Pólotsk, a orillas del río Dviná occidental, es la ciudad más antigua de Bielorrusia: aparece mencionada por primera vez en el año 862. Fue el centro del principado de Pólotsk, el primer gran Estado surgido en tierras bielorrusas y uno de los más importantes de toda la Rus medieval, que llegó a rivalizar con Kiev y Nóvgorod.
En el siglo XI, el príncipe Vseslav el Hechicero convirtió a Pólotsk en una potencia regional, y la ciudad levantó su catedral de Santa Sofía, una de las tres únicas catedrales de ese nombre de toda la Rus (junto a las de Kiev y Nóvgorod), en señal de su prestigio. Para la identidad nacional bielorrusa, Pólotsk es un lugar fundacional: aquí nació el Estado del que muchos hacen arrancar la historia del país.
Pólotsk no fue solo un centro de poder, sino también de cultura y de fe. En el siglo XII vivió allí Eufrosina de Pólotsk, princesa que se hizo monja, fundó monasterios y escuelas y se dedicó a copiar libros; es una de las figuras más veneradas de la historia religiosa bielorrusa y patrona del país. La célebre cruz de Eufrosina, obra maestra de la orfebrería medieval, se convirtió en un símbolo nacional (el original se perdió durante la Segunda Guerra Mundial).
De Pólotsk era también Francysk Skaryna, humanista y médico que en 1517 imprimió en Praga el primer libro en lengua eslava oriental, adelantándose décadas a la imprenta de Moscú. Skaryna es considerado el padre de la edición de libros en Europa oriental y una figura clave de la cultura bielorrusa. Que la ciudad más antigua del país sea a la vez la cuna de su primer Estado y de su primera imprenta la convierte en un lugar cargado de significado.
Vítebsk, sobre el mismo río Dviná occidental, es la segunda ciudad más antigua de Bielorrusia y otro de los grandes centros históricos del norte. Situada en un cruce de rutas comerciales, prosperó bajo el Gran Ducado de Lituania y la Mancomunidad polaco-lituana como ciudad mercantil, con derecho de autogobierno según el modelo de Magdeburgo.
Como tantas ciudades bielorrusas, Vítebsk sufrió enormemente en la Segunda Guerra Mundial: bajo ocupación nazi, su población judía -que era muy numerosa- fue exterminada, y buena parte de la ciudad quedó destruida. Reconstruida en la posguerra, hoy conserva una mezcla de arquitectura histórica restaurada y edificación soviética.
Vítebsk es, ante todo, la ciudad de Marc Chagall. El pintor nació en 1887 en una familia judía humilde del barrio de Vítebsk, y sus cielos poblados de figuras flotantes, violinistas y casas de madera están inspirados directamente en la ciudad de su infancia. Chagall es uno de los grandes nombres del arte del siglo XX, y su recuerdo está muy presente en la ciudad, con su casa natal convertida en museo.
Tras la Revolución rusa, Chagall volvió a Vítebsk y fundó allí una escuela de arte que atrajo a otras figuras de la vanguardia, como Kazimir Malévich, el creador del suprematismo. Durante unos años, esta ciudad provinciana fue un hervidero de experimentación artística de nivel mundial. Hoy Vítebsk mantiene esa vocación cultural y es sede del festival internacional Slavianski Bazar, uno de los mayores eventos musicales del país.
El norte de Bielorrusia, con Pólotsk y Vítebsk a la cabeza, ocupa un lugar especial en la construcción de la identidad nacional. Si Minsk es el centro político y el oeste guarda la herencia de la nobleza, el norte es donde muchos ubican el origen espiritual y estatal del país: la vieja tierra de la Rus de Pólotsk, la lengua de cancillería, los primeros libros, los primeros santos.
Es también una región de paisajes suaves, lagos y bosques, atravesada por el Dviná, que durante siglos fue una ruta comercial hacia el Báltico. Para el movimiento nacional bielorruso de los siglos XIX y XX, recuperar la memoria de Pólotsk y de sus figuras fue una forma de afirmar que Bielorrusia no era una simple provincia de Rusia, sino una nación con una historia propia y muy antigua.