Antes de que hubiera basílica, museos o Estado, la colina vaticana era un descampado al otro lado del Tíber, fuera de los muros de Roma, ocupado por jardines imperiales, un circo y una necrópolis. Allí, en el circo que habían empezado Calígula y Nerón, la tradición sitúa uno de los episodios fundacionales del cristianismo: el martirio del apóstol Pedro, considerado por los católicos el primer papa, durante la persecución desatada por Nerón tras el gran incendio de Roma del año 64.
Los relatos antiguos cuentan que Pedro fue crucificado hacia el año 64 o 67 y que pidió ser clavado cabeza abajo por no considerarse digno de morir como Jesús. Sus seguidores lo habrían enterrado cerca, en la necrópolis contigua al circo, en una tumba humilde marcada con el tiempo por un pequeño monumento. Ese punto —un enterramiento pobre junto a un muro pintado de rojo— se volvería el centro geográfico exacto de todo lo que vino después: la basílica se construyó, literalmente, alrededor de esa tumba.
Conviene la precisión: el martirio de Pedro en Roma está atestiguado por fuentes cristianas tempranas, pero los detalles concretos pertenecen a la tradición y no a la crónica documental. Las excavaciones arqueológicas realizadas bajo la basílica entre 1940 y 1949 sacaron a la luz la necrópolis romana y un conjunto de tumbas coherente con el relato; en 1968, Pablo VI anunció que se habían identificado restos que la Santa Sede considera los de Pedro, aunque una parte de los especialistas mantiene reservas. Lo indiscutible, más allá de la fe, es que la creencia en que Pedro yace bajo ese altar organizó dos milenios de historia en este lugar.
El cristianismo dejó de ser perseguido cuando el emperador Constantino, tras el Edicto de Milán del 313, se volcó a favorecerlo. Hacia el 320, Constantino ordenó levantar sobre la colina vaticana una gran basílica que honrara la tumba de Pedro. La obra fue enorme para su época: hubo que arrasar parte de la necrópolis pagana y nivelar el terreno de la ladera, sepultando tumbas que recién volverían a verse en el siglo XX, para que el altar quedara justo encima del enterramiento venerado.
La llamada vieja basílica de San Pedro, o basílica constantiniana, era una construcción de cinco naves, con un atrio y un tamaño monumental; pudo terminarse hacia mediados del siglo IV. Durante más de mil años fue uno de los principales centros de peregrinación de la cristiandad: allí se coronaron emperadores —Carlomagno el día de Navidad del año 800—, se enterraron papas y se acumularon reliquias, mosaicos y donaciones de toda Europa.
Hacia el Renacimiento, sin embargo, aquel edificio milenario amenazaba ruina: los muros se inclinaban y las estructuras cedían. Esa decadencia física, sumada a la ambición artística de los papas del siglo XVI, llevó a una decisión tan audaz como polémica: demoler la basílica de Constantino y levantar en su lugar una nueva, la que hoy conocemos. La vieja San Pedro se fue derribando por partes a lo largo de un siglo; sus últimos restos cayeron alrededor de 1605.
Durante siglos, el obispo de Roma no fue solo una autoridad espiritual: fue también un soberano que gobernaba tierras, cobraba impuestos y libraba guerras. El origen de ese poder temporal suele fecharse en el año 756, cuando el rey franco Pipino el Breve, tras derrotar a los lombardos, entregó al papa un conjunto de territorios en el centro de Italia. Esa 'Donación de Pipino' fue la base jurídica de los Estados Pontificios, que en su mayor extensión abarcaron buena parte de Italia central, del Lacio a Rávena.
Durante la Edad Media circuló además un documento célebre, la 'Donación de Constantino', según el cual el emperador habría cedido al papa la autoridad sobre Occidente. En el siglo XV, el humanista Lorenzo Valla demostró con análisis filológico que era una falsificación posterior; el episodio es un ejemplo clásico de cómo la crítica histórica desmontó un fundamento del poder papal que se había dado por cierto durante siglos.
Como príncipes temporales, los papas quedaron enredados en las guerras, las alianzas y las intrigas dinásticas de Italia y Europa. Algunos fueron gobernantes hábiles, otros mecenas espléndidos y otros figuras cuestionadas por su vida mundana. Esa doble condición —pastores de almas y jefes de Estado— sería la raíz de casi todos los conflictos que marcaron la historia del Vaticano hasta el siglo XX, y de la larga tensión entre la Iglesia y los poderes civiles que reclamaban para sí la soberanía sobre el territorio.
Entre finales del siglo XV y el XVI, el papado se convirtió en el mayor motor artístico de Europa. Papas como Sixto IV, Julio II y León X entendieron que el esplendor del arte era también una forma de poder y de propaganda, y llamaron a Roma a los mejores artistas de la época. El resultado es una concentración de obras maestras que no tiene igual en el mundo y que hizo de la colina vaticana el escenario del Alto Renacimiento.
Sixto IV mandó construir, entre 1473 y 1481, la capilla que lleva su nombre, la Sixtina, destinada a las grandes ceremonias papales y a los cónclaves. Su sobrino Julio II, un papa guerrero y ambicioso, tomó dos decisiones que definirían el rostro del Vaticano: en 1506 puso la primera piedra de la nueva basílica de San Pedro, según el proyecto de Donato Bramante, y encargó a los artistas que trabajaban en Roma las obras que hoy son símbolos del arte occidental. Miguel Ángel pintó la bóveda de la Sixtina entre 1508 y 1512, con la célebre 'Creación de Adán'; Rafael decoró al mismo tiempo las estancias papales con frescos como 'La escuela de Atenas'.
La empresa fue descomunal y costosísima. Para financiar la nueva San Pedro, la Iglesia intensificó la venta de indulgencias, una práctica que en 1517 encendió la protesta de Martín Lutero y desató la Reforma protestante. Es una de las grandes ironías de la historia del Vaticano: el mismo proyecto que produjo la basílica más famosa del cristianismo contribuyó a partir en dos la cristiandad occidental.
En medio de aquel esplendor llegó una de las catástrofes más brutales de la historia de la ciudad. El 6 de mayo de 1527, en el marco de las guerras entre el emperador Carlos V y la Liga de Cognac —a la que se había sumado el papa Clemente VII, de la familia Medici—, un ejército imperial en su mayoría impago y amotinado, compuesto por soldados alemanes (muchos de ellos luteranos), españoles e italianos, asaltó Roma sin freno.
La defensa se derrumbó enseguida. La Guardia Suiza, el cuerpo que protegía al papa, resistió en las escalinatas de San Pedro para cubrir la huida de Clemente VII: la enorme mayoría de sus hombres murió en la lucha, y ese sacrificio quedó grabado en la memoria del cuerpo, que aún hoy jura fidelidad al papa el 6 de mayo en recuerdo de aquella jornada. El pontífice logró refugiarse en el Castel Sant'Angelo, conectado con el Vaticano por un pasadizo, y allí permaneció asediado durante meses hasta pagar un enorme rescate.
Lo que siguió fue un saqueo prolongado y feroz: iglesias profanadas, palacios arrasados, matanzas y una epidemia que se sumó al hambre. Se estima que la población de Roma se desplomó de unas 55.000 personas a alrededor de 10.000 entre las muertes y la huida. El saco de 1527 se suele señalar como el fin simbólico del Renacimiento romano y como un golpe del que el prestigio del papado tardó en recuperarse. También reforzó una idea que volvería una y otra vez: sin un poder que garantizara su independencia, el papa quedaba a merced de los ejércitos de turno.
Tras el trauma del saco y el desafío de la Reforma protestante, la Iglesia respondió con el Concilio de Trento (1545-1563) y una ofensiva cultural: la Contrarreforma. El arte pasó a ser un instrumento para conmover, persuadir y reafirmar la fe católica, y Roma se convirtió en el gran escaparate de esa estrategia. El estilo barroco, teatral y emotivo, encontró en el Vaticano su expresión más ambiciosa.
La nueva basílica de San Pedro se fue completando a lo largo de más de un siglo con el aporte de sucesivos genios. Miguel Ángel, nombrado arquitecto jefe en 1546, diseñó la gran cúpula, que fue terminada por Giacomo della Porta y Domenico Fontana hacia 1590. Pero quien dio a este conjunto su rostro definitivo fue Gian Lorenzo Bernini, el gran maestro del barroco. Entre 1623 y 1634 levantó, sobre el altar mayor y la tumba de Pedro, el colosal baldaquino de bronce; y entre 1656 y 1667, por encargo del papa Alejandro VII, diseñó la plaza de San Pedro con su doble columnata elíptica de 284 columnas, concebida como dos brazos que abrazan a los fieles.
La basílica actual fue finalmente consagrada en 1626 por el papa Urbano VIII, mil trescientos años después de la vieja iglesia de Constantino. El resultado de todo ese esfuerzo es el Vaticano que el mundo reconoce: una escenografía monumental pensada para impresionar y para proclamar, en piedra y bronce, la continuidad de la Iglesia romana frente a quienes la habían desafiado.
El siglo XIX trajo el nacionalismo y el proyecto de unificar Italia, el Risorgimento, que chocó de frente con la existencia de los Estados Pontificios en el centro de la península. Roma, gobernada por el papa y protegida durante años por una guarnición francesa, era la última pieza que faltaba para completar la unidad italiana. Cuando la guerra franco-prusiana de 1870 obligó a Francia a retirar sus tropas, el reino de Italia actuó.
El 20 de septiembre de 1870, el ejército italiano abrió una brecha en las murallas de Roma junto a la Porta Pia y entró en la ciudad tras un breve combate que dejó unas decenas de muertos. El papa Pío IX había ordenado una resistencia solo simbólica para dejar constancia de que cedía ante la fuerza. Con la toma de Roma terminaron los Estados Pontificios, que existían desde el siglo VIII, y con ellos el poder temporal del papado. Un plebiscito ratificó la anexión, y en 1871 Roma se convirtió en capital de Italia.
El papa rechazó la situación y la compensación que el nuevo Estado le ofrecía por la ley de Garantías. Pío IX y sus sucesores se consideraron 'prisioneros en el Vaticano' y se recluyeron en el palacio, sin volver a pisar suelo italiano ni reconocer al reino. Se abrió así la llamada 'cuestión romana': durante casi sesenta años, el papado y el Estado italiano no tuvieron relaciones, y el estatus jurídico del pontífice quedó en un limbo. La independencia perdida en 1527 y confirmada como problema en 1870 solo se resolvería en el siglo XX.
La cuestión romana se cerró el 11 de febrero de 1929 con la firma de los Pactos de Letrán entre la Santa Sede y el reino de Italia. Los firmaron, en nombre del rey Víctor Manuel III, el jefe del gobierno Benito Mussolini, y en nombre del papa Pío XI, el cardenal secretario de Estado Pietro Gasparri. El acuerdo tenía tres partes: un tratado que reconocía la soberanía del papa sobre un territorio propio, un convenio financiero que compensaba a la Iglesia por los Estados Pontificios perdidos en 1870, y un concordato que regulaba la posición de la Iglesia católica en Italia.
Ese tratado creó, sobre las 44 hectáreas en torno a la basílica y los palacios, el Estado de la Ciudad del Vaticano: el país independiente más pequeño del mundo, con el papa como jefe de Estado. Nacía así una entidad nueva, distinta de la Santa Sede: un territorio soberano que garantizaba, por fin, la independencia material del pontífice frente a cualquier poder.
El hecho de que el acuerdo se firmara con el régimen fascista ha sido objeto de análisis y debate. Para Mussolini, los pactos aportaban legitimidad y el respaldo de la Iglesia; para Pío XI, resolvían un problema que ningún gobierno anterior había querido zanjar y aseguraban la libertad de la Santa Sede. La relación entre el Vaticano y el fascismo no fue idílica: en 1931, la encíclica 'Non abbiamo bisogno' condenó el intento del régimen de monopolizar la educación de la juventud, y las fricciones continuaron. Historiadores discuten hasta hoy el alcance de aquel entendimiento; lo que no se discute es que de él salió el Estado que existe en la actualidad.
Con la Segunda Guerra Mundial, el nuevo Estado se encontró siendo un enclave neutral rodeado por una Italia primero fascista y aliada de Alemania, y luego, desde 1943, ocupada por tropas alemanas. El papa Pío XI había muerto en 1939, poco antes del estallido del conflicto; le sucedió Pío XII, cuyo pontificado quedó marcado por la guerra y sigue siendo uno de los más debatidos de la historia contemporánea.
El Vaticano mantuvo formalmente la neutralidad y desplegó una intensa labor humanitaria y diplomática. Conventos, iglesias y edificios de la Santa Sede en Roma dieron refugio a numerosas personas perseguidas, incluidos judíos, durante la ocupación alemana. Al mismo tiempo, la conducta pública de Pío XII frente al Holocausto ha generado una controversia historiográfica de largo alcance: sus defensores sostienen que la prudencia y la acción reservada salvaron vidas y evitaron represalias peores, mientras que sus críticos le reprochan no haber denunciado de forma explícita y pública el exterminio de los judíos.
Ese debate se ha nutrido, en las últimas décadas, de la apertura progresiva de los archivos vaticanos del período, dispuesta para permitir una evaluación más documentada. Es un caso en el que conviene ser exactos: hay hechos establecidos —la neutralidad, el auxilio a refugiados, la deportación de los judíos de Roma en octubre de 1943 casi bajo las ventanas del papa— y hay una interpretación aún abierta sobre los silencios y los límites de la actuación de la Santa Sede. La discusión sigue viva entre los especialistas.
El acontecimiento religioso más importante del Vaticano en el siglo XX se celebró en la propia basílica de San Pedro, convertida en aula conciliar. El papa Juan XXIII convocó el Concilio Vaticano II, que sesionó entre el 11 de octubre de 1962 y el 8 de diciembre de 1965 y reunió a más de dos mil obispos de todo el mundo. Fue el vigésimo primer concilio ecuménico de la Iglesia católica y el intento más ambicioso de poner la institución 'al día' frente al mundo moderno, en la palabra que resumió su espíritu: aggiornamento.
Juan XXIII murió en 1963, cuando el concilio recién empezaba, y fue su sucesor, Pablo VI, quien lo continuó y lo llevó a término. En cuatro sesiones, la asamblea aprobó dieciséis documentos —constituciones, decretos y declaraciones— que transformaron aspectos centrales de la vida católica: la misa dejó de celebrarse obligatoriamente en latín y pasó a las lenguas de cada país, con el sacerdote de cara a los fieles; se replanteó la relación con las demás confesiones cristianas y con otras religiones; y se amplió el papel de los laicos.
El Vaticano II abrió una etapa de renovación, pero también de tensiones internas que llegan hasta hoy. Sectores tradicionalistas rechazaron varias de sus reformas, en especial las litúrgicas, y el debate sobre cómo interpretar el concilio —como ruptura o como continuidad con la tradición— sigue atravesando a la Iglesia. Pocas veces un puñado de documentos redactados en Roma tuvo un efecto tan visible y cotidiano sobre la vida de tantos millones de personas.
La segunda mitad del siglo XX y el comienzo del XXI dieron al Vaticano una proyección global sin precedentes. El pontificado de Juan Pablo II (1978-2005), el primer papa no italiano en siglos, convirtió al obispo de Roma en una figura mediática y viajera, con un papel reconocido en el desgaste de los regímenes comunistas de Europa del Este. Su sucesor, Benedicto XVI, protagonizó en febrero de 2013 un gesto excepcional: renunció al pontificado, la primera dimisión papal voluntaria desde la de Gregorio XII en 1415.
De aquel cónclave salió Francisco, el cardenal argentino Jorge Bergoglio, primer papa latinoamericano y primer jesuita en el cargo, que imprimió un tono más austero y una fuerte atención a los pobres, los migrantes y el medioambiente. Francisco murió el 21 de abril de 2025. El cónclave reunido en la Capilla Sixtina eligió, el 8 de mayo de 2025, al cardenal estadounidense Robert Francis Prevost, que tomó el nombre de León XIV y se convirtió en el primer papa nacido en los Estados Unidos.
El Vaticano actual carga también con asuntos difíciles y sin resolver. La crisis por los casos de abusos sexuales cometidos por miembros del clero, y su encubrimiento, golpeó a la Iglesia en todo el mundo y obligó a los últimos papas a adoptar medidas y a pedir perdón. Las finanzas vaticanas, gestionadas en parte por el llamado 'banco del Vaticano' (el IOR), han sido objeto de escándalos y de sucesivas reformas para dar transparencia. Así, el Estado más pequeño del planeta sigue siendo, por su peso simbólico, uno de los actores más observados del mundo: un país de menos de mil habitantes cuya voz alcanza a más de mil millones de fieles.