Pocas ciudades del mundo cargan con tanta historia como Xi'an. Bajo su antiguo nombre de Chang'an ('Paz Perpetua') fue capital de más de diez dinastías a lo largo de más de un milenio, desde los Zhou occidentales y la dinastía Qin del Primer Emperador hasta los Han y los Tang. En sus cercanías está el mausoleo de Qin Shi Huang con su ejército de guerreros de terracota, descubierto en 1974, uno de los hallazgos arqueológicos más asombrosos de la historia.
Su apogeo llegó bajo la dinastía Tang (618-907), cuando Chang'an fue la ciudad más grande y cosmopolita del planeta, con más de un millón de habitantes dentro de una cuadrícula amurallada perfectamente planificada. Era la terminal oriental de la Ruta de la Seda: por sus puertas entraban caravanas de Asia Central, mercaderes persas y sogdianos, monjes budistas y comunidades de todas las religiones. La Gran Pagoda del Ganso Salvaje se levantó para guardar los textos budistas que el monje Xuanzang trajo de la India tras un viaje legendario.
Esa vocación de encrucijada dejó una huella que perdura: el barrio musulmán de Xi'an, con su Gran Mezquita y la comunidad hui, descendiente en parte de aquellos mercaderes de la Ruta de la Seda, es una de las señas de identidad de la ciudad. Xi'an conserva además su muralla Ming casi completa, un raro anillo de fortificación que rodea el casco histórico. Es, en muchos sentidos, la puerta de entrada al pasado más profundo de China.
Al suroeste, encerrada entre montañas y protegida del resto del país por barreras naturales, se extiende la cuenca de Sichuan, una de las regiones más fértiles y densamente pobladas de China. Su relativo aislamiento le dio siempre una fuerte personalidad: en la Antigüedad fue el reino de Shu, uno de los tres protagonistas del período de los Tres Reinos, y a lo largo de la historia funcionó a menudo como refugio cuando el resto del país se hundía en la guerra.
La clave de su prosperidad tiene más de dos milenios: hacia el 256 a. C., el ingeniero Li Bing, al servicio del estado de Qin, dirigió la construcción del sistema de irrigación de Dujiangyan, que domó las crecidas del río Min y regó la llanura de Chengdu sin necesidad de represas. La obra sigue en funcionamiento hoy —está en la lista del Patrimonio Mundial— y convirtió a Sichuan en un vergel al que los chinos llaman desde antiguo 'la tierra de la abundancia'.
Su capital, Chengdu, es célebre por su ritmo pausado, sus casas de té, su cocina picante inconfundible —una de las grandes tradiciones culinarias del país— y, sobre todo, por ser el hogar del oso panda gigante, cuyo hábitat en las montañas de Sichuan alberga los centros de cría más importantes del mundo. Frontera histórica entre la China han y las tierras tibetanas y de las minorías del suroeste, Sichuan es una región de transición, puente entre las llanuras del interior y las alturas del Tíbet.
Río abajo de Chengdu, encaramada sobre las colinas donde el río Jialing se une al Yangtsé, Chongqing es una metrópolis montañosa y vertiginosa que hoy figura entre las mayores aglomeraciones urbanas del planeta. Su historia está atada al gran río: fue durante milenios el puerto que conectaba el aislado Sichuan con el resto de China a través del Yangtsé, y sigue siendo el punto de partida de los cruceros que atraviesan las espectaculares Tres Gargantas.
Ese desfiladero legendario es también escenario de una de las obras de ingeniería más colosales y polémicas de la China contemporánea: la presa de las Tres Gargantas, la mayor central hidroeléctrica del mundo, terminada en 2012. Su construcción obligó a desplazar a más de un millón de personas y a inundar ciudades, pueblos y sitios arqueológicos enteros, en un debate sobre progreso, medio ambiente y costo humano que resume muchas de las tensiones del desarrollo chino.
El capítulo más dramático de Chongqing llegó durante la guerra con Japón. Cuando las tropas japonesas ocuparon el este y las capitales del gobierno nacionalista cayeron, Chiang Kai-shek trasladó su capital a Chongqing, tierra adentro, protegida por las montañas. Entre 1938 y 1943, la ciudad soportó uno de los bombardeos aéreos más prolongados de la historia, símbolo de la resistencia china frente a la invasión. Refugiada, castigada y finalmente convertida en gran metrópoli industrial del interior, Chongqing encarna la China profunda que sostuvo al país en sus horas más oscuras.
Más allá de Sichuan se alza la meseta del Tíbet, el 'techo del mundo', una inmensa altiplanicie a más de 4.000 metros de altura donde se desarrolló una civilización única. En el siglo VII, el rey Songtsen Gampo unificó las tribus tibetanas y fundó un imperio que llegó a rivalizar con la China de los Tang, al punto de ocupar brevemente su capital. De aquella época data la introducción del budismo, traído de la India, que con el tiempo se fusionó con creencias autóctonas y dio lugar al característico budismo tibetano.
Tras la desintegración del imperio, el Tíbet quedó organizado en torno al poder religioso. A partir del siglo XVII se consolidó el gobierno de los Dalai Lamas, líderes espirituales y temporales de la escuela Gelug, que hicieron de Lhasa su capital. Allí, sobre una colina, se levanta el palacio de Potala, residencia invernal de los Dalai Lamas y una de las obras arquitectónicas más imponentes de Asia, junto al templo de Jokhang, corazón espiritual de la ciudad y meta de peregrinos que recorren miles de kilómetros postrándose en el camino.
La relación histórica entre el Tíbet y China es materia de intenso debate. Durante las dinastías Yuan y Qing existió una compleja vinculación que China interpreta como soberanía y buena parte de la tradición tibetana como una relación de 'patrón y sacerdote' entre iguales. Lo indiscutible es que, en las primeras décadas del siglo XX, tras la caída del imperio Qing, el Tíbet funcionó de hecho de manera autónoma, con su propio gobierno en Lhasa, aunque sin un reconocimiento internacional pleno de su independencia.
En octubre de 1950, poco después de la fundación de la República Popular, el Ejército Popular de Liberación entró en el Tíbet oriental y derrotó a las fuerzas tibetanas. En mayo de 1951, representantes del gobierno tibetano firmaron en Pekín el llamado Acuerdo de los Diecisiete Puntos, por el que el Tíbet quedaba bajo soberanía china a cambio de promesas de autonomía y de respeto al sistema religioso y al papel del Dalai Lama. La validez de ese acuerdo es discutida: el gobierno tibetano en el exilio sostiene que sus delegados lo firmaron bajo coacción, algo que Pekín rechaza.
Las tensiones estallaron en marzo de 1959. Ante el temor de que las autoridades chinas fueran a detener al 14.º Dalai Lama, se produjo en Lhasa un levantamiento popular que fue reprimido. El Dalai Lama huyó a la India, donde estableció un gobierno tibetano en el exilio en Dharamsala y donde permanece hasta hoy, seguido por decenas de miles de tibetanos. El Tíbet quedó plenamente integrado en la República Popular, y en 1965 se creó la Región Autónoma del Tíbet.
Lo que ocurrió después sigue siendo uno de los temas más sensibles y polarizados de la política asiática. Para el gobierno chino, la incorporación del Tíbet supuso el fin de un sistema feudal y teocrático y trajo desarrollo, infraestructura y mejoras materiales. Para el gobierno en el exilio y numerosas organizaciones de derechos humanos, implicó la represión de la cultura, la religión y la lengua tibetanas, con episodios como la destrucción de monasterios durante la Revolución Cultural y las protestas reprimidas de 1989 y 2008. El propio Dalai Lama, premio Nobel de la Paz en 1989, ha reclamado durante décadas no la independencia sino una 'autonomía genuina', propuesta que Pekín rechaza. Es un conflicto abierto, sobre el que conviven relatos históricos profundamente enfrentados.