Las tierras de la actual Bielorrusia estuvieron pobladas desde la prehistoria, pero la historia que dio forma al país empieza con la llegada de las tribus eslavas orientales entre los siglos VI y IX. Los krivichi, los dregovichi y los radímichi se asentaron a orillas de ríos como el Dviná occidental, el Niémen y el Dniéper, en un paisaje de bosques densos y humedales que definiría para siempre la vida de la región.
Hacia los siglos IX y X, muchas de estas comunidades quedaron bajo la órbita de la Rus de Kiev, la gran federación de principados eslavos de la que descienden por igual bielorrusos, rusos y ucranianos. Pólotsk, mencionada por primera vez en el año 862, es la ciudad más antigua del país y se convirtió en el primer gran centro de poder de estas tierras. Desde muy temprano, el principado de Pólotsk mostró una fuerte voluntad de autonomía frente a Kiev, con su propia dinastía y su propia catedral de Santa Sofía. Esa vocación de independencia es una de las raíces más profundas de la identidad bielorrusa.
Cuando la invasión mongola destrozó a la Rus de Kiev en el siglo XIII, las tierras bielorrusas siguieron otro camino. En lugar de caer bajo el yugo tártaro como el noreste ruso, se integraron al Gran Ducado de Lituania, un Estado en expansión que llegó a extenderse desde el Báltico hasta cerca del mar Negro. Para muchos historiadores bielorrusos, esta fue la verdadera edad de oro del país.
La razón es cultural y no menor: aunque la dinastía gobernante era lituana, la lengua administrativa del Gran Ducado era el ruteno, el antiguo bielorruso, la lengua de cancillería en la que se redactaban las leyes, los tratados y los documentos oficiales. Los célebres Estatutos de Lituania de 1529, 1566 y 1588 -unos de los códigos legales más avanzados de la Europa de su tiempo- se escribieron en esa lengua. Fue también en esta época, en 1517, cuando Francysk Skaryna, natural de Pólotsk, imprimió el primer libro en lengua eslava oriental, adelantándose a la imprenta rusa en décadas. La Bielorrusia medieval no era una periferia atrasada: era un centro de cultura, derecho y letras.
En 1569, la Unión de Lublin fusionó el Gran Ducado de Lituania con el Reino de Polonia y creó la Mancomunidad de las Dos Naciones (o Rzeczpospolita), una de las mayores potencias europeas de los siglos XVI y XVII. Las tierras bielorrusas quedaron en el corazón de ese Estado, y con ello llegaron siglos de una lenta pero profunda polonización cultural y religiosa.
La nobleza local fue adoptando el idioma polaco y, en muchos casos, el catolicismo romano, mientras el campesinado seguía hablando bielorruso y mayoritariamente conservaba la fe ortodoxa. En 1596, la Unión de Brest creó la Iglesia greco-católica (uniata), que reconocía la autoridad del papa pero mantenía el rito oriental; buena parte de los campesinos bielorrusos pasaron a esa confesión. El antiguo bielorruso perdió terreno como lengua escrita frente al polaco, que se convirtió en el idioma del poder y la cultura alta. Fue el comienzo de un largo proceso en el que la lengua propia quedó relegada al mundo rural, algo que marcaría al país hasta el siglo XX.
A fines del siglo XVIII, la Mancomunidad polaco-lituana, debilitada y sin capacidad de defenderse, fue repartida entre sus vecinos en las tres particiones de Polonia (1772, 1793 y 1795). Casi todo el territorio bielorruso quedó absorbido por el Imperio Ruso de Catalina la Grande. Empezaba una nueva etapa de dominación, esta vez desde San Petersburgo.
Bajo los zares, la política fue de rusificación: se persiguió la lengua bielorrusa, se suprimió por la fuerza la Iglesia greco-católica en 1839 para incorporarla a la ortodoxia rusa, y las autoridades negaban directamente que existiera una nación bielorrusa, a la que consideraban una simple variante regional del pueblo ruso. Muchas de estas tierras integraban además la llamada Zona de Asentamiento, la única región donde el Imperio permitía residir a los judíos, que llegaron a formar enormes comunidades en ciudades como Minsk, Vítebsk, Grodno y Pínsk. Las revueltas polaco-lituanas de 1830 y de 1863, esta última liderada en la región por Kastús Kalinowski, fueron aplastadas, pero sembraron las primeras semillas de un despertar nacional bielorruso que recién florecería a comienzos del siglo XX.
La Primera Guerra Mundial convirtió a Bielorrusia en un frente de trincheras y devastación. Durante años, la línea del frente oriental partió el país en dos, con ejércitos ruso y alemán enfrentados sobre suelo bielorruso, ciudades bombardeadas y cientos de miles de refugiados desplazados hacia el interior de Rusia.
El derrumbe del Imperio Ruso en la Revolución de 1917 abrió una ventana inédita. El 25 de marzo de 1918, bajo ocupación alemana, un grupo de activistas nacionales proclamó la República Popular Bielorrusa, el primer intento de un Estado bielorruso independiente. Duró muy poco: sin ejército propio ni reconocimiento internacional, sucumbió cuando la guerra civil rusa y la guerra polaco-soviética se disputaron el territorio. La paz de Riga de 1921 terminó partiendo Bielorrusia en dos: la mitad occidental quedó en manos de la nueva Polonia y la mitad oriental pasó a formar la República Socialista Soviética de Bielorrusia, integrada a la URSS. Un mismo pueblo quedó dividido por una frontera durante casi dos décadas.
Los años veinte trajeron a la Bielorrusia soviética una etapa de florecimiento cultural. Bajo la política de "bielorrusización", el idioma nacional se usó en escuelas, diarios y administración, y por primera vez en siglos parecía posible una vida pública en la lengua propia. Pero esa primavera fue efímera.
Con Stalin, la represión cayó con toda su fuerza. La colectivización forzada de la agricultura destruyó el mundo campesino tradicional, y las purgas de los años treinta diezmaron a la élite intelectual y política bielorrusa: escritores, científicos y dirigentes fueron fusilados o enviados al Gulag acusados de "nacionalismo". En los bosques de Kurapaty, cerca de Minsk, la policía secreta soviética ejecutó y enterró a decenas de miles de personas entre 1937 y 1941; el número exacto sigue en debate, con estimaciones que van de decenas de miles a cifras mucho mayores. Mientras tanto, en la Bielorrusia occidental bajo dominio polaco, la población bielorrusa sufría discriminación y polonización. En 1939, tras el pacto Molotov-Ribbentrop entre la URSS y la Alemania nazi, el Ejército Rojo ocupó la Bielorrusia occidental y reunificó el país dentro de la Unión Soviética.
Ningún país europeo, en proporción a su población, sufrió tanto en la Segunda Guerra Mundial como Bielorrusia. El 22 de junio de 1941, la invasión alemana de la Unión Soviética (Operación Barbarroja) golpeó primero en suelo bielorruso, y la Fortaleza de Brest, en la frontera, resistió durante semanas convirtiéndose en un símbolo de la resistencia soviética. Toda Bielorrusia quedó bajo ocupación nazi durante tres años.
Las cifras son difíciles de asimilar. Se estima que murieron alrededor de dos millones de personas, cerca de una cuarta parte de la población del país; algunas estimaciones elevan la cifra aún más. Los nazis arrasaron al menos 5.295 aldeas, muchas con todos sus habitantes dentro, como represalia por la actividad partisana. El caso más conocido es el de Khatyn: el 22 de marzo de 1943, una unidad auxiliar bajo mando alemán encerró a la población de la aldea en un granero y le prendió fuego; murieron 149 personas, entre ellas 75 niños. Khatyn se transformó después en el memorial nacional del sufrimiento bielorruso. A esto se suma el Holocausto: la enorme población judía de Bielorrusia -que en muchas ciudades era mayoritaria- fue prácticamente exterminada en guetos y fusilamientos masivos. Al mismo tiempo, Bielorrusia fue uno de los grandes focos del movimiento partisano antinazi, con decenas de miles de combatientes ocultos en sus bosques.
Bielorrusia salió de la guerra en ruinas: ciudades enteras habían sido arrasadas y Minsk, la capital, estaba casi totalmente destruida. La reconstrucción soviética levantó de nuevo el país, y Minsk renació como una ciudad moderna de amplias avenidas y monumental arquitectura estalinista, con la enorme plaza y la calle Independencia como emblema.
En las décadas de posguerra, la RSS de Bielorrusia se convirtió en una de las repúblicas más industrializadas y prósperas de la Unión Soviética. Se instalaron grandes fábricas de tractores, camiones y maquinaria pesada, y el país pasó de ser mayoritariamente rural a urbano en apenas una generación. Como reconocimiento -y también como gesto político de Stalin para sumar votos afines- la RSS de Bielorrusia obtuvo un asiento propio en la Asamblea General de las Naciones Unidas desde su fundación en 1945, junto con Ucrania y la URSS. La lengua bielorrusa, sin embargo, siguió retrocediendo frente al ruso, que dominaba la vida urbana, la educación superior y la administración.
El 26 de abril de 1986 explotó el reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, en Ucrania, a pocos kilómetros de la frontera. La geografía y el viento hicieron que la mayor parte del desastre no cayera sobre Ucrania, sino sobre Bielorrusia: se estima que alrededor del 70% de la lluvia radiactiva se depositó en territorio bielorruso, contaminando cerca de una cuarta parte del país.
Las regiones del sudeste, sobre todo la de Gómel, fueron las más golpeadas. Cientos de aldeas debieron ser evacuadas, miles de personas fueron reubicadas y amplias zonas agrícolas quedaron inutilizables por la contaminación con cesio-137 y otros isótopos. Las autoridades soviéticas ocultaron al principio la magnitud del desastre. Las consecuencias sanitarias -en especial el aumento de cánceres de tiroides, muchos de ellos infantiles- y el trauma social se prolongaron durante décadas. Aún hoy, más de treinta y cinco años después, una porción significativa del territorio bielorruso sigue afectada por la radiación, y Chernóbil quedó grabado en la memoria del país como una catástrofe silenciosa que se sumó a las heredadas de la guerra.
El final de la Unión Soviética tuvo, curiosamente, su acto decisivo en suelo bielorruso. El 8 de diciembre de 1991, en una reserva de caza en el bosque de Belovézhskaya Pushcha, cerca de la frontera con Polonia, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia -Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkévich- firmaron los Acuerdos de Belavezha, que declaraban que la URSS había dejado de existir y creaban en su lugar la Comunidad de Estados Independientes.
Bielorrusia ya había declarado su independencia en agosto de 1991, en el marco del derrumbe soviético. Pero, a diferencia de otros países que salieron de la URSS con un fuerte impulso nacionalista, la independencia bielorrusa fue más bien el resultado de un colapso que de un gran movimiento de liberación. La joven república adoptó bandera y escudo propios -los símbolos históricos blanco-rojo-blanco- e inició una transición económica difícil, marcada por la inflación y la caída del nivel de vida, en un país donde buena parte de la población seguía sintiéndose profundamente ligada a Rusia y al pasado soviético.
En 1994, en las primeras -y hasta hoy últimas- elecciones presidenciales consideradas libres, un exdirector de granja colectiva y antiguo guardia de fronteras llamado Aleksandr Lukashenko ganó con una campaña contra la corrupción y a favor del acercamiento a Rusia. Asumió el 20 de julio de 1994 y, más de tres décadas después, sigue en el poder.
Con los años, Lukashenko concentró cada vez más poder: reformó la Constitución para ampliar sus facultades y eliminar los límites de mandato, restableció símbolos de tipo soviético en reemplazo de los históricos, mantuvo bajo control estatal buena parte de la economía y silenció a la oposición y a la prensa independiente. Su gobierno fue calificado con frecuencia como el más autoritario de Europa. En política exterior, sostuvo una alianza estrecha con Moscú, con la que firmó un tratado de "Estado de la Unión", aunque también supo maniobrar para conservar cierto margen de autonomía. Bajo su mandato, el país mantuvo bajos niveles de desempleo y una relativa estabilidad social, pero al precio de las libertades políticas.
En agosto de 2020, tras unas elecciones presidenciales en las que las autoridades proclamaron que Lukashenko había obtenido alrededor del 80% de los votos, estalló el mayor movimiento de protesta desde la independencia. Amplios sectores de la sociedad denunciaron un fraude masivo y respaldaron a la candidata opositora Svetlana Tijanóvskaya, que se presentó tras el encarcelamiento de su marido. Durante semanas, cientos de miles de personas marcharon pacíficamente por las calles de Minsk y otras ciudades.
La respuesta del gobierno fue una dura represión: decenas de miles de detenciones, denuncias de torturas y golpizas, exilio forzado de líderes opositores y cierre de medios y organizaciones. Según estimaciones de organizaciones de derechos humanos, el país acumuló miles de condenas y un número persistente de presos políticos en los años siguientes. Tijanóvskaya y buena parte de la oposición debieron exiliarse. En 2022, Bielorrusia se vio además arrastrada al conflicto en Ucrania al permitir que su territorio sirviera de base para la invasión rusa, lo que profundizó su dependencia de Moscú y su aislamiento internacional. Hoy Bielorrusia sigue siendo un país tenso, con un régimen firmemente asentado y una parte importante de su sociedad -sobre todo la más joven y urbana- reclamando en silencio, o desde el exilio, otro futuro.