Kamakura es la escapada perfecta desde Tokio para quien quiere respirar historia y naturaleza en un mismo día. A menos de una hora de tren de la capital, esta pequeña ciudad junto al mar fue el centro del poder de Japón durante casi siglo y medio, cuando los samuráis gobernaban desde aquí, y de aquella edad de oro conserva decenas de templos budistas y santuarios sintoístas escondidos entre colinas boscosas. Su símbolo, el Gran Buda de bronce sentado a la intemperie desde hace más de setecientos años, es una de las imágenes más serenas y poderosas de todo Japón.
Pero Kamakura no es un museo: es una ciudad viva y encantadora. Tiene una calle comercial siempre animada llena de dulces y artesanías, jardines de templos que estallan de hortensias en junio, un tranvía centenario que traquetea junto al océano, bosques de bambú donde tomar un té matcha, senderos de montaña entre santuarios y playas donde los tokiotas van a hacer surf. Es la combinación ideal de recogimiento espiritual, paseo relajado y aire de mar.
Esta guía recorre Kamakura con mirada práctica: cómo llegar desde Tokio y moverte entre el tren, el tranvía Enoden y las caminatas; qué templos no te podés perder (del Gran Buda a los grandes monasterios zen de Kita-Kamakura); cuándo ir para ver las hortensias o el follaje; y cómo combinar historia, bambú y playa en una de las excursiones más redondas de la región de Kanto.
Kamakura entró en la historia grande de Japón a fines del siglo XII. En 1185, tras vencer al clan rival de los Taira en una larga guerra, el caudillo samurái Minamoto no Yoritomo estableció aquí su gobierno militar y, en 1192, fue nombrado shogun: nacía el shogunato de Kamakura, el primer gobierno de los samuráis, que trasladó el poder efectivo de la corte imperial de Kioto a esta ciudad costera y fácil de defender, rodeada de colinas y abierta al mar. Durante casi 150 años, Kamakura fue la capital de facto de Japón y una de las mayores ciudades del mundo, con templos, santuarios y una intensa vida religiosa: aquí florecieron el budismo zen y otras corrientes, y se levantaron el Gran Buda y decenas de templos. En 1274 y 1281, el shogunato resistió dos invasiones mongolas, frustradas por tifones que la tradición llamó 'kamikaze' ('vientos divinos'). El poder de Kamakura cayó en 1333, cuando la ciudad fue tomada y el shogunato destruido; con los siglos quedó como una tranquila ciudad de templos. La historia completa, de los samuráis a hoy, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El corazón político de Japón: de la aldea de pescadores llamada Edo a la Tokio de 37 millones, con Kamakura, Nikko y Hakone alrededor.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Kamakura irrumpió en la gran historia de Japón a finales del siglo XII, y lo hizo cambiando para siempre el país. Hasta entonces, el poder residía en la corte imperial de Kioto, un mundo refinado de aristócratas y poetas. Pero la clase guerrera —los samuráis— venía ganando fuerza, y una brutal guerra civil entre dos grandes clanes, los Minamoto (o Genji) y los Taira (o Heike), lo cambió todo. En 1185, tras años de lucha, el caudillo Minamoto no Yoritomo aplastó definitivamente a los Taira en la batalla naval de Dan-no-ura.
Yoritomo tomó entonces una decisión trascendental: en lugar de gobernar desde Kioto, estableció su propia base de poder en Kamakura, una pequeña localidad costera de la región de Kanto, en el este del país, lejos de la influencia de la corte. La elección no fue casual: Kamakura estaba rodeada de colinas por tres lados y abierta al mar por el sur, una posición fácil de defender y adecuada para el gobierno militar que tenía en mente. En 1192, el emperador lo nombró 'seii taishogun' (shogun), el máximo jefe militar.
Nacía así el shogunato de Kamakura (o bakufu, 'gobierno de la tienda de campaña'), el primero de los gobiernos militares que dominarían Japón durante casi siete siglos. El emperador seguía en Kioto como figura sagrada, pero el poder real pasaba a manos de los samuráis. Fue un cambio de época: el comienzo del Japón feudal, con su código guerrero, su austeridad y sus valores marciales, que marcarían al país hasta la modernidad.
Durante casi 150 años, Kamakura fue la capital de facto de Japón y una de las mayores ciudades del mundo, con una población que en su apogeo pudo rondar las decenas de miles y quizás superar los 100.000 habitantes. Yoritomo mandó levantar el gran santuario Tsurugaoka Hachimangu, dedicado a Hachiman, el dios de la guerra y protector del clan Minamoto, que se convirtió en el centro ceremonial de la ciudad guerrera, con su avenida ceremonial trazada hasta el mar.
Tras la muerte de Yoritomo, el poder real pasó a manos del clan Hojo, emparentado con él, que gobernó como regentes (shikken) en nombre de shogunes títere. Bajo los Hojo, Kamakura vivió su edad de oro cultural y espiritual. Fue una época de intensa vida religiosa: aquí arraigó con fuerza el budismo zen, traído de China, que encajaba a la perfección con la mentalidad austera y disciplinada de los samuráis. Se fundaron grandes monasterios zen —Kencho-ji (1253), el más antiguo de Japón, y Engaku-ji (1282), entre otros—, organizados luego en el sistema de los 'Cinco Grandes Templos' (Gozan) de Kamakura.
De esta época dorada data también el Gran Buda de bronce (Kamakura Daibutsu), fundido hacia 1252, que resume el espíritu del momento: monumental, sereno y austero. La ciudad se llenó de templos, santuarios, calzadas talladas en las colinas (los 'kiridoshi', pasos defensivos) y una cultura propia, distinta del refinamiento cortesano de Kioto: la del guerrero, más sobria y marcial.
El episodio más dramático de la historia de Kamakura llegó en el siglo XIII, cuando el mayor imperio del mundo puso su mirada en Japón. Kublai Kan, nieto de Gengis Kan y emperador de la China mongola, exigió al shogunato que se sometiera. Ante la negativa, lanzó dos gigantescas invasiones. En 1274 y de nuevo, con una fuerza aún mayor, en 1281, enormes flotas mongolas —con tropas mongolas, chinas y coreanas— desembarcaron en el norte de Kyushu, en el suroeste de Japón, con un armamento y unas tácticas que superaban a las de los samuráis.
El shogunato de Kamakura movilizó a los guerreros de todo el país para resistir. Los samuráis lucharon con enorme valor, pero en ambas ocasiones fue la naturaleza la que resultó decisiva: violentos tifones se abatieron sobre las flotas invasoras, hundiendo miles de barcos y ahogando a buena parte del ejército mongol. Japón se salvó de la invasión. Aquellos tifones providenciales quedaron grabados en la memoria del país como 'kamikaze', los 'vientos divinos', interpretados como una protección de los dioses (una idea que resurgiría, trágicamente, en la Segunda Guerra Mundial).
Paradójicamente, la victoria debilitó a Kamakura. La defensa había sido carísima y, al no haber conquistado tierras enemigas, el shogunato no pudo recompensar como esperaban a los miles de samuráis que habían combatido. El malestar entre la clase guerrera creció, minando poco a poco la lealtad al gobierno de los Hojo.
El descontento que dejaron las invasiones mongolas terminó por hundir al shogunato de Kamakura. En 1333, el emperador Go-Daigo, que buscaba recuperar el poder real para la corte, encabezó una rebelión contra el gobierno de los Hojo. Uno de los generales enviados a reprimirlo, Ashikaga Takauji, se pasó al bando imperial, mientras que otro caudillo, Nitta Yoshisada, marchó directamente sobre Kamakura. La ciudad fue tomada; los últimos regentes Hojo y cientos de sus seguidores se suicidaron para no caer en manos enemigas, y el shogunato de Kamakura llegó a su fin.
Aquel intento imperial de restaurar el poder de la corte (la 'Restauración Kenmu') duró poco: el propio Ashikaga Takauji se volvió contra el emperador y fundó un nuevo shogunato, el de los Ashikaga, con sede otra vez en Kioto. Kamakura perdió así su papel de capital y su condición de centro del poder. Aunque durante un tiempo conservó importancia como sede de un gobernador militar del este (el Kamakura-fu), fue perdiendo peso y población a lo largo de los siglos siguientes.
En los largos periodos de guerras y de paz que vinieron después, Kamakura quedó reducida a una localidad tranquila, marcada por sus templos y santuarios y por el recuerdo de su gloria pasada. El gran salón que cubría al Buda de bronce fue arrasado por las tormentas y por un tsunami a fines del siglo XV, y la estatua quedó a la intemperie, como muda testigo de una edad de oro que ya no volvería.
El silencio de los siglos que siguieron a su caída resultó, a la larga, una bendición para Kamakura: al quedar al margen del poder y del gran desarrollo industrial, la ciudad conservó un patrimonio extraordinario de templos budistas y santuarios sintoístas, muchos de ellos de la época del shogunato, integrados en un entorno de colinas y bosques. Cuando el ferrocarril la conectó con Tokio y Yokohama a finales del siglo XIX, Kamakura empezó a atraer a residentes, artistas y escritores que buscaban su ambiente tranquilo junto al mar, y se ganó fama de retiro cultural.
Hoy Kamakura es una de las escapadas favoritas desde Tokio, a menos de una hora en tren. Cada año, millones de visitantes recorren el Gran Buda de bronce, suben a Hasedera entre hortensias, pasean por los grandes templos zen de Kita-Kamakura, pican por la animada Komachi-dori y traquetean en el viejo tranvía Enoden junto al océano. La ciudad conserva un aire especial, mezcla de recogimiento espiritual, aire de mar y vida cotidiana, muy distinto del vértigo de la capital.
Aunque su candidatura a Patrimonio de la Humanidad no ha prosperado hasta ahora, el conjunto de Kamakura sigue siendo uno de los grandes tesoros históricos de Japón: la ciudad donde nació el poder de los samuráis, donde arraigó el zen y donde un Buda de bronce medita a la intemperie desde hace más de setecientos años. Caminar por Kamakura es, en el fondo, pasear por la cuna del Japón feudal, con los pies en la arena y la mirada en los templos.