Rajastán significa, literalmente, 'la tierra de los reyes', y esos reyes fueron durante siglos los rajput, los clanes guerreros hindúes que dominaron el noroeste de India desde alrededor del siglo VII. Divididos en dinastías rivales —Sisodias de Mewar, Rathores de Marwar, Kachwahas de Amber-Jaipur, Bhatis de Jaisalmer y muchas más—, los rajput hicieron de la guerra, el honor y la lealtad el centro de su cultura, y se atribuían un origen mítico ligado al sol, a la luna y al fuego.
Su historia es la de una resistencia tenaz frente a los invasores del norte. Enfrentaron a los sultanes de Delhi y luego a los mogoles con una combinación de valentía casi suicida y pragmatismo político. De esa cultura del honor nace la tradición —terrible— del jauhar y el saka: cuando una fortaleza rajput estaba a punto de caer, se cuenta que las mujeres se inmolaban en la pira para evitar el deshonor de la captura, mientras los hombres salían a combatir hasta la muerte con vestiduras rituales. Estos episodios, ocurridos por ejemplo en los asedios de Chittorgarh, están cargados de leyenda y de reelaboración posterior, y hoy se leen con distancia crítica, pero marcaron la identidad guerrera de la región.
Con el tiempo, la mayoría de los reinos rajput terminaron aceptando la soberanía mogol, sobre todo bajo Akbar, que los integró mediante alianzas matrimoniales y les dio altos cargos en su ejército y administración. Fue una relación ambivalente de sometimiento y colaboración que permitió a los rajput conservar sus tronos y su prestigio. Solo Mewar se mantuvo como símbolo de resistencia irreductible.
Si hay un reino que encarna el orgullo rajput, es Mewar, gobernado por la dinastía Sisodia, que se preciaba de no haber doblegado nunca del todo la cabeza ante Delhi. Su antigua capital, la fortaleza de Chittorgarh, sufrió tres asedios devastadores y otros tantos jauhar legendarios; el más famoso, el del sultán Alauddin Khalji en 1303, quedó envuelto en la leyenda de la reina Padmini. Fue precisamente para escapar de la vulnerabilidad de Chittor que el reino se refugió tierra adentro.
El héroe máximo de Mewar es Maharana Pratap, que en la batalla de Haldighati, en 1576, se enfrentó a los ejércitos de Akbar antes que someterse. Aunque no logró una victoria decisiva y pasó años como fugitivo en las colinas, se negó siempre a reconocer la soberanía mogol, y por eso la memoria rajput lo consagró como símbolo eterno de la libertad. Mientras casi todos los demás reinos pactaban con Akbar, Mewar resistió.
En 1559, el maharaná Udai Singh II había fundado una nueva capital más protegida, junto a un lago artificial al pie de las colinas Aravalli: Udaipur. Con sus palacios de mármol blanco reflejados en el lago Pichola —el Palacio de la Ciudad, el Lake Palace flotando en el agua— y su cadena de embalses, Udaipur se ganó el apodo de 'la Venecia de Oriente' y de ciudad más romántica de India. Detrás de esa postal hay una historia dura: la de un reino que eligió el aislamiento defensivo antes que la rendición.
Al oeste de Mewar se extiende Marwar, la 'tierra de la muerte' —por lo árido de su clima—, el reino de los rajput Rathore. Su capital histórica, Jodhpur, fue fundada en 1459 por Rao Jodha, que trasladó allí la corte desde la vieja Mandore y mandó levantar sobre un peñón la fortaleza que domina la ciudad: Mehrangarh, una de las más grandes e imponentes de India, con murallas que parecen brotar de la roca y palacios de piedra tallada en su interior.
Jodhpur es célebre por ser la 'ciudad azul': buena parte de las casas del casco antiguo, apiñadas a los pies de la fortaleza, están pintadas de un intenso azul índigo. Se han dado varias explicaciones —desde la asociación del color con la casta brahmán hasta su supuesto efecto refrescante y repelente de insectos—, y ninguna es del todo segura; lo cierto es que el mar de terrazas azules bajo la mole ocre de Mehrangarh es una de las imágenes más características de Rajastán.
Los Rathore de Marwar, como los demás rajput, terminaron sirviendo a los mogoles como generales y gobernadores, y su caballería fue famosa en toda India. La región dio nombre incluso a una prenda: los pantalones de montar 'jodhpur', ceñidos en la pantorrilla, se popularizaron en Occidente a partir del atuendo ecuestre de la nobleza local. Bajo el desierto y las murallas late esa vieja cultura del caballo, la espada y el honor guerrero.
En pleno desierto de Thar, casi en la frontera con Pakistán, se levanta Jaisalmer, la 'ciudad dorada', llamada así por el color miel de la arenisca con que está construida y que parece fundirse con la arena al atardecer. La fundó en 1156 el gobernante Rawal Jaisal, del clan Bhati, sobre una colina que domina las rutas caravaneras. Su fortaleza, Sonar Qila, es una de las pocas 'fortalezas vivas' del mundo: dentro de sus murallas todavía habita buena parte de la población, entre templos jainistas, palacios y havelis de encaje de piedra.
La prosperidad de Jaisalmer se explica por su posición. Durante siglos fue una escala clave en las rutas comerciales que unían India con Asia Central, Persia y Arabia: por aquí pasaban las caravanas de camellos cargadas de especias, seda, opio y otras mercancías, y los mercaderes que las manejaban levantaron los suntuosos havelis —mansiones con fachadas talladas como filigranas— que aún se conservan. La ciudad prosperó como aduana y punto de descanso en medio de la nada.
Ese esplendor se apagó cuando el comercio marítimo desplazó a las viejas rutas terrestres y, sobre todo, cuando la Partición de 1947 cerró la frontera con Pakistán, cortando de golpe el tráfico caravanero. Jaisalmer quedó como una joya varada en el desierto. Hoy revive del turismo y de los safaris en camello entre las dunas de Sam, pero conserva intacto ese aire de ciudad de otro tiempo, la última gran parada antes de la inmensidad del Thar.
Durante el Raj británico, buena parte de Rajastán no estuvo bajo administración directa de Londres, sino organizada en una veintena larga de estados principescos —Jaipur, Jodhpur, Udaipur, Bikaner, Jaisalmer y muchos más— agrupados bajo el nombre de Rajputana. Sus maharajás conservaban el trono y una autonomía interna considerable a cambio de reconocer la supremacía británica y aceptar la presencia de un residente colonial. Fue la época dorada de la imagen del maharajá fastuoso, con sus palacios, sus elefantes enjoyados y sus cacerías de tigres.
Cuando llegó la independencia en 1947, uno de los grandes desafíos del nuevo Estado indio fue integrar a estos cientos de estados principescos —repartidos por todo el país— en la Unión. La tarea recayó sobre todo en Sardar Vallabhbhai Patel, el 'hombre de hierro' de la independencia, que mediante una combinación de persuasión, presión y garantías económicas (las llamadas 'listas civiles' o pensiones a los príncipes) logró que la inmensa mayoría accediera a incorporarse. Los reinos de Rajputana se fueron fusionando entre 1948 y 1949 hasta formar, en 1956, el actual estado de Rajastán.
Los maharajás perdieron su poder político, y en 1971 el gobierno de Indira Gandhi abolió incluso sus privilegios y pensiones oficiales. Muchas familias reconvirtieron sus fortalezas y palacios en hoteles de lujo, que hoy son parte del atractivo de la región. Así, la vieja tierra de los reyes guerreros terminó plenamente integrada en la república democrática, aunque el prestigio de las viejas casas rajput sigue muy presente en la vida social y política de Rajastán.