braganza al casarse con el rey Carlos II de Inglaterra, que a su vez las arrendó a la Compañía de las Indias Orientales.
La Compañía vio el potencial de su magnífico puerto natural y empezó a rellenar y unir las islas hasta formar una sola gran ciudad. El despegue definitivo llegó en el siglo XIX: la apertura del Canal de Suez en 1869 acortó la ruta a Europa, y la guerra de Secesión estadounidense disparó la demanda del algodón indio que se exportaba por Bombay. La ciudad se llenó de fábricas textiles, ferrocarriles y una arquitectura victoriana monumental —la estación Victoria (hoy Chhatrapati Shivaji), la Puerta de la India— que todavía define su perfil.
En el siglo XX, Bombay se convirtió en el motor económico de India y en la capital del cine: 'Bollywood', la mayor industria cinematográfica del mundo por número de películas, nació aquí. Rebautizada Mumbai en 1995, la ciudad es un imán que atrae a millones de personas de todo el país en busca de oportunidades, y encarna todos los contrastes de la India moderna: rascacielos junto a Dharavi, uno de los mayores barrios de chabolas de Asia; fortunas colosales junto a pobreza extrema; una energía y una diversidad que la convierten en la ciudad más cosmopolita del país.
Goa es la huella más profunda que dejó Europa en India. En 1510, el gobernador portugués Afonso de Albuquerque conquistó la ciudad al sultanato de Bijapur y la convirtió en la capital del imperio portugués en Oriente, el 'Estado da Índia', que se extendía desde África hasta Macao. La 'Goa Dourada' ('Goa Dorada') llegó a ser una ciudad tan rica y populosa que se la comparaba con Lisboa; por su puerto pasaba el comercio de especias que había traído a los portugueses hasta India.
A diferencia de otros europeos, los portugueses no se limitaron a comerciar: colonizaron a fondo y, sobre todo, evangelizaron. Goa se convirtió en un gran centro del catolicismo en Asia, sede de un arzobispado y base de los misioneros jesuitas —entre ellos san Francisco Javier, cuyo cuerpo se venera todavía en la basílica del Bom Jesus—. Pero la cristianización tuvo también una cara oscura: la Inquisición de Goa, establecida en 1560 y activa durante más de dos siglos, persiguió con dureza a conversos sospechosos y a quienes mantenían prácticas hindúes, en uno de los episodios más represivos de la colonización. De aquella época quedan las grandes iglesias barrocas de la Vieja Goa, hoy Patrimonio de la Humanidad, y un legado cultural único: apellidos portugueses, cocina mestiza, música y una fuerte comunidad católica.
Goa siguió siendo portuguesa incluso después de la independencia india de 1947, cuando Lisboa se negó a entregarla. Finalmente, en diciembre de 1961, el ejército indio ocupó el territorio en la llamada Operación Vijay, y tras 451 años, la presencia portuguesa en India llegó a su fin. Goa se integró en la India y hoy es su estado más pequeño, célebre por sus playas, pero conserva una identidad indoportuguesa que no se encuentra en ninguna otra parte del país.
La estrecha franja de Kerala, entre las montañas de los Ghats occidentales y el mar Arábigo, fue durante milenios uno de los lugares más codiciados del mundo por una razón: las especias, sobre todo la pimienta negra, la 'oro negro'. Ya los antiguos romanos comerciaban con esta costa, y sus monedas se han hallado en la región. Árabes, chinos y judíos mercadeaban aquí mucho antes de que llegara ningún europeo. Fue precisamente en busca de estas especias que Vasco da Gama arribó a Calicut en 1498, inaugurando la era de la expansión europea en India.
Esa apertura milenaria al comercio marítimo hizo de Kerala una tierra excepcionalmente diversa en lo religioso. Aquí se asentó una de las comunidades judías más antiguas fuera de Oriente Medio, la de Cochin, con su sinagoga y su barrio propios. La tradición sostiene que el propio apóstol Tomás llegó a estas costas en el siglo I, dando origen a los cristianos de Santo Tomás o sirio-cristianos, una de las comunidades cristianas más antiguas del mundo. Y el islam llegó tempranamente, de la mano pacífica de los mercaderes árabes. Portugueses, holandeses y británicos se disputaron después el control de esta costa riquísima.
En tiempos modernos, Kerala se distinguió por otro motivo: en 1957 eligió democráticamente uno de los primeros gobiernos comunistas del mundo, y desde entonces la izquierda ha marcado su política. El resultado es el llamado 'modelo Kerala': el estado con mayor alfabetización de India —cercana al cien por cien—, alta esperanza de vida y buenos indicadores sociales, pese a no ser el más rico. Verde, letrado, plural y volcado al mar, Kerala ofrece una cara de India muy distinta a la del norte.
El paisaje más famoso de Kerala son los backwaters: una red de lagunas, canales y ríos que corre paralela a la costa, comunicada con el mar y con los grandes lagos interiores como el Vembanad. Durante siglos, esta malla de agua fue la principal vía de transporte de la región: por ella circulaban las barcazas de arroz, coco y especias que conectaban los pueblos del interior con los puertos. Hoy, las mismas barcazas tradicionales —los kettuvallam, reconvertidos en casas flotantes— recorren los canales desde Alleppey (Alappuzha) llevando viajeros entre palmerales y arrozales, en uno de los recorridos más plácidos de India.
Tierra adentro, donde los Ghats occidentales se elevan de golpe, el clima cambia por completo. En estas montañas, los británicos encontraron un terreno ideal para un nuevo cultivo y fundaron, a finales del siglo XIX, las plantaciones de té de Munnar, que hoy tapizan las laderas de un verde intenso hasta donde alcanza la vista. Como en Darjeeling, la estación de montaña ofrecía además un refugio fresco frente al calor de la costa. Munnar combina hoy plantaciones, cascadas y reservas naturales como la de Eravikulam.
Los Ghats occidentales que atraviesan Kerala no son un decorado cualquiera: son una de las regiones de mayor biodiversidad del planeta, reconocida por la Unesco, un refugio de especies que no existen en ningún otro lugar. Esta cadena montañosa es también la que detiene las nubes del monzón y explica la exuberancia verde de toda la costa. Backwaters, plantaciones y selva de montaña forman así el reverso natural del sur: la India húmeda, tropical y frondosa, tan distinta de los desiertos del noroeste.
En el interior del sur, entre un paisaje surrealista de colinas de rocas graníticas y arrozales, se extienden las ruinas de Hampi, la antigua capital del imperio de Vijayanagara. Fundado en 1336 por los hermanos Harihara y Bukka, este imperio hindú llegó a dominar todo el sur de India y a ser, en su apogeo del siglo XV y comienzos del XVI, uno de los Estados más poderosos y ricos del mundo. Su capital, Vijayanagara —'la ciudad de la victoria'—, era, según los viajeros de la época, una de las mayores urbes del planeta, con mercados donde se comerciaba con diamantes y caballos, templos monumentales y un sistema de embalses y canales admirable.
Vijayanagara nació en parte como bastión de resistencia hindú frente al avance de los sultanatos musulmanes del Deccan, con los que mantuvo una rivalidad constante. Bajo reyes como Krishnadevaraya, en el siglo XVI, el imperio alcanzó su máximo esplendor cultural, con un florecimiento de la literatura en telugu y canarés, la arquitectura de templos —como el de Virupaksha y el de Vittala, con su célebre carro de piedra— y las artes. Los mercaderes portugueses de Goa comerciaban con esta corte fabulosa.
El final llegó de golpe. En 1565, una coalición de los sultanatos del Deccan derrotó a Vijayanagara en la batalla de Talikota (o Rakshasi-Tangadi); el ejército imperial fue aniquilado y su líder, Rama Raya, ejecutado. Los vencedores entraron en la capital y la saquearon e incendiaron durante meses, reduciéndola a las ruinas que hoy vemos, declaradas Patrimonio de la Humanidad. La caída de Vijayanagara marcó el fin del último gran imperio hindú del sur y muestra otra cara de la historia india: la del sur dravídico, con sus lenguas, sus dinastías y sus conflictos propios, muchas veces al margen de los relatos centrados en Delhi.
Rajastán significa, literalmente, 'la tierra de los reyes', y esos reyes fueron durante siglos los rajput, los clanes guerreros hindúes que dominaron el noroeste de India desde alrededor del siglo VII. Divididos en dinastías rivales —Sisodias de Mewar, Rathores de Marwar, Kachwahas de Amber-Jaipur, Bhatis de Jaisalmer y muchas más—, los rajput hicieron de la guerra, el honor y la lealtad el centro de su cultura, y se atribuían un origen mítico ligado al sol, a la luna y al fuego.
Su historia es la de una resistencia tenaz frente a los invasores del norte. Enfrentaron a los sultanes de Delhi y luego a los mogoles con una combinación de valentía casi suicida y pragmatismo político. De esa cultura del honor nace la tradición —terrible— del jauhar y el saka: cuando una fortaleza rajput estaba a punto de caer, se cuenta que las mujeres se inmolaban en la pira para evitar el deshonor de la captura, mientras los hombres salían a combatir hasta la muerte con vestiduras rituales. Estos episodios, ocurridos por ejemplo en los asedios de Chittorgarh, están cargados de leyenda y de reelaboración posterior, y hoy se leen con distancia crítica, pero marcaron la identidad guerrera de la región.
Con el tiempo, la mayoría de los reinos rajput terminaron aceptando la soberanía mogol, sobre todo bajo Akbar, que los integró mediante alianzas matrimoniales y les dio altos cargos en su ejército y administración. Fue una relación ambivalente de sometimiento y colaboración que permitió a los rajput conservar sus tronos y su prestigio. Solo Mewar se mantuvo como símbolo de resistencia irreductible.
Si hay un reino que encarna el orgullo rajput, es Mewar, gobernado por la dinastía Sisodia, que se preciaba de no haber doblegado nunca del todo la cabeza ante Delhi. Su antigua capital, la fortaleza de Chittorgarh, sufrió tres asedios devastadores y otros tantos jauhar legendarios; el más famoso, el del sultán Alauddin Khalji en 1303, quedó envuelto en la leyenda de la reina Padmini. Fue precisamente para escapar de la vulnerabilidad de Chittor que el reino se refugió tierra adentro.
El héroe máximo de Mewar es Maharana Pratap, que en la batalla de Haldighati, en 1576, se enfrentó a los ejércitos de Akbar antes que someterse. Aunque no logró una victoria decisiva y pasó años como fugitivo en las colinas, se negó siempre a reconocer la soberanía mogol, y por eso la memoria rajput lo consagró como símbolo eterno de la libertad. Mientras casi todos los demás reinos pactaban con Akbar, Mewar resistió.
En 1559, el maharaná Udai Singh II había fundado una nueva capital más protegida, junto a un lago artificial al pie de las colinas Aravalli: Udaipur. Con sus palacios de mármol blanco reflejados en el lago Pichola —el Palacio de la Ciudad, el Lake Palace flotando en el agua— y su cadena de embalses, Udaipur se ganó el apodo de 'la Venecia de Oriente' y de ciudad más romántica de India. Detrás de esa postal hay una historia dura: la de un reino que eligió el aislamiento defensivo antes que la rendición.
Al oeste de Mewar se extiende Marwar, la 'tierra de la muerte' —por lo árido de su clima—, el reino de los rajput Rathore. Su capital histórica, Jodhpur, fue fundada en 1459 por Rao Jodha, que trasladó allí la corte desde la vieja Mandore y mandó levantar sobre un peñón la fortaleza que domina la ciudad: Mehrangarh, una de las más grandes e imponentes de India, con murallas que parecen brotar de la roca y palacios de piedra tallada en su interior.
Jodhpur es célebre por ser la 'ciudad azul': buena parte de las casas del casco antiguo, apiñadas a los pies de la fortaleza, están pintadas de un intenso azul índigo. Se han dado varias explicaciones —desde la asociación del color con la casta brahmán hasta su supuesto efecto refrescante y repelente de insectos—, y ninguna es del todo segura; lo cierto es que el mar de terrazas azules bajo la mole ocre de Mehrangarh es una de las imágenes más características de Rajastán.
Los Rathore de Marwar, como los demás rajput, terminaron sirviendo a los mogoles como generales y gobernadores, y su caballería fue famosa en toda India. La región dio nombre incluso a una prenda: los pantalones de montar 'jodhpur', ceñidos en la pantorrilla, se popularizaron en Occidente a partir del atuendo ecuestre de la nobleza local. Bajo el desierto y las murallas late esa vieja cultura del caballo, la espada y el honor guerrero.
En pleno desierto de Thar, casi en la frontera con Pakistán, se levanta Jaisalmer, la 'ciudad dorada', llamada así por el color miel de la arenisca con que está construida y que parece fundirse con la arena al atardecer. La fundó en 1156 el gobernante Rawal Jaisal, del clan Bhati, sobre una colina que domina las rutas caravaneras. Su fortaleza, Sonar Qila, es una de las pocas 'fortalezas vivas' del mundo: dentro de sus murallas todavía habita buena parte de la población, entre templos jainistas, palacios y havelis de encaje de piedra.
La prosperidad de Jaisalmer se explica por su posición. Durante siglos fue una escala clave en las rutas comerciales que unían India con Asia Central, Persia y Arabia: por aquí pasaban las caravanas de camellos cargadas de especias, seda, opio y otras mercancías, y los mercaderes que las manejaban levantaron los suntuosos havelis —mansiones con fachadas talladas como filigranas— que aún se conservan. La ciudad prosperó como aduana y punto de descanso en medio de la nada.
Ese esplendor se apagó cuando el comercio marítimo desplazó a las viejas rutas terrestres y, sobre todo, cuando la Partición de 1947 cerró la frontera con Pakistán, cortando de golpe el tráfico caravanero. Jaisalmer quedó como una joya varada en el desierto. Hoy revive del turismo y de los safaris en camello entre las dunas de Sam, pero conserva intacto ese aire de ciudad de otro tiempo, la última gran parada antes de la inmensidad del Thar.
Durante el Raj británico, buena parte de Rajastán no estuvo bajo administración directa de Londres, sino organizada en una veintena larga de estados principescos —Jaipur, Jodhpur, Udaipur, Bikaner, Jaisalmer y muchos más— agrupados bajo el nombre de Rajputana. Sus maharajás conservaban el trono y una autonomía interna considerable a cambio de reconocer la supremacía británica y aceptar la presencia de un residente colonial. Fue la época dorada de la imagen del maharajá fastuoso, con sus palacios, sus elefantes enjoyados y sus cacerías de tigres.
Cuando llegó la independencia en 1947, uno de los grandes desafíos del nuevo Estado indio fue integrar a estos cientos de estados principescos —repartidos por todo el país— en la Unión. La tarea recayó sobre todo en Sardar Vallabhbhai Patel, el 'hombre de hierro' de la independencia, que mediante una combinación de persuasión, presión y garantías económicas (las llamadas 'listas civiles' o pensiones a los príncipes) logró que la inmensa mayoría accediera a incorporarse. Los reinos de Rajputana se fueron fusionando entre 1948 y 1949 hasta formar, en 1956, el actual estado de Rajastán.
Los maharajás perdieron su poder político, y en 1971 el gobierno de Indira Gandhi abolió incluso sus privilegios y pensiones oficiales. Muchas familias reconvirtieron sus fortalezas y palacios en hoteles de lujo, que hoy son parte del atractivo de la región. Así, la vieja tierra de los reyes guerreros terminó plenamente integrada en la república democrática, aunque el prestigio de las viejas casas rajput sigue muy presente en la vida social y política de Rajastán.
Casi nada de lo que le pasó a India le pasó solo: estas son las historias de al lado.