El nombre de Siem Reap tiene un filo histórico: significa, según la lectura tradicional, 'Siam derrotado', en referencia a las guerras entre jemeres y siameses que marcaron estos siglos, aunque el origen exacto se discute. Durante más de cien años, hasta 1907, toda esta región —Siem Reap incluida, y con ella las ruinas de Angkor— estuvo bajo control de Siam, y solo volvió a Camboya gracias al tratado franco-siamés de ese año.
Hasta comienzos del siglo XX, Siem Reap era poco más que un puñado de aldeas junto al río. Su transformación empezó cuando los franceses, fascinados por Angkor, organizaron la restauración de los templos y abrieron la zona a los primeros viajeros: el legendario Grand Hotel d'Angkor abrió sus puertas en 1932 para recibir a los pioneros del turismo. El Barrio Francés y el viejo mercado conservan de aquella época su arquitectura colonial y china.
Tras décadas de guerra y de cierre, Siem Reap renació con la paz de los años noventa y la inscripción de Angkor en el Patrimonio Mundial. Hoy es una de las ciudades de más rápido crecimiento del país, base obligada para recorrer el parque arqueológico, con sus mercados nocturnos, su Pub Street y una oferta hotelera que va de la mochila al lujo. Todo gira, como hace mil años, en torno a los templos que tiene al lado.
El Parque Arqueológico de Angkor, inscrito por la Unesco en 1992, abarca unos 400 kilómetros cuadrados y contiene los restos de las sucesivas capitales del imperio jemer entre los siglos IX y XV. No es un solo templo, sino una ciudad entera: en su apogeo, la aglomeración de Angkor pudo albergar cerca de un millón de personas, lo que la convierte, según los estudios más recientes basados en teledetección, en la ciudad preindustrial de mayor extensión conocida.
Sus hitos son universales. Angkor Wat, del siglo XII, el templo religioso más grande del mundo y símbolo nacional. Angkor Thom, la ciudad amurallada de Jayavarman VII, con el Bayón y sus rostros de piedra en el centro. Ta Prohm, el templo que la selva se tragó, con sus raíces de ceiba abrazando los muros, célebre además por el cine. Y decenas de conjuntos menos visitados —Banteay Srei, Preah Khan, Neak Pean— dispersos por la llanura.
Buena parte de lo que hoy se puede visitar se debe al trabajo de conservación iniciado por la Escuela Francesa del Extremo Oriente a principios del siglo XX e interrumpido de forma dramática por la guerra y los Jemeres Rojos, cuando el saqueo de piezas y el abandono amenazaron el sitio. Desde los años noventa, una cooperación internacional coordinada por la Unesco lo protege. Angkor no es una ruina muerta: sigue siendo un lugar sagrado donde los monjes rezan y los camboyanos peregrinan.
A unos 120 kilómetros al noreste de Siem Reap, escondida en la selva, está Koh Ker, una de las capitales perdidas del imperio. Durante un breve período, entre los años 928 y 944, el rey Jayavarman IV trasladó allí el centro del poder jemer, lejos de la región de Angkor, en un episodio de rivalidad dinástica. En apenas dos décadas se levantó una ciudad con más de una treintena de templos y monumentos.
Su obra más impresionante es el Prasat Thom, una pirámide escalonada de arenisca de unos 36 metros de altura, muy distinta del estilo habitual de Angkor y más parecida a las pirámides-templo de otras culturas: una montaña artificial de siete niveles que se yergue sobre el bosque. Las inscripciones cuentan que más de diez mil personas vivieron aquí durante los años en que Koh Ker fue capital. Cuando el poder regresó a Angkor, la ciudad quedó abandonada a la selva.
Durante décadas, Koh Ker fue casi inaccesible: la zona estuvo minada y controlada por los últimos reductos de los Jemeres Rojos hasta bien entrados los años noventa, y muchas de sus esculturas fueron saqueadas y vendidas en el mercado internacional de antigüedades —varias han sido repatriadas en los últimos años—. Desminado y abierto al público, en 2023 el sitio fue inscrito como Patrimonio de la Humanidad. Su lejanía lo mantiene mucho más tranquilo que Angkor.
Segunda ciudad de Camboya, Battambang es la capital de la llanura arrocera más fértil del país, el 'granero' nacional. Su historia reciente está marcada, como la de Siem Reap, por el largo dominio siamés: Battambang perteneció a Siam desde finales del siglo XVIII y solo volvió a manos camboyanas con el tratado de 1907. Durante ese siglo, la provincia estuvo gobernada por una dinastía de señores locales al servicio de Bangkok.
Bajo el protectorado francés, Battambang floreció como centro comercial y agrícola, y de esa época viene su encanto: un casco urbano a orillas del río Sangker con una de las mejores colecciones de arquitectura colonial francesa del país, tiendas-vivienda de estilo chino y una atmósfera pausada de ciudad de provincias que el turismo no ha desbordado.
En los alrededores, la historia se vuelve más oscura y más antigua a la vez. Están los templos rurales preangkorianos y angkorianos como Wat Banan y Ek Phnom; el famoso 'tren de bambú' (norry), plataformas artesanales que corrían sobre las viejas vías; y también Phnom Sampeau, una colina con cuevas que los Jemeres Rojos usaron como lugar de ejecución, hoy convertidas en memorial. Battambang resume así las capas de Camboya: los templos jemeres, la huella francesa y la herida del genocidio, todo en pocos kilómetros.
Toda esta región comparte un rasgo que va más allá de los templos: es la tierra de frontera con Tailandia, y por eso fue durante siglos zona de disputa y, en el siglo XX, el último escenario de la guerra. Su cercanía a Siam explica que Battambang, Siem Reap y sus alrededores cambiaran de dueño una y otra vez entre Bangkok y Nom Pen.
En los años setenta y ochenta, esa condición fronteriza le tocó jugar un papel trágico. Cuando Vietnam derrocó a los Jemeres Rojos en 1979, los remanentes del régimen de Pol Pot se replegaron precisamente a esta franja del noroeste, junto a la frontera tailandesa, desde donde siguieron combatiendo como guerrilla durante más de una década. La zona quedó sembrada de minas antipersonales —Camboya es todavía uno de los países más minados del mundo—, y el desminado de estos campos sigue en marcha hoy.
La paz definitiva llegó tarde: fue en esta región, en Anlong Veng y sus alrededores, donde se rindieron los últimos jemeres rojos y donde Pol Pot murió en 1998. Recorrer el noroeste es, por eso, atravesar a la vez la cumbre del imperio jemer y su capítulo más reciente y doloroso, unidos por una misma geografía de frontera.