El valle de Katmandú es una cuenca de apenas veinte kilómetros de ancho que concentra, sin embargo, el mayor patrimonio artístico del Himalaya. La razón está en su historia política: durante casi tres siglos, tras el reparto del reino a la muerte de Yaksha Malla en 1482, el valle estuvo dividido en tres reinos independientes y rivales —Katmandú, Patan (Lalitpur) y Bhaktapur—, cada uno con su propia dinastía malla.
Esa competencia entre cortes no se libró con ejércitos, sino con arquitectura. Cada rey quería que su plaza Durbar —el conjunto de palacio real y templos frente a él— superara a la de sus vecinos. El resultado es único en el mundo: tres ciudades pequeñas, separadas por pocos kilómetros, cada una con una plaza monumental repleta de templos de varios tejados, columnas, estatuas y palacios tallados. Patan presume de ser la más antigua y la más ligada al budismo; Bhaktapur, la mejor conservada y más medieval; Katmandú, la que terminó siendo capital de todo el país.
La unidad llegó por la fuerza en 1768-1769, cuando Prithvi Narayan Shah de Gorkha conquistó las tres ciudades y puso fin al gobierno newar sobre su propio valle. La capital del nuevo Nepal se fijó en Katmandú, y las otras dos quedaron como ciudades hermanas de una misma cultura. Siete conjuntos monumentales del valle integran hoy un único sitio de la Unesco inscrito en 1979.
Los verdaderos protagonistas de la historia del valle no son los reyes sino los newar, el pueblo originario de la cuenca, herederos de kirati y licchavi, que crearon una de las tradiciones artesanales más refinadas de Asia. Newar son los arquitectos que perfeccionaron la pagoda de varios tejados; newar son los talladores que cubrieron ventanas, puertas y vigas de dioses y celosías; newar son los fundidores de bronce y los pintores de paubha, las pinturas religiosas sobre tela.
Su prestigio traspasó fronteras. En el siglo XIII, un joven maestro newar llamado Araniko encabezó una misión de artistas al Tíbet y de allí a la corte del emperador mongol Kublai Kan en China, donde dejó su huella en templos y estupas y contribuyó a difundir el estilo de la pagoda por Asia oriental. Ese detalle resume la paradoja del valle: un territorio diminuto que exportó arte a los imperios más grandes de su tiempo.
El newari, lengua tibetano-birmana con una rica literatura propia, sigue hablándose en el valle, y la sociedad newar conserva un complejo sistema de gremios y castas artesanales. Buena parte de la restauración de los monumentos dañados por el terremoto de 2015 recae, precisamente, en las manos de estos artesanos, los únicos que dominan las técnicas con que sus antepasados levantaron las ciudades.
De las tres ciudades, Bhaktapur es la que mejor conserva su alma medieval. Situada al este del valle, fue capital de todo el valle en los siglos XIV y XV, antes de la división, y luego cabeza de su propio reino malla. Sus calles de ladrillo rojo, sus plazas y sus talleres de alfareros mantienen un aire de ciudad detenida en el tiempo, con menos tráfico y más vida tradicional que Katmandú.
Su joya es la Nyatapola, un templo de cinco tejados de más de treinta metros de altura, la pagoda más alta de Nepal, mandada construir en 1702 por el rey Bhupatindra Malla. Su escalinata está flanqueada por parejas de guardianes de piedra —luchadores, elefantes, leones, grifos y diosas—, cada una diez veces más fuerte que la anterior. La Nyatapola resistió en pie los grandes terremotos de 1934 y 2015, prueba de la sofisticación antisísmica de la arquitectura newar.
Bhaktapur conserva también su palacio real con la célebre Puerta Dorada y la Ventana de los 55 ventanales, y mantiene vivas fiestas espectaculares como el Bisket Jatra, el año nuevo newar, en el que se arrastra por las calles un pesado carro procesional. Es, en muchos sentidos, la mejor máquina del tiempo del valle.
El valle de Katmandú es uno de los lugares del mundo donde el hinduismo y el budismo no compiten sino que se entrelazan hasta confundirse. Los mismos fieles veneran a dioses hindúes y a bodhisattvas budistas; muchos templos y muchas fiestas pertenecen a la vez a las dos tradiciones. Los grandes santuarios del valle lo ilustran: la estupa budista de Bodnath, una de las mayores del mundo y centro de la comunidad tibetana; la colina de Swayambhunath, con sus ojos de Buda mirando en las cuatro direcciones; y el gran templo hindú de Pashupatinath, dedicado a Shiva y meta de peregrinos y de las cremaciones a orillas del río Bagmati.
La expresión más asombrosa de ese sincretismo es la Kumari, la 'diosa viviente': una niña, elegida entre familias budistas newar, venerada como encarnación de una diosa hindú hasta que llega a la pubertad. Vive en un palacio propio en la plaza Durbar de Katmandú y solo sale en ocasiones ceremoniales. Durante la fiesta del Indra Jatra, incluso el jefe del Estado recibía tradicionalmente su bendición.
Fue justamente durante el Indra Jatra de 1768 cuando Prithvi Narayan Shah entró en Katmandú, de modo que la fiesta enlaza la religiosidad del valle con el momento fundacional del Nepal moderno. Esa mezcla de devoción, arte y política sigue latiendo en cada plaza del valle.
El valle vive sobre una de las fallas sísmicas más activas del planeta, donde la placa india se hunde bajo Asia y empuja el Himalaya hacia arriba. Ya en 1934 un gran terremoto había devastado Katmandú. El 25 de abril de 2015 volvió a ocurrir: un sismo de magnitud 7,8 derrumbó la torre de Dharahara y dañó gravemente las tres plazas Durbar. En la de Katmandú se vino abajo el Kasthamandap, el pabellón de madera del que, según la tradición, la ciudad tomó su nombre. La reconstrucción, encabezada por artesanos newar, se extendió durante años.
Lejos del casco urbano, en el borde oriental del valle, las colinas ofrecen otra cara de la región. Nagarkot, a unos 2.100 metros de altura, es el mirador clásico sobre el Himalaya: en los amaneceres despejados, especialmente en otoño e invierno, se recorta la cordillera desde los Annapurnas y el Manaslu hasta, en los días más claros, la silueta lejana del Everest. Fue durante siglos un punto de vigilancia estratégico del valle, y hoy es el balcón desde donde se comprende de un vistazo la geografía que explica toda la historia nepalí: la cuenca fértil y poblada abajo, y la muralla blanca de las montañas más altas del mundo al fondo.