Toda la historia de la costa oeste gira en torno a un accidente geográfico: el estrecho de Malaca, el paso de agua entre la península y la isla de Sumatra por el que circulaba —y todavía circula— buena parte del comercio entre Oriente y Occidente. En su punto más estratégico nació hacia 1400 la ciudad de Malaca, el sultanato que difundió el islam y convirtió a la región en un gran emporio comercial. Por eso esta costa fue siempre la 'fachada' de la península, la primera en recibir a comerciantes, religiones e invasores.
La ciudad de Malaca es un catálogo vivo de esas capas: la Porta de Santiago portuguesa, el Stadthuys de ladrillo rojo holandés, las mansiones y templos de los peranakan (los descendientes de matrimonios entre chinos y malayas, con su cultura única), las calles de Chinatown y los templos chinos, hindúes y las mezquitas conviviendo a pocos metros. Desde 2008, el centro histórico de Malaca, junto con George Town de Penang, es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco como testimonio de esa mezcla cultural de más de cinco siglos.
Más al norte, la isla de Penang marca el comienzo de la presencia británica en la península. En 1786, el capitán Francis Light la obtuvo del sultán de Kedah y fundó George Town como puerto libre. La medida atrajo de inmediato a una marea de comerciantes chinos, indios, árabes y de todo el arco asiático, que hicieron de la isla uno de los grandes centros mercantiles de la región, apodado 'la Perla de Oriente'.
Esa historia se lee hoy en George Town, con sus casas-tienda coloniales, sus clan houses chinas (las sedes de los clanes familiares, como la deslumbrante Khoo Kongsi), sus templos, sus mezquitas y su famoso arte callejero. La mezcla se nota hasta en la comida: Penang es considerada la capital gastronómica de Malasia, justamente porque su cocina es el resultado del cruce de las tradiciones malaya, china e india que se dieron cita en el puerto. La ciudad comparte con Malaca el título de Patrimonio de la Humanidad desde 2008.
La capital de Malasia es una ciudad relativamente joven, hija del auge del estaño. Su nombre lo dice todo: Kuala Lumpur significa 'confluencia de lodo', porque nació hacia 1857 como un desordenado campamento minero en el punto donde se juntan los ríos Klang y Gombak. Allí desembarcaban los mineros chinos que iban a explotar los yacimientos de estaño de Selangor. El lugar era insalubre y violento —hubo guerras entre facciones chinas por el control de las minas—, pero prosperó, y una figura clave fue el 'Kapitan China' Yap Ah Loy, el jefe de la comunidad china que reconstruyó la ciudad tras varios incendios y guerras.
Bajo los británicos, Kuala Lumpur se convirtió en la capital de los Estados Malayos Federados en 1896, y de ahí en la capital de la Malaya independiente. En el estadio Merdeka de la ciudad se proclamó la independencia en 1957. En las últimas décadas, la vieja ciudad del lodo se transformó en una metrópolis global: las torres Petronas, inauguradas en 1998 y durante años los edificios más altos del mundo, son el símbolo de esa Malasia moderna que quiso mostrarle al planeta cuánto había cambiado.
El interior montañoso de la costa oeste tiene su propia historia colonial. Las Cameron Highlands, una meseta fresca a más de 1.500 metros de altura, fueron 'descubiertas' para el imperio por el topógrafo William Cameron en 1885, y los británicos las convirtieron en una estación de montaña donde escapar del calor tropical. Plantaron té —las plantaciones Boh, fundadas en la década de 1920, siguen funcionando— y verduras y flores de clima templado que abastecen al país entero. El aire fresco y el paisaje de colinas verdes las hicieron famosas, aunque también cargan un misterio: allí desapareció sin dejar rastro, en 1967, el empresario estadounidense Jim Thompson, el 'rey de la seda tailandesa'.
Más al sur, Genting Highlands representa una historia distinta y más reciente. En la década de 1960, el empresario Lim Goh Tong tuvo la idea de construir un complejo turístico en la cima de una montaña sobre Kuala Lumpur, y consiguió la única licencia de casino de un país de mayoría musulmana donde el juego está prohibido para los fieles. Genting se convirtió en un enorme centro de ocio con casino, hoteles y parques temáticos. Y en el corazón minero de la región está Ipoh, capital del estado de Perak, que creció con la fiebre del estaño del valle de Kinta y conserva la arquitectura señorial de aquella época dorada, además de una fama gastronómica que rivaliza con la de Penang.
La costa oeste se estira entre dos puntos con historias opuestas. En el extremo norte, junto a la frontera tailandesa, está el archipiélago de Langkawi, un conjunto de 99 islas envuelto en leyendas. La más famosa es la de Mahsuri, una joven acusada injustamente de adulterio y ejecutada, que al morir habría maldecido a la isla con siete generaciones de mala suerte; los langkawitas atribuyen a esa maldición siglos de decadencia y las invasiones siamesas del siglo XIX. Langkawi permaneció pobre y olvidada hasta que, en los años noventa, el gobierno de Mahathir la declaró zona libre de impuestos y la transformó en un destino turístico de playas y naturaleza.
En el extremo sur está Johor Bahru, la capital del estado de Johor, cuyo sultanato fue el heredero directo de la vieja Malaca tras la conquista portuguesa de 1511. Durante siglos, Johor fue la principal potencia malaya del sur. Hoy, Johor Bahru es la gran ciudad fronteriza con Singapur: una calzada elevada, la Johor–Singapore Causeway, une los dos países, y cada día cientos de miles de personas la cruzan para trabajar del otro lado. Es el recordatorio más vivo de que Singapur y Malasia fueron, hasta 1965, un solo país.