Minsk aparece mencionada por primera vez en 1067, en relación con una batalla entre príncipes de la Rus, y durante la Edad Media fue un principado propio dentro de la órbita de Pólotsk. Situada sobre el río Svísloch, en el centro geográfico del país, creció como cruce de caminos comerciales entre el Báltico y el mar Negro.
Bajo el Gran Ducado de Lituania y luego la Mancomunidad polaco-lituana, Minsk fue una ciudad de mercado, con población mixta de bielorrusos, polacos, judíos y tártaros. Tras las particiones pasó al Imperio Ruso y se convirtió en capital de gobernación. A comienzos del siglo XX era una ciudad de fuerte impronta judía, con el yidis como una de sus lenguas cotidianas, y un importante centro del movimiento obrero y revolucionario del Imperio.
La Segunda Guerra Mundial fue una catástrofe absoluta para Minsk. Ocupada por los alemanes pocos días después de la invasión de junio de 1941, la ciudad albergó uno de los mayores guetos judíos de la Europa ocupada, donde decenas de miles de personas fueron confinadas y luego asesinadas. En sus alrededores, en Maly Trostenets, funcionó uno de los mayores sitios de exterminio del este.
Cuando el Ejército Rojo liberó Minsk en julio de 1944, la ciudad estaba prácticamente destruida: se calcula que quedó en pie una mínima parte de sus edificios. La población había caído a una fracción de la de preguerra. Minsk fue, junto con Varsovia, una de las capitales europeas más devastadas del conflicto.
La Minsk que se ve hoy es, en gran medida, una ciudad construida desde cero después de 1944. Los urbanistas soviéticos la levantaron según el ideal de la arquitectura estalinista: amplias avenidas rectas, plazas monumentales y edificios de fachadas imponentes. La actual avenida de la Independencia, con sus kilómetros de columnatas y pórticos, es uno de los mejores ejemplos conservados de ese estilo en toda la antigua URSS.
En las décadas de posguerra, Minsk se transformó además en un gran polo industrial, sede de fábricas de tractores, camiones (los célebres MAZ y BelAZ) y relojes. La ciudad creció rápidamente hasta superar el millón y medio de habitantes, atrayendo migración del campo y consolidándose como el centro político, económico y cultural del país. Bajo la superficie moderna, sin embargo, sobreviven algunos rincones del casco antiguo restaurado, como el barrio de la Ciudad Alta (Nyamiha), que evocan la Minsk anterior a la destrucción.
A unos cincuenta kilómetros de Minsk se levanta Khatyn, el memorial más solemne de Bielorrusia. Recuerda a la aldea que el 22 de marzo de 1943 fue borrada del mapa por una unidad auxiliar bajo mando alemán: sus habitantes fueron encerrados en un granero y quemados vivos. Murieron 149 personas, de las cuales 75 eran niños; solo sobrevivieron unos pocos.
Inaugurado en 1969, el memorial no reconstruye la aldea, sino que la evoca. En el lugar de cada casa quemada hay un monumento de hormigón coronado por una campana que suena a intervalos, de modo que el conjunto tañe todo el tiempo en memoria de los muertos. Khatyn no representa solo a su propia aldea: simboliza a las más de cinco mil localidades bielorrusas arrasadas durante la ocupación. Un monumento con tres abedules y una llama eterna en lugar del cuarto recuerda que uno de cada cuatro bielorrusos murió en la guerra.
Con la independencia de 1991, Minsk pasó de ser una capital de república soviética a la capital de un Estado soberano. Alberga la sede de la presidencia, el gobierno y el parlamento, y es también la sede administrativa de la Comunidad de Estados Independientes, la organización nacida de los Acuerdos de Belavezha.
En agosto de 2020, las calles y plazas de Minsk fueron el epicentro de las mayores protestas de la historia del país, cuando cientos de miles de personas se manifestaron contra los resultados de las elecciones presidenciales. La represión posterior marcó a la ciudad y a su gente. Hoy Minsk combina esa tensión política latente con la imagen de una capital ordenada, limpia y monumental, donde el peso del pasado soviético convive con las preguntas abiertas sobre el futuro.