Mucho antes que La Valeta, la capital de Malta estaba tierra adentro, en lo alto de una colina defendible: Mdina. El sitio fue habitado desde la Edad del Bronce y los fenicios lo amurallaron. Los romanos lo convirtieron en su ciudad principal, Melita, que abarcaba también la actual Rabat. Su nombre actual, en cambio, es árabe: 'medina' significa ciudad, y fue bajo dominio musulmán, en el siglo XI, cuando se redujo su perímetro a la colina fortificada y se le dio la forma que hoy conserva.
Durante toda la Edad Media, Mdina fue la sede de la nobleza maltesa y del consejo local, la Università. Cuando los caballeros llegaron en 1530 y trasladaron el poder a los puertos, Mdina quedó como bastión de la aristocracia rural, resentida por haber perdido protagonismo. Se la conoce como la 'Ciudad del Silencio' porque dentro de sus murallas casi no circulan autos y el bullicio del resto de la isla se apaga de golpe.
Pegado a Mdina, fuera de sus murallas, está Rabat —cuyo nombre árabe significa justamente 'arrabal', el suburbio de la ciudad—. Aquí se conserva la memoria cristiana más antigua de Malta. La tradición sostiene que el apóstol Pablo, tras naufragar hacia el año 60 d. C., vivió en una gruta bajo la actual iglesia de San Pablo durante los tres meses de su estadía.
Bajo Rabat se extiende un laberinto de catacumbas paleocristianas —las de San Pablo y las de Santa Águeda— excavadas entre los siglos III y V, con tumbas de familias cristianas, judías y paganas, prueba de una comunidad diversa y muy temprana. También sobrevive la Domus Romana, una casa señorial romana con mosaicos notables descubierta en el siglo XIX. Rabat es, en cierto sentido, el subsuelo histórico de Malta: bajo sus calles tranquilas está enterrada la Antigüedad de la isla.
En el borde sur de esta región, sobre un acantilado que mira al islote de Filfla, se levanta Ħaġar Qim, uno de los templos megalíticos más impresionantes de Malta. Su edificio principal se construyó entre el 3600 y el 3200 a. C., en pleno período de los templos, y sorprende por el tamaño de sus bloques: uno de ellos mide casi siete metros y pesa alrededor de veinte toneladas.
Ħaġar Qim y su vecino Mnajdra, unidos hoy bajo una gran carpa protectora, muestran la sofisticación de aquella cultura neolítica: alineaciones con el sol en los solsticios y equinoccios, altares tallados, estatuillas de figuras corpulentas asociadas a la fertilidad. Que gente sin metales ni rueda haya levantado estos santuarios sobre la roca desnuda, mirando al Mediterráneo, sigue siendo uno de los grandes enigmas de la prehistoria europea.
Al oeste del centro histórico, la meseta de Malta se corta de golpe en los acantilados de Dingli, que se elevan unos 250 metros sobre el mar y marcan el punto más alto del país. No hay aquí grandes monumentos, pero sí una lectura del paisaje que explica la historia maltesa: desde estas alturas se vigilaba la llegada de barcos, y la pequeña capilla de Santa Magdalena recuerda el uso religioso y estratégico del lugar.
La costa occidental, escarpada y sin puertos, fue siempre la 'espalda' de Malta: mientras los invasores y los imperios se disputaban los puertos del este, esta ladera quedaba como frontera agrícola, con terrazas de cultivo aferradas a la piedra y los enigmáticos 'cart ruts', surcos paralelos tallados en la roca por un tráfico prehistórico cuyo propósito exacto aún se discute. Es el lado rural y austero del país, el que sobrevivió a base de trabajar un suelo difícil.
Esta región interior representa la Malta que no da al puerto: la de los pueblos agrícolas, las familias nobles de Mdina y la vida ligada a la tierra y no al mar. Mientras la costa vivía de la Marina y el comercio, aquí se cultivaban trigo, viñas y algodón, y se guardaba una identidad más conservadora y tradicional.
Fue también un refugio en tiempos de peligro. Durante siglos, cuando los corsarios berberiscos asaltaban las costas, la población buscaba resguardo tierra adentro, lejos del alcance de los desembarcos. Mdina, con sus murallas, era la última línea de defensa del interior. Ese contraste —el interior amurallado y silencioso frente al puerto ruidoso y cosmopolita— sigue definiendo hoy dos maneras distintas de ser maltés.