Antes de que hubiera malayos musulmanes, la península y las costas de Borneo estuvieron pobladas durante milenios por pueblos que hoy llamamos orang asli ('gente originaria') y por comunidades austronesias llegadas del norte. Pero la primera gran transformación cultural vino del mar, con los comerciantes que cruzaban entre la India y China aprovechando los monzones. Desde los primeros siglos de nuestra era, esas rutas trajeron a la península el hinduismo y el budismo, y con ellos la escritura, los conceptos de realeza divina y una organización estatal nueva.
Así nacieron los primeros reinos 'indianizados'. En el valle de Bujang, en el actual estado de Kedah, los arqueólogos encontraron templos hindúes y budistas —los candi— y restos de un puerto activo desde hace unos 1.500 años, prueba de un centro comercial que conectaba con la India y con el mundo budista. Más al este se menciona a Langkasuka, uno de los reinos malayos más antiguos de los que hay noticia. Estos estados vivían del comercio de tránsito y del oro, el estaño y los productos de la selva.
Entre los siglos VII y XIII, buena parte de la región cayó bajo la influencia de Srivijaya, un imperio marítimo budista con centro en Sumatra que dominó el estrecho de Malaca y cobró tributo a los puertos de la península. Cuando Srivijaya se debilitó, quedó un mosaico de pequeños puertos y principados malayos, hindúes y budistas, disputados por potencias vecinas como el reino tailandés de Ayutthaya y el javanés de Majapahit. De ese mundo fragmentado surgiría, alrededor del año 1400, el estado que le daría forma a la identidad malaya moderna.
Alrededor del año 1400, un príncipe llamado Parameswara, que venía huyendo de Palembang y de Singapura tras enfrentarse a potencias vecinas, se instaló en un pueblo de pescadores en la desembocadura de un río de la costa oeste de la península. Ahí fundó Malaca. La ubicación era inmejorable: un puerto abrigado justo en el punto más estrecho del estrecho que lleva su nombre, donde los barcos esperaban el cambio de los monzones para seguir viaje entre China y la India.
Malaca creció con velocidad asombrosa hasta convertirse en el gran emporio comercial del sudeste asiático. A su puerto llegaban sedas y porcelanas chinas, especias de las Molucas, telas indias, oro y estaño. Ese éxito atrajo el respaldo de la China de la dinastía Ming: el almirante Zheng He hizo escala varias veces en Malaca durante sus expediciones, y los sultanes enviaron embajadas a Pekín. La otra gran transformación fue religiosa. A lo largo del siglo XV, los gobernantes de Malaca adoptaron el islam, que ya circulaba por las rutas comerciales traído por mercaderes musulmanes de la India, Arabia y Persia. Desde Malaca, el islam se difundió por toda la península y el archipiélago, y quedó ligado para siempre a la identidad malaya.
Hay debate historiográfico sobre la conversión personal de Parameswara —algunas fuentes sostienen que tomó el nombre de Iskandar Shah y el título de sultán, y otras lo ponen en duda—, pero no sobre lo esencial: bajo sus sucesores, Malaca se consolidó como un sultanato musulmán y como el centro de irradiación del islam en la región. En su apogeo controlaba buena parte de la península y de la costa este de Sumatra. Esa prosperidad, sin embargo, la convirtió en una presa codiciada.
La riqueza de Malaca no pasó inadvertida en la Europa que buscaba las especias. En abril de 1511, el gobernador portugués de la India, Afonso de Albuquerque, zarpó de Goa con unos 1.200 soldados y 18 barcos rumbo al estrecho. Su objetivo era claro: apoderarse del puerto que dominaba el comercio con Oriente. Un primer asalto, el 25 de julio de 1511, fracasó; pero en agosto Albuquerque lanzó un segundo ataque y, tras vencer la resistencia y la artillería del sultanato, tomó la ciudad.
La caída de Malaca fue un terremoto en la región. Por primera vez, una potencia europea controlaba el corazón del comercio del sudeste asiático. Los portugueses fortificaron la ciudad con una fortaleza imponente, A Famosa, cuya puerta —la Porta de Santiago— sigue en pie en la actual Malaca. Intentaron monopolizar el comercio de especias y cobrar peaje a todo el que cruzara el estrecho.
Pero la conquista tuvo un efecto que se les escapó de las manos: el sultanato no desapareció, se dispersó. La familia real huyó al sur y fundó nuevos estados, entre ellos el sultanato de Johor, que le disputaría a los portugueses el control de la zona durante más de un siglo. Otros comerciantes musulmanes, hartos del monopolio portugués y de la hostilidad religiosa, se llevaron su tráfico a puertos rivales. Malaca siguió siendo importante, pero nunca recuperó del todo el esplendor de la época del sultanato. Y ya había quedado inaugurada la larga etapa colonial.
Durante el siglo XVII, la potencia dominante en los mares de Asia dejó de ser Portugal para pasar a ser la Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la VOC), la primera gran multinacional de la historia. Los holandeses querían el control del comercio de especias y veían en la Malaca portuguesa un obstáculo. Se aliaron entonces con el sultanato de Johor, el heredero malayo de la vieja Malaca, y juntos sitiaron la ciudad.
En 1641, tras un asedio duro, Malaca cayó en manos de la VOC. Los holandeses la gobernarían durante más de siglo y medio, dejando su huella en la arquitectura —el Stadthuys de ladrillo rojo y la iglesia de Cristo, en el centro histórico— y en la mezcla cultural de la ciudad. Pero, a diferencia de los portugueses, a los holandeses Malaca les interesaba menos como gran emporio que como pieza de un tablero: su verdadero centro de poder estaba en Batavia (la actual Yakarta), y prefirieron mantener a Malaca en segundo plano para no hacerle competencia.
El sultanato de Johor, por su parte, se consolidó como la principal potencia malaya de la región, aunque debilitado por guerras internas y por la presión de los bugis, un pueblo marino venido de Célebes que se instaló en la costa y fundó el sultanato de Selangor. Este equilibrio inestable —holandeses en Malaca, sultanatos malayos repartidos por la península, comerciantes chinos en los puertos— definió la vida de la región hasta que apareció un nuevo actor con una ambición distinta: los británicos.
El interés británico en la península empezó por una necesidad práctica: un puerto seguro en la ruta a China para la Compañía Británica de las Indias Orientales. En 1786, el capitán Francis Light convenció al sultán de Kedah de cederle la isla de Penang, que se convirtió en un puerto libre y atrajo de inmediato a comerciantes chinos, indios y de todo el arco asiático. En 1819, Thomas Stamford Raffles fundó Singapur, en la punta sur de la península, que en pocos años eclipsaría a todos los demás puertos de la región.
En 1824, el Tratado anglo-neerlandés repartió el mundo malayo entre las dos potencias: los holandeses se quedaron con Sumatra y las Indias Orientales (la futura Indonesia), y los británicos, con Malaca y la península. Ese año, la VOC entregó Malaca a Gran Bretaña. En 1826, Londres unió sus tres puertos —Penang, Malaca y Singapur— en una sola colonia, los Straits Settlements (Establecimientos de los Estrechos), administrados al principio desde la India.
Así quedó fijada una frontera que los pueblos malayos no habían trazado: la línea que separa la actual Malasia de Indonesia, dos países que comparten lengua, religión y cultura, nació de un acuerdo entre europeos. Con los Straits Settlements como base, los británicos tenían el control de los puertos clave del estrecho. El paso siguiente sería meterse tierra adentro, hacia los sultanatos malayos y sus riquezas.
Durante el siglo XIX, la península vivió un auge minero. La demanda mundial de estaño —para la lata de conservas, entre otras cosas— disparó la explotación de los yacimientos de Perak, Selangor y otros estados malayos. Para trabajar las minas llegaron cientos de miles de inmigrantes chinos, organizados en sociedades y clanes que a veces se enfrentaban en guerras por el control de los filones. Esas disputas, sumadas a los conflictos entre príncipes malayos, le dieron a Gran Bretaña la excusa que buscaba para intervenir.
A partir del Tratado de Pangkor de 1874, los británicos impusieron a los sultanes un sistema de 'residentes': un funcionario británico 'aconsejaba' al sultán en todo salvo en religión y costumbres malayas, lo que en la práctica significaba gobernar. En 1896, cuatro de esos estados —Perak, Selangor, Negeri Sembilan y Pahang— se unieron en los Estados Malayos Federados, con capital en Kuala Lumpur, una ciudad que había nacido pocas décadas antes como campamento minero en la confluencia de dos ríos fangosos (de ahí su nombre, 'confluencia de lodo').
A comienzos del siglo XX se sumó una segunda fiebre: el caucho. Los británicos plantaron enormes extensiones de árboles de caucho traídos del Amazonas para abastecer a la naciente industria del automóvil, y trajeron a cientos de miles de trabajadores del sur de la India para las plantaciones. Estaño y caucho hicieron de Malaya una de las colonias más rentables del imperio. Pero también transformaron para siempre su demografía: junto a los malayos convivían ahora enormes comunidades china e india, cada una con su lengua, su religión y su lugar en la economía. Esa sociedad plural, creada por la lógica colonial, sería la gran cuestión de la Malasia futura.
El 8 de diciembre de 1941, casi al mismo tiempo que el ataque a Pearl Harbor, tropas japonesas desembarcaron en el norte de la península malaya. En pocas semanas, en una campaña rapidísima que avanzó en bicicleta por la selva que los británicos creían impenetrable, el ejército japonés barrió las defensas coloniales. El 15 de febrero de 1942, Singapur —la 'fortaleza inexpugnable' del imperio— se rindió con más de 80.000 soldados prisioneros, en la peor derrota de la historia militar británica. Malaya entera quedó bajo ocupación japonesa.
Los tres años y medio siguientes fueron durísimos. Los japoneses gobernaron con mano de hierro y aplicaron una política de terror sobre todo contra la comunidad china, a la que consideraban hostil por la guerra en China: en la operación conocida como Sook Ching, miles de chinos fueron ejecutados sin juicio en la península y en Singapur. La economía se derrumbó, el hambre se generalizó y decenas de miles de personas fueron enviadas como trabajadores forzados, muchos de ellos a la tristemente célebre 'vía férrea de la muerte' entre Tailandia y Birmania.
En Borneo, la ocupación dejó uno de los episodios más atroces de la guerra en Asia: las marchas de la muerte de Sandakan, en las que prisioneros de guerra australianos y británicos fueron obligados a caminar por la selva hasta Ranau; de unos 2.400 prisioneros, sobrevivieron apenas seis. La ocupación también tuvo un efecto político imprevisto: destruyó el mito de la superioridad europea. Los pueblos de Malaya habían visto a los británicos huir y rendirse. Cuando la guerra terminó, en agosto de 1945, nada volvería a ser como antes: la idea de que el dominio colonial podía durar para siempre se había roto.
Tras la rendición japonesa, los británicos volvieron, pero a un país cambiado. Su primer intento de reorganización, la Unión Malaya de 1946 —que igualaba en derechos a malayos, chinos e indios—, chocó con la fuerte oposición de los malayos, que temían perder su posición en su propia tierra. De esa resistencia nació la Organización Nacional de los Malayos Unidos (UMNO), el partido que dominaría la política del país durante más de sesenta años. Londres dio marcha atrás y creó en su lugar la Federación de Malaya en 1948, que protegía la posición especial de los malayos y de sus sultanes.
Ese mismo año estalló un conflicto largo y sangriento. El Partido Comunista de Malaya, de base mayoritariamente china y con experiencia guerrillera de la resistencia antijaponesa, lanzó una insurrección para expulsar a los británicos y fundar un Estado comunista. El 16 de junio de 1948, el asesinato de tres administradores de plantaciones llevó a las autoridades a declarar el 'estado de emergencia'. El término se eligió con cuidado: se lo llamó 'Emergencia' y no 'guerra' porque las aseguradoras londinenses de las plantaciones de caucho no cubrían las pérdidas en caso de guerra civil.
La Emergencia duró doce años. Los británicos combinaron la fuerza militar con una estrategia de aislamiento de la guerrilla: el llamado Plan Briggs reasentó por la fuerza a unos 500.000 campesinos chinos en 'aldeas nuevas' cercadas y vigiladas, para cortarles a los insurgentes el abastecimiento y el apoyo. La táctica, dura y controvertida, resultó eficaz. Con el correr de los años la guerrilla se fue quedando sin base, sobre todo después de que la independencia le quitara su bandera anticolonial. La Emergencia se declaró terminada en 1960, aunque focos comunistas resistieron en la frontera tailandesa durante décadas más.
Mientras la Emergencia seguía en la selva, la política avanzaba hacia la independencia. La clave fue un acuerdo entre las tres grandes comunidades: la UMNO malaya, la Asociación China de Malaya (MCA) y el Congreso Indio de Malaya (MIC) formaron una alianza que ganó las elecciones y negoció con Londres un pacto de convivencia. Ese 'pacto entre razas' —ciudadanía para los no malayos a cambio del reconocimiento de la posición especial de los malayos, su religión y sus sultanes— sería la base del Estado. El 31 de agosto de 1957, en el estadio Merdeka de Kuala Lumpur, el primer ministro Tunku Abdul Rahman gritó siete veces 'Merdeka' ('¡Libertad!') y la Federación de Malaya se convirtió en un país independiente.
Seis años después llegó el segundo paso. El 16 de septiembre de 1963 se formó la Federación de Malasia, que unió a la Malaya peninsular con Singapur y con los dos territorios británicos del norte de Borneo: Sabah (la antigua Borneo del Norte) y Sarawak. La idea, en parte, era equilibrar la mayoría china de Singapur con las poblaciones malayas e indígenas de Borneo. La creación de Malasia desató un conflicto inmediato: la Indonesia de Sukarno la consideró un montaje neocolonial y lanzó la Konfrontasi, una guerra no declarada de incursiones y sabotajes que duró hasta 1966.
El mayor problema, sin embargo, fue interno. La unión con Singapur duró apenas dos años. El líder singapurense Lee Kuan Yew y su idea de una 'Malasia para los malasios' —con igualdad plena entre las razas— chocaron de frente con la política de primacía malaya de Kuala Lumpur. Las tensiones subieron hasta hacerse insostenibles, con brotes de violencia comunal en Singapur en 1964. El 9 de agosto de 1965, Singapur fue expulsado de la federación y se convirtió, contra la voluntad de sus propios dirigentes, en una república independiente. Malasia quedó con la forma que tiene hoy: la península y el norte de Borneo, separados por el mar.
El punto de quiebre de la Malasia independiente llegó el 13 de mayo de 1969. Las elecciones generales de ese año habían dado un fuerte avance a los partidos de oposición, sobre todo de base china, que sintieron que era su momento. Los festejos y las marchas —de un lado y del otro— se cruzaron en Kuala Lumpur en un clima cargado de resentimiento por las desigualdades económicas entre las comunidades, y estallaron los peores disturbios raciales de la historia del país. Según las cifras oficiales, murieron 196 personas entre mayo y julio, aunque muchos observadores consideran que el número real fue bastante mayor. La violencia golpeó sobre todo a la comunidad china.
El gobierno declaró el estado de emergencia, suspendió el Parlamento y gobernó por decreto a través de un Consejo de Operaciones Nacionales hasta 1971. Cuando la democracia se restauró, el país que salió de la crisis era otro. El trauma del 13 de mayo se convirtió en el argumento central de una nueva política. El diagnóstico oficial fue que la violencia había nacido de la desigualdad: los malayos (bumiputera, 'hijos de la tierra') eran mayoría demográfica pero controlaban una parte ínfima de la economía —se citaba una cifra de apenas el 2,4% del capital de las empresas—, mientras el comercio estaba en manos chinas y extranjeras.
La respuesta fue la Nueva Política Económica (NEP), lanzada en 1971: un vasto programa de discriminación positiva a favor de los malayos e indígenas, con cuotas en la universidad, en el empleo público, en la propiedad de acciones y en los contratos del Estado, con el objetivo de que los bumiputera llegaran a controlar el 30% de la economía. La NEP sacó a millones de personas de la pobreza y creó una clase media malaya, pero también consolidó un sistema de privilegios por raza que sigue vigente en buena medida y que es objeto de debate permanente: sus defensores lo ven como la garantía de la paz social; sus críticos, como una injusticia hacia las minorías y un freno a la meritocracia. La cuestión racial, en Malasia, nunca se cerró del todo.
En las décadas siguientes, Malasia se transformó de exportadora de materias primas en una economía industrial y de servicios. El período clave fue el largo mandato del primer ministro Mahathir Mohamad (1981-2003), que impulsó la industrialización, las grandes obras —las torres Petronas, durante un tiempo los edificios más altos del mundo, la nueva capital administrativa de Putrajaya, autopistas y aeropuertos— y un discurso de orgullo asiático frente a Occidente. La crisis financiera asiática de 1997-98 golpeó fuerte, pero Malasia la sorteó con medidas heterodoxas y sin recurrir al FMI. El país se convirtió en uno de los de renta media-alta del sudeste asiático.
La vida política siguió dominada por la coalición del Barisan Nasional, heredera de la vieja alianza entre partidos raciales, que gobernó de forma ininterrumpida desde la independencia. Ese dominio se quebró recién en 2018, en unas elecciones históricas marcadas por el escándalo de 1MDB, un fondo estatal del que se desviaron miles de millones de dólares en uno de los mayores casos de corrupción del mundo, que terminó con el ex primer ministro Najib Razak condenado y en prisión. Por primera vez en más de seis décadas, la oposición llegó al poder, en una alternancia que abrió un período de gran inestabilidad, con varios cambios de gobierno en pocos años.
La Malasia de hoy es un país de contrastes: moderno y próspero en sus ciudades, con rascacielos y tecnología, pero todavía atravesado por las mismas tensiones de fondo que lo acompañan desde su nacimiento. La convivencia entre malayos musulmanes, chinos, indios y los pueblos de Borneo; el equilibrio entre un islam cada vez más presente en la vida pública y una sociedad plural; las quejas de Sabah y Sarawak, que sienten que Kuala Lumpur no cumplió las promesas de 1963; el debate eterno sobre los privilegios raciales. Malasia sigue siendo, como el estrecho que la vio nacer, un lugar de cruce donde distintas corrientes conviven en un equilibrio siempre en negociación.