Pyeongchang es la montaña de Corea. Un condado de tierras altas, aire puro y praderas alpinas en la provincia de Gangwon, donde los coreanos van a esquiar en invierno, a huir del calor en verano y a respirar todo el año. Su altitud media, en torno a los 700 metros, le da un clima fresco y saludable que la ciudad promociona con orgullo bajo el eslogan 'Happy 700'. Es un paisaje de laderas boscosas, granjas de ovejas, estaciones de esquí y templos budistas escondidos entre montañas.
El mundo entero conoció Pyeongchang en febrero de 2018, cuando fue la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno. Aquellos Juegos —recordados también por el histórico desfile conjunto de las dos Coreas bajo una bandera de unificación— dejaron a la zona una infraestructura de primer nivel: estaciones de esquí olímpicas, un centro de saltos, un plaza olímpica y una conexión de tren de alta velocidad con Seúl que hoy pone la montaña a menos de dos horas de la capital.
Esta guía recorre Pyeongchang con mirada práctica: cómo llegar en KTX desde Seúl, qué hacer en invierno (esquí y nieve) y en verano (praderas, góndolas y senderos), cómo visitar el templo milenario de Woljeongsa y el Parque Nacional de Odaesan, cómo aprovechar el legado olímpico y cómo moverse por un condado donde todo queda lejos. Es la escapada de montaña por excelencia de Corea, para todas las estaciones.
Pyeongchang es una tierra de montaña con una larga tradición budista y una fama moderna ligada al deporte. En sus montes, en el año 643, el monje Jajang fundó el templo de Woljeongsa, en el macizo sagrado de Odaesan ('las cinco cumbres'), uno de los grandes centros del budismo coreano durante más de trece siglos. Durante buena parte de su historia, este fue un condado rural y aislado, de agricultura de altura, ganadería y bosques, con inviernos largos y nevados. Esa misma altitud y esas nevadas, que antes eran sinónimo de dureza, se convirtieron en el siglo XX en su gran activo: Pyeongchang se transformó en la capital del esquí de Corea. Tras dos candidaturas fallidas, la región logró ser elegida sede de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018, que la pusieron en el mapa mundial y modernizaron sus accesos e instalaciones. La historia completa, del templo de Odaesan a la sede olímpica, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La Corea de las montañas y la nieve, partida en dos por la frontera: la cordillera del Taebaek, el parque de Seoraksan y la Pyeongchang de los Juegos Olímpicos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Antes de que Pyeongchang fuera sinónimo de esquí y de Juegos Olímpicos, fue, durante más de mil años, tierra de monjes y de montañas sagradas. El corazón espiritual de la región es el macizo de Odaesan, cuyo nombre —'montaña de las cinco cumbres o mesetas'— alude a las cinco elevaciones que, según la tradición budista, corresponden a cinco moradas de bodhisattvas. Desde antiguo, Odaesan se cuenta entre las montañas más veneradas del budismo coreano.
La figura clave de esta historia es el monje Jajang, uno de los grandes maestros del budismo de Silla, que en el siglo VII viajó a la China de la dinastía Tang y regresó con reliquias y enseñanzas. Según la tradición, en el año 643 Jajang fundó en las faldas de Odaesan el templo de Woljeongsa, que se convertiría en uno de los principales centros monásticos del país. A lo largo de los siglos, en torno a Woljeongsa y al vecino templo de Sangwonsa —que conserva la campana de bronce fechada más antigua de Corea, del siglo VIII— floreció una intensa vida religiosa y cultural.
Estos templos, reconstruidos una y otra vez tras incendios y guerras (incluida la devastación de la Guerra de Corea), siguen vivos y activos. Su presencia explica por qué Pyeongchang, mucho antes de ser un destino deportivo, era ya un lugar de peregrinación y de retiro, envuelto en el silencio de sus bosques de pinos y abetos.
Durante la mayor parte de su historia, Pyeongchang fue un condado rural, remoto y de vida dura, marcado por su geografía de montaña. Situado en las tierras altas de la provincia de Gangwon, con una altitud media en torno a los 700 metros, era una zona de inviernos largos y nevados, veranos frescos, agricultura de altura (papa, maíz, trigo sarraceno), ganadería y explotación forestal. El aislamiento respecto de los grandes centros del país era considerable: llegar hasta aquí, cruzando puertos de montaña como el histórico paso de Daegwallyeong, no era tarea sencilla.
Ese mismo paisaje que hacía difícil la vida cotidiana forjó, sin embargo, una identidad y una cultura propias. Gangwon es tierra de fideos de trigo sarraceno (memil), de platos de hierbas y setas de montaña (sanchae), de patata y de una relación estrecha con el bosque y la nieve. La meseta de Daegwallyeong, con sus pastos de altura, se desarrolló en el siglo XX como una de las grandes zonas ganaderas de Corea, famosa por su carne de res (hanwoo) y sus productos lácteos.
Durante siglos, en definitiva, Pyeongchang fue uno de esos lugares hermosos pero apartados que quedan al margen de la gran historia. Nada hacía prever que aquella misma condición —la altura, el frío, la nieve abundante— acabaría convirtiéndola en la capital de un deporte y en anfitriona del mundo entero.
La transformación de Pyeongchang comenzó en la segunda mitad del siglo XX, cuando Corea del Sur emprendió su vertiginosa modernización y surgió una clase media urbana con tiempo y dinero para el ocio. La abundante nieve y las laderas de Gangwon convirtieron a la región en el destino natural para el esquí, un deporte que se popularizó con fuerza en el país. En 1975 abrió la estación de Yongpyong (Dragon Valley), la primera gran estación de esquí moderna de Corea, que sería durante décadas la más importante del país.
A lo largo de los años se sumaron otras estaciones y complejos —Alpensia, Phoenix— y toda la comarca de Daegwallyeong se especializó en los deportes de invierno y en el turismo de montaña, en verano y en invierno. Yongpyong ganó incluso una fama inesperada en toda Asia cuando, a comienzos de los 2000, sirvió de escenario para el drama televisivo 'Sonata de invierno', un fenómeno de la 'ola coreana' (hallyu) que atrajo a multitudes de turistas.
Con semejante infraestructura y tradición, era cuestión de tiempo que Pyeongchang aspirara a lo más alto. La región presentó su candidatura para los Juegos Olímpicos de Invierno y perdió por muy poco en dos ocasiones —para 2010 y 2014— antes de conseguir, por fin, la elección para 2018. La perseverancia acabó dando fruto.
En febrero de 2018, Pyeongchang fue el centro del mundo. La región acogió los XXIII Juegos Olímpicos de Invierno y, poco después, los Juegos Paralímpicos, con miles de deportistas y visitantes de todo el planeta. Fue la segunda vez que Corea del Sur organizaba unos Juegos Olímpicos (tras los de verano de Seúl 1988) y la primera vez de unos de invierno. Las pruebas se repartieron entre las instalaciones de montaña de Pyeongchang (esquí, saltos, biatlón, deslizamiento) y los estadios de hielo de la vecina Gangneung, en la costa (patinaje, hockey, curling).
Los Juegos dejaron a la región una infraestructura de primer nivel y una conexión decisiva: la línea de tren de alta velocidad KTX Gyeonggang, que redujo el viaje desde Seúl a menos de dos horas y que sigue siendo hoy la vía de acceso más cómoda. Pero, más allá del deporte, aquellos Juegos son recordados por un gesto de enorme carga política y emotiva: en un momento de deshielo entre las dos Coreas, los equipos de Corea del Norte y del Sur desfilaron juntos en la ceremonia de apertura bajo una única bandera de la unificación, y presentaron incluso un equipo conjunto de hockey femenino. Por unos días, la montaña coreana fue escenario de un raro instante de acercamiento entre los dos países.
Las mascotas de aquellos Juegos, el tigre blanco Soohorang y el oso negro Bandabi (de los Paralímpicos), quedaron como símbolos entrañables del evento, y la llama olímpica sigue evocándose en la plaza donde se celebraron las ceremonias.
Tras la fiesta olímpica, Pyeongchang afrontó el reto que enfrentan casi todas las sedes de unos Juegos: qué hacer con las instalaciones y cómo mantener vivo el impulso. La región apostó por consolidarse como el gran destino de montaña de Corea, para todas las estaciones. En invierno, sus estaciones de esquí (Yongpyong, Alpensia, Phoenix) siguen siendo las más importantes del país, con esquí nocturno y actividades de nieve. En verano, la altura y el frescor de la meseta 'Happy 700' atraen a quienes huyen del calor bochornoso de las ciudades, hacia las praderas alpinas, las góndolas panorámicas, los ranchos de ovejas y los senderos de Odaesan.
El legado olímpico se conserva en la Pyeongchang Olympic Plaza, con su memorial y sus mascotas, y en las sedes que hoy se pueden visitar o usar. La conexión de alta velocidad con Seúl acercó definitivamente la montaña a la capital, integrando a Pyeongchang en el mapa del turismo interno. Y los templos milenarios de Odaesan siguen ofreciendo, a pocos kilómetros de las pistas de esquí, un remanso de espiritualidad y de bosque.
Así, Pyeongchang reúne hoy sus dos almas: la antigua, de montaña sagrada y monasterios budistas envueltos en abetos, y la moderna, de deporte, nieve y proyección internacional. De condado rural apartado a anfitriona del mundo, su historia es la de un lugar que convirtió su mayor dificultad —la altura y el frío— en su mayor tesoro.