Todo el norte vietnamita gira en torno al delta del río Rojo, la llanura fértil donde nació la civilización vietnamita hace más de dos mil años. Fue aquí donde floreció la cultura Dong Son con sus tambores de bronce, y aquí estuvieron los reinos legendarios de Van Lang y Au Lac. Cerca de la actual Hanói todavía se conservan los restos de Co Loa, la ciudadela en espiral que la tradición atribuye a An Duong Vuong hacia el siglo III a. C., considerada la fortificación más antigua del país.
La clave del delta es el arroz y el agua. Durante siglos, las comunidades campesinas levantaron un sistema de diques y canales para domar las crecidas del río Rojo, un esfuerzo colectivo que moldeó una sociedad aldeana muy organizada y comunitaria. Ese paisaje de arrozales, aldeas amuralladas por setos de bambú y pagodas budistas es el corazón simbólico de la identidad vietnamita. Del delta salieron las dinastías, la lengua y la cultura que después se expandirían hacia el sur.
En 1010, el emperador Ly Thai To trasladó la capital desde la encerrada Hoa Lu hasta la orilla del río Rojo y la llamó Thang Long, 'el dragón que asciende', por el dragón dorado que, según la leyenda, vio elevarse al llegar. Es la ciudad que hoy conocemos como Hanói. Durante casi ocho siglos fue la sede de la corte vietnamita, y su Ciudadela Imperial de Thang Long, hoy Patrimonio de la Humanidad, guarda capas superpuestas de todas esas dinastías.
La ciudad tuvo muchos nombres. Se llamó Dong Kinh —de donde los europeos sacaron 'Tonkín'— y recién en 1831 la dinastía Nguyen, que gobernaba desde Hue, le dio el nombre actual de Hanói, 'la ciudad entre ríos'. Bajo los franceses fue la capital de toda la Indochina, y de esa época vienen su ópera, su catedral y los bulevares arbolados del centro. El Barrio Antiguo, con sus 36 calles gremiales, y el lago Hoan Kiem, con su leyenda de la espada devuelta a una tortuga divina, son el alma de una capital que combina mil años de historia con el bullicio de las motos.
Antes que Thang Long, la capital de un Vietnam independiente estuvo en Hoa Lu, en un anfiteatro de picos calizos de la actual provincia de Ninh Binh, unos 90 kilómetros al sur de Hanói. Allí, en 968, Dinh Bo Linh se proclamó emperador tras derrotar a los 'doce señores de la guerra' y fundó el Estado de Dai Co Viet, el primer imperio vietnamita. Las montañas hacían de muralla natural, ideales para defender una independencia todavía frágil frente a China.
Hoa Lu fue capital de las breves dinastías Dinh y Primera Le durante unas cuatro décadas, hasta que Ly Thai To se mudó a Thang Long en 1010. Hoy quedan los templos dedicados a los emperadores Dinh y Le en la aldea de Truong Yen, en medio de un paisaje espectacular de arrozales inundados y farallones de piedra que le ganó el apodo de 'bahía de Halong terrestre'. Los paseos en barca por Tam Coc y Trang An —este último también Patrimonio de la Humanidad— atraviesan cuevas y templos en un decorado que fue, literalmente, la primera sede del poder imperial del país.
Hacia el noroeste, el delta se levanta en un mar de montañas que trepa hasta el Fansipan, el techo de Indochina con 3.143 metros. Estas tierras altas nunca fueron plenamente vietnamitas en lo étnico: son el hogar de decenas de minorías —hmong, dao, tay, giay y muchas más— que llegaron en oleadas desde el sur de China a lo largo de los siglos y conservan sus lenguas, sus trajes y sus creencias propias. En torno a Sapa, los hmong y los dao rojos labraron en las laderas las terrazas de arroz que hoy son una postal mundial.
Esa diversidad convive con una larga condición fronteriza. Toda esta región limita con China, y sus pasos de montaña fueron ruta de invasiones y de comercio durante toda la historia. Ha Giang, en el extremo norte, es la provincia más remota del país: su meseta kárstica de Dong Van, hoy geoparque de la Unesco, y el vertiginoso paso de Ma Pi Leng sobre el cañón del río Nho Que forman uno de los paisajes más espectaculares del Sudeste Asiático, recorrido hoy por el famoso circuito en moto. Durante la guerra chino-vietnamita de 1979 y los años siguientes, estas montañas fueron de nuevo un frente de combate.
El pueblo de Sapa tal como se lo conoce hoy nació de la colonización. Originalmente era un asentamiento de los hmong negros, hasta que en 1901 llamó la atención de los franceses por su clima fresco y sus paisajes; hacia 1903 se instaló una guarnición militar y el lugar tomó el nombre de 'Cha Pa', luego adaptado a Sa Pa, de una aldea con mercado cercana. Buscando escapar del calor sofocante del delta, los franceses convirtieron Sapa en una estación de altura, con villas, un sanatorio y hoteles donde los funcionarios coloniales pasaban el verano.
Esa doble herencia —montaña de minorías y balneario colonial— define todavía a Sapa. Tras décadas de abandono y de daños durante las guerras, el pueblo resurgió con la apertura del país al turismo en los años noventa y noventa y volvió a llenarse de visitantes. Hoy es la base para el trekking entre aldeas y para subir al Fansipan, y también un lugar donde se discute el impacto del turismo masivo sobre las comunidades hmong y dao que le dan su identidad. En Sapa se cruzan, a plena vista, la Vietnam de las minorías, la del pasado colonial y la del presente turístico.