Antes de los españoles, en la desembocadura del río Pásig había dos asentamientos musulmanes prósperos, Maynila y Tondo, gobernados por rajás y conectados con Brunéi y con el comercio chino. En 1571, Miguel López de Legazpi tomó la zona y fundó allí la capital de las Islas Filipinas. Sobre la vieja Maynila levantó Intramuros, la ciudad amurallada: un recinto de piedra con foso, baluartes y el fuerte Santiago, dentro del cual vivían los españoles, con la catedral, los conventos, el palacio del gobernador y las primeras universidades de Asia.
Durante tres siglos, Manila fue la cabeza del imperio español en el Pacífico y el punto de partida del galeón que la unía con Acapulco. Alrededor de las murallas crecieron los barrios de los filipinos y de la enorme comunidad china, los sangleyes, comerciantes y artesanos imprescindibles y a la vez perseguidos, que sufrieron varias matanzas a lo largo del período colonial. Intramuros concentraba el poder religioso y político; extramuros latía la ciudad mestiza y mercantil que sería el verdadero motor del país.
Manila cargó también con la tragedia. En la batalla de 1945, durante la liberación de la Segunda Guerra, la ciudad fue destruida casa por casa: Intramuros quedó en escombros y murieron al menos 100.000 civiles. De la ciudad amurallada original sobrevivió casi solo el fuerte Santiago y la iglesia de San Agustín, la más antigua del país. La Manila de hoy —enorme, caótica, vibrante— es una metrópoli de más de trece millones de habitantes en su área conurbana, donde conviven los rascacielos de Makati, los barrios populares y las piedras restauradas de Intramuros como memoria de todo lo que pasó.
En las montañas de la Cordillera, en el corazón norte de Luzón, el pueblo ifugao talló a mano una de las obras de ingeniería agrícola más asombrosas del mundo: kilómetros y kilómetros de terrazas de arroz que suben por las laderas como escalones gigantes. Las de Banaue son las más famosas, pero el conjunto abarca varios municipios de la provincia de Ifugao. Se construyeron sin metales ni animales de tiro, moviendo tierra y piedra a fuerza de brazos, con un sistema de canales que baja el agua desde los bosques de la cima.
La tradición popular las presenta como obra de dos mil años, aunque los estudios arqueológicos más recientes discuten la antigüedad exacta y sitúan buena parte de la construcción en épocas más recientes de lo que se creía; lo indudable es que son fruto de un saber transmitido de generación en generación durante siglos. En 1995, la Unesco inscribió las 'Terrazas de arroz de las cordilleras filipinas' como paisaje cultural vivo, no por su belleza solamente, sino porque expresan una armonía única entre una comunidad y su entorno de montaña.
Los ifugao nunca fueron sometidos por España: la Cordillera quedó al margen del dominio colonial, y por eso conservaron su religión, su lengua y sus costumbres —incluido, en el pasado, el prestigio guerrero ligado a la caza de cabezas— mucho más intactas que las tierras bajas cristianizadas. Hoy las terrazas enfrentan un desafío moderno: el envejecimiento de los cultivadores, la migración de los jóvenes a la ciudad y el turismo. Mantener vivo el arroz en las terrazas es también mantener viva una cultura.
Más al norte y al oeste, entre nieblas y pinos, viven los otros pueblos de la Cordillera, a los que los españoles llamaron genéricamente 'igorotes' (gente de la montaña): los kankanaey, los ibaloi, los bontoc, los kalinga, los aplai. Sagada, un pueblo kankanaey encaramado a más de 1.500 metros, es su rincón más conocido. Su seña de identidad son los ataúdes colgantes: féretros de madera adosados a los acantilados o depositados en cuevas, una costumbre funeraria ancestral que buscaba acercar a los muertos al cielo y a los espíritus, y que todavía se practica de forma limitada.
Como los ifugao, los pueblos de la Cordillera resistieron la conquista española y conservaron su autonomía en las alturas. Recién con los estadounidenses, a comienzos del siglo XX, la región fue integrada de manera más efectiva, y se fundó Baguio como ciudad de veraneo y capital de verano, aprovechando el clima fresco de las montañas. La minería del oro y del cobre atrajo empresas y trabajadores, y cambió parte del paisaje social de la zona.
La historia reciente de la Cordillera tiene un capítulo de lucha. En los años setenta y ochenta, comunidades kalinga y bontoc se opusieron con firmeza al proyecto de la represa del río Chico, que habría inundado sus tierras y tumbas ancestrales. El asesinato del líder kalinga Macli-ing Dulag, en 1980, convirtió aquella resistencia en un símbolo de la defensa de los pueblos indígenas frente a los grandes proyectos, y el proyecto terminó cancelado. De esa lucha nació también el reclamo de autonomía regional que la Cordillera todavía sostiene.
En la costa noroeste, en la provincia de Ilocos Sur, Vigan es el ejemplo mejor conservado de ciudad colonial española planificada que queda en Asia. Fue fundada en 1572 por Juan de Salcedo, nieto de Legazpi, que la trazó siguiendo el modelo de Intramuros. Pero lo que la hace única no es solo lo español: Vigan fue un gran puerto comercial donde confluyeron culturas. Su barrio mestizo nació del cruce entre los comerciantes chinos, los españoles y la población local ilocana.
Esa mezcla se lee en su arquitectura, que no tiene paralelo. Las casas de la Calle Crisólogo son de dos plantas, con paredes de ladrillo, entrepisos y balcones de madera, ventanas de conchas de capiz y techos de tejas de fuerte pendiente que recuerdan a la tradición china. Fueron las residencias de las familias mestizas enriquecidas con el comercio del añil, el tabaco y el textil ilocano. Vigan prosperó como cabecera de una región, la de Ilocos, famosa por el carácter trabajador, austero y emprendedor de su gente.
Esa misma región dio uno de los grandes episodios de resistencia colonial: en 1762-1763, aprovechando la ocupación británica de Manila, Diego Silang encabezó en Ilocos una rebelión que llegó a establecer un gobierno propio en Vigan; tras su asesinato, su viuda, Gabriela Silang, tomó el mando de las tropas y siguió luchando hasta ser capturada y ejecutada, convirtiéndose en una de las primeras heroínas de la historia filipina. En 1999, la Unesco declaró a Vigan Patrimonio de la Humanidad. Que sobreviviera se debe casi a un milagro: escapó a la destrucción de la Segunda Guerra y, más tarde, a la especulación inmobiliaria, gracias a la voluntad de sus vecinos de conservarla.
En el extremo norte del país, más cerca de Taiwán que de Luzón, flota el pequeño archipiélago de Batanes, el más remoto y septentrional de Filipinas. Sus colinas verdes que caen a un mar bravo, sus casas de piedra y sus faros solitarios le dan un aire que muchos comparan con Irlanda o Escocia. Lo habita el pueblo ivatán, de origen austronesio, que desarrolló una cultura adaptada a un entorno extremo: Batanes está en plena ruta de los tifones del Pacífico y sufre tormentas feroces varias veces al año.
De esa lucha con la naturaleza nació su arquitectura característica: las casas ivatán de gruesas paredes de piedra y cal y techos de paja densamente atados, diseñadas para resistir vientos huracanados, son un patrimonio reconocido y candidato a la lista de la Unesco. Los ivatanes desarrollaron además una notable ética de cooperación comunitaria y sistemas tradicionales de conservación de alimentos y de pronóstico del tiempo, imprescindibles para sobrevivir en un lugar tan aislado.
Batanes quedó incorporada formalmente a la corona española recién en 1783, muy tarde, sobre todo por su valor estratégico en la ruta del galeón y frente al avance de otras potencias. Bajo España se fundó su capital, Basco. Su lejanía la mantuvo al margen de casi todos los grandes convulsiones de la historia filipina, y hoy es célebre por su baja criminalidad y su fuerte sentido comunitario: un rincón donde el archipiélago se termina de cara al océano abierto.
Entre las montañas del norte y la capital se extienden las llanuras de Luzón central, el gran granero arrocero del país y, por eso mismo, el escenario de sus mayores tensiones sociales. Aquí, en provincias como Cavite, Bulacán y Pampanga, prendió con más fuerza la revolución de 1896: fue en Kawit, Cavite, donde Aguinaldo proclamó la independencia en 1898, y en Malolos, Bulacán, donde se instaló la Primera República Filipina. La región es, en muchos sentidos, la cuna política de la nación moderna.
Esas mismas llanuras fueron también tierra de conflicto agrario. Los campesinos que cultivaban el arroz rara vez eran dueños de la tierra que trabajaban, concentrada en manos de unas pocas familias. De ese resentimiento nació, en los años cuarenta, la rebelión de los Hukbalahap, la guerrilla campesina y comunista que primero combatió a los japoneses y luego se alzó contra el Estado independiente. El problema de fondo —el acceso a la tierra— nunca se resolvió del todo y sigue siendo un tema central de la política filipina.
La naturaleza dejó su marca más espectacular en 1991, cuando el volcán Pinatubo, en Zambales, entró en erupción tras siglos de calma. Fue una de las mayores erupciones del siglo XX: expulsó tal cantidad de cenizas y gases que enfrió el clima de todo el planeta durante un par de años. La erupción sepultó pueblos enteros, obligó a evacuar a cientos de miles de personas y precipitó, además, el cierre de la base militar estadounidense de Clark. Fue un recordatorio brutal de la fuerza que moldea, todo el tiempo, la vida en este archipiélago del anillo de fuego.