Sokcho es el mejor de los dos mundos: montaña y mar en el mismo lugar. Es una ciudad marinera del noreste de Corea, con playas de arena, un puerto lleno de restaurantes de marisco y un aire de pueblo costero relajado; y es, a la vez, la puerta de entrada al Parque Nacional de Seoraksan, la montaña más espectacular y venerada del país, con picos de granito, cascadas, templos milenarios y el follaje de otoño más famoso de Corea. En un mismo día podés subir en teleférico a una fortaleza en las alturas y terminar comiendo cangrejo frente al mar.
Pero Sokcho tiene además una historia que la hace única y conmovedora. Hasta el final de la Guerra de Corea, en 1953, esta zona estaba del lado norte de la frontera, y aquí se refugiaron miles de norcoreanos que huyeron de sus pueblos durante la guerra y ya no pudieron volver. Su barrio, la aldea Abai, sigue siendo un rincón especial, con sus platos norcoreanos y su balsa que cruza el canal tirando de una cuerda. Sokcho es, así, una ventana a la Corea partida en dos.
Esta guía recorre Sokcho y el Seoraksan con mirada práctica: cómo llegar en bus desde Seúl, cómo organizar la visita al parque nacional (el teleférico, los templos, las caminatas para todos los niveles), qué ver en la ciudad y la costa, dónde comer el mejor marisco y qué historia se esconde en la aldea Abai. Es una de las escapadas de naturaleza más queridas de Corea.
Sokcho tiene una historia marcada por la división de Corea. Al terminar la Segunda Guerra Mundial y dividirse la península por el paralelo 38 en 1945, Sokcho quedó en el lado norte, bajo control de Corea del Norte. Durante la Guerra de Corea (1950-1953) fue escenario de combates y cambió de manos; con el armisticio de 1953 y la nueva línea de frontera, quedó definitivamente en el Sur. Miles de norcoreanos que habían huido hacia el sur durante la guerra se quedaron varados aquí, sin poder regresar a sus pueblos, y fundaron la aldea Abai, que conserva hasta hoy su cocina y su memoria norcoreana. El Parque Nacional de Seoraksan, por su parte, guarda templos budistas de origen milenario, como Sinheungsa, fundado en tiempos del reino de Silla, y fue declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1982 por su riqueza natural. La historia completa, de la montaña sagrada a la ciudad de los refugiados, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La Corea de las montañas y la nieve, partida en dos por la frontera: la cordillera del Taebaek, el parque de Seoraksan y la Pyeongchang de los Juegos Olímpicos.
Leer la historia de El este y las montañas (Gangwon) →Sin precios exactos: escala de $ (económico) a $$$$$ (lujo), con 2-3 opciones por categoría.
Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de esta esquina del noreste de Corea empieza, mucho antes que cualquier ciudad, en la montaña. El Seoraksan —cuyo nombre significa, literalmente, 'montaña de las nieves', por la escarcha y la nieve que cubren sus cumbres buena parte del año— es una de las grandes montañas sagradas de Corea desde tiempos remotos. Forma parte de la cordillera de Baekdudaegan, la 'columna vertebral' montañosa de la península, considerada por los coreanos la espina dorsal espiritual de su tierra.
Durante siglos, sus valles de granito, bosques y cascadas fueron refugio de monjes budistas y ermitaños, que levantaron templos y pequeñas ermitas al abrigo de los picos. El más importante es el templo de Sinheungsa, cuyos orígenes se remontan al reino de Silla, hace más de mil trescientos años; la tradición sitúa su primera fundación en el siglo VII, de la mano del célebre monje Jajang. Reconstruido varias veces a lo largo de los siglos tras incendios y avatares, Sinheungsa sigue siendo un centro de la orden budista Jogye y una puerta espiritual a la montaña.
Esa antigüedad y esa riqueza natural explican por qué, ya en la época moderna, el Seoraksan recibió las máximas protecciones: fue declarado Parque Nacional en 1970 y Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1982, en reconocimiento a su excepcional biodiversidad. La montaña es, así, el corazón antiguo alrededor del cual gira toda la región.
A los pies de la montaña, sobre el mar del Este, la ciudad de Sokcho creció como lo que sigue siendo en esencia: un puerto de pescadores. La combinación de una costa rica en pescado y unas lagunas costeras (los lagos Cheongcho y Yeongnang) hizo de este un buen lugar para asentarse y vivir del mar.
Durante la mayor parte de su historia, Sokcho fue una localidad modesta de la provincia de Gangwon, dedicada a la pesca —el abadejo, el calamar, el cangrejo— y al comercio marítimo de la costa oriental. No tenía la importancia de las grandes ciudades del interior ni de los puertos del sur, pero sí una identidad marinera clara y una despensa de mar envidiable, que hasta hoy es una de sus grandes señas de identidad.
Esa vida tranquila de puerto se vería sacudida, en el siglo XX, por los acontecimientos más dramáticos de la historia coreana: la ocupación japonesa, la liberación, y sobre todo la división de la península y la guerra. Y es aquí donde la historia de Sokcho se vuelve verdaderamente singular, porque pocas ciudades de Corea del Sur vivieron la partición del país tan en carne propia como esta.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Corea fue liberada del dominio japonés pero, casi de inmediato, quedó dividida en dos por las potencias vencedoras: los soviéticos ocuparon el norte y los estadounidenses el sur, tomando como línea divisoria el paralelo 38. Sokcho, por su posición, quedó al norte de esa línea: durante unos años, esta ciudad y su región estuvieron bajo administración de Corea del Norte.
El estallido de la Guerra de Corea, en junio de 1950, convirtió toda esta franja del noreste en un campo de batalla. La región cambió de manos varias veces en el vaivén de los frentes. Cuando por fin se firmó el armisticio, en julio de 1953, la nueva línea de demarcación —la actual frontera fortificada entre las dos Coreas— dejó a Sokcho, esta vez sí, del lado sur. La ciudad que había nacido y crecido en el 'norte' amaneció, tras la guerra, en el 'sur'.
Esa peculiaridad histórica marca a Sokcho hasta hoy. La frontera con Corea del Norte queda a muy poca distancia hacia el norte, y la ciudad convive con esa cercanía. Pero, sobre todo, la guerra dejó en Sokcho una huella humana imborrable: la de los miles de refugiados del norte que se quedaron aquí para siempre.
Cuando el frente de la Guerra de Corea avanzó hacia el norte, en 1950 y 1951, muchos habitantes de las provincias norteñas de Hamgyeong huyeron hacia el sur para escapar de los combates y del régimen. Miles de ellos se refugiaron en Sokcho, en la desembocadura del lago Cheongcho, convencidos de que la separación sería breve y de que pronto podrían regresar a sus pueblos. Pero la firma del armisticio en 1953 selló la frontera de forma indefinida, y aquellos refugiados quedaron atrapados en el sur, sin posibilidad de volver a su tierra ni de reencontrarse con los familiares que habían dejado atrás.
Aquellos desplazados levantaron, con lo que tenían, un barrio propio en la lengua de tierra frente al canal: la aldea Abai. El nombre viene de 'abai', palabra que en el dialecto de Hamgyeong significa 'anciano' o 'padre'. Allí reconstruyeron, en la medida de lo posible, un pedazo de su mundo perdido: su forma de hablar, sus costumbres y, sobre todo, su cocina, con platos como el naengmyeon estilo Hamheung (fideos fríos picantes) y el sundae de calamar, que hoy son la seña de identidad gastronómica del barrio.
La aldea Abai es, por eso, mucho más que un rincón pintoresco: es un memorial vivo de la tragedia de la división coreana, de las familias separadas y de una generación entera que esperó, año tras año, un regreso que nunca llegó. Su famosa balsa que cruza el canal tirándose de una cuerda, popularizada por un drama televisivo, se ha vuelto un símbolo entrañable de esa comunidad que hizo de un exilio forzado un hogar.
El Sokcho de hoy ha convertido su doble tesoro —el mar y el Seoraksan— en el motor de su vida. Desde la segunda mitad del siglo XX, y sobre todo con la mejora de las carreteras y la popularización del turismo interno, la ciudad se transformó en uno de los grandes destinos de escapada de los coreanos: multitudes suben cada otoño a contemplar el follaje legendario del Seoraksan y bajan luego a comer marisco fresco frente al mar. El teleférico a la fortaleza de Gwongeumseong, los senderos a Ulsanbawi y Biseondae, las playas y los puertos hacen de Sokcho un lugar donde, en un solo día, se pasa de la cumbre al oleaje.
La ciudad también se modernizó y se puso de moda entre los jóvenes: aparecieron cafés de diseño en la aldea Abai y la costa, se instaló la noria Sokcho Eye junto a la playa, y la localidad ganó fama por su pollo frito (dakgangjeong) y su ambiente relajado de pueblo de mar. La cercanía con la frontera, lejos de ser un lastre, se integró en su identidad como recordatorio permanente de la historia reciente del país.
Así, Sokcho reúne en pocos kilómetros muchas de las capas de Corea: la espiritualidad antigua de los templos de montaña, la fuerza de la naturaleza protegida por la UNESCO, la tragedia y la resiliencia de la división nacional, y el disfrute contemporáneo del mar y la buena mesa. Una ciudad pequeña que, mirada de cerca, cuenta buena parte de la historia de un país partido en dos y de una naturaleza que sigue, por encima de todo, invariable y sublime.