Gangwon es la Corea de las montañas. Su nombre, acuñado en el siglo XV durante la dinastía Joseon, combina las sílabas de sus dos ciudades principales, Gangneung y Wonju. Pero su rasgo más dramático es más reciente: es la única de las provincias históricas de Corea que quedó literalmente partida en dos por la división del país. En 1945, el paralelo 38 la cortó por la mitad, y tras la Guerra de Corea la línea del armisticio volvió a dividirla, dejando una Gangwon del Sur y una Gangwon del Norte a ambos lados de la DMZ.
La cordillera del Taebaek recorre la provincia de norte a sur como una espina dorsal y la separa en dos mundos: el Yeongseo, al oeste, de valles interiores, y el Yeongdong, la estrecha franja costera del este, asomada al mar del Este (mar del Japón). Esa geografía abrupta mantuvo a Gangwon durante mucho tiempo como la región más aislada y menos desarrollada del país, con una economía basada en la agricultura de montaña, la pesca y, sobre todo, la minería del carbón.
El corazón natural de Gangwon es Seoraksan, el pico más alto de la cordillera del Taebaek y una de las montañas más veneradas de Corea. Su nombre significa 'montaña de las nieves', porque la nieve se demora en sus cumbres rocosas hasta bien entrada la primavera. Es un macizo de crestas de granito, gargantas, cascadas y bosques que en otoño se tiñen de rojo y dorado, atrayendo a multitudes de excursionistas.
El valor de Seoraksan va más allá del paisaje. En 1965 el gobierno lo declaró reserva natural, en 1970 fue uno de los primeros parques nacionales del país y en 1982 la UNESCO lo reconoció como reserva de la biosfera por su riqueza ecológica. En sus laderas se esconden templos budistas centenarios, como Sinheungsa, con un gran Buda de bronce, testimonio de que estas montañas fueron durante siglos lugar de retiro y peregrinación. Seoraksan es, para muchos coreanos, el símbolo de la naturaleza salvaje que sobrevive en un país tan densamente urbanizado.
En la costa, al pie de Seoraksan, Sokcho es la puerta de entrada al parque y una ciudad de pescadores y mariscos. Pero también guarda una historia menos visible de la división coreana. Sokcho estuvo bajo control norcoreano hasta la Guerra de Corea; con el armisticio de 1953 quedó del lado sur, y muchos de sus habitantes se encontraron de golpe separados para siempre de sus familias, al otro lado de la nueva frontera.
El símbolo de esa herida es el barrio de Abai, un poblado levantado por refugiados que habían huido del Norte —muchos de la provincia de Hamgyong— y que se instalaron aquí con la esperanza de volver a casa cuando terminara la guerra. Nunca pudieron. Sus descendientes mantienen todavía la cocina y las costumbres norcoreanas, y el barrio conserva el 'gaetbae', una vieja barcaza que cruza el canal tirada a mano con cuerdas. La comida típica de Abai, como el 'sundae' de calamar relleno, es hoy un atractivo turístico, pero nació de la nostalgia de un pueblo que quedó del lado equivocado de la frontera.
Durante décadas, Gangwon fue considerada la provincia más pobre y aislada de Corea del Sur. Esa imagen empezó a cambiar con un acontecimiento: los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, celebrados en Pyeongchang, un condado de montaña que hasta entonces era conocido sobre todo por sus estaciones de esquí y sus granjas de ovejas. La candidatura tardó tres intentos en prosperar, pero cuando Pyeongchang ganó, se convirtió en la palanca para modernizar toda la región, con nuevas autopistas y una línea de tren de alta velocidad que la conectó con Seúl.
Los Juegos de 2018 tuvieron además un fuerte peso simbólico y diplomático: en plena tensión nuclear, deportistas de las dos Coreas desfilaron juntos bajo una bandera de la unificación en la ceremonia de apertura, y compitió un equipo conjunto de hockey femenino. Fue un breve momento de deshielo que abrió una ronda de cumbres entre el Sur, el Norte y Estados Unidos. Más allá de la política, los Juegos dejaron a Gangwon mejor comunicada y con una nueva vocación turística de invierno, aprovechando que es la región con más nieve del país.
Buena parte del siglo XX, la economía profunda de Gangwon fue el carbón. Las montañas del Taebaek escondían las principales cuencas mineras de Corea del Sur, y ciudades como Taebaek o Jeongseon crecieron al ritmo de las minas, que alimentaban la industria y la calefacción de un país en pleno desarrollo. Fue un trabajo durísimo y peligroso, que atrajo a miles de familias a los valles del interior.
Con la modernización de la economía y el paso al gas y al petróleo, la minería del carbón entró en declive a partir de los años ochenta y noventa, y muchas de aquellas ciudades se vaciaron. Para frenar el despoblamiento, el gobierno autorizó en zonas mineras deprimidas actividades como el casino de Kangwon Land —el único de Corea del Sur donde pueden entrar los ciudadanos coreanos— y promovió el turismo de montaña, los festivales y el patrimonio industrial. La historia de Gangwon en las últimas décadas es la de una reconversión difícil: de la provincia del carbón y la frontera a un destino de naturaleza, esquí y memoria.