Kamakura irrumpió en la gran historia de Japón a finales del siglo XII, y lo hizo cambiando para siempre el país. Hasta entonces, el poder residía en la corte imperial de Kioto, un mundo refinado de aristócratas y poetas. Pero la clase guerrera —los samuráis— venía ganando fuerza, y una brutal guerra civil entre dos grandes clanes, los Minamoto (o Genji) y los Taira (o Heike), lo cambió todo. En 1185, tras años de lucha, el caudillo Minamoto no Yoritomo aplastó definitivamente a los Taira en la batalla naval de Dan-no-ura.
Yoritomo tomó entonces una decisión trascendental: en lugar de gobernar desde Kioto, estableció su propia base de poder en Kamakura, una pequeña localidad costera de la región de Kanto, en el este del país, lejos de la influencia de la corte. La elección no fue casual: Kamakura estaba rodeada de colinas por tres lados y abierta al mar por el sur, una posición fácil de defender y adecuada para el gobierno militar que tenía en mente. En 1192, el emperador lo nombró 'seii taishogun' (shogun), el máximo jefe militar.
Nacía así el shogunato de Kamakura (o bakufu, 'gobierno de la tienda de campaña'), el primero de los gobiernos militares que dominarían Japón durante casi siete siglos. El emperador seguía en Kioto como figura sagrada, pero el poder real pasaba a manos de los samuráis. Fue un cambio de época: el comienzo del Japón feudal, con su código guerrero, su austeridad y sus valores marciales, que marcarían al país hasta la modernidad.
Durante casi 150 años, Kamakura fue la capital de facto de Japón y una de las mayores ciudades del mundo, con una población que en su apogeo pudo rondar las decenas de miles y quizás superar los 100.000 habitantes. Yoritomo mandó levantar el gran santuario Tsurugaoka Hachimangu, dedicado a Hachiman, el dios de la guerra y protector del clan Minamoto, que se convirtió en el centro ceremonial de la ciudad guerrera, con su avenida ceremonial trazada hasta el mar.
Tras la muerte de Yoritomo, el poder real pasó a manos del clan Hojo, emparentado con él, que gobernó como regentes (shikken) en nombre de shogunes títere. Bajo los Hojo, Kamakura vivió su edad de oro cultural y espiritual. Fue una época de intensa vida religiosa: aquí arraigó con fuerza el budismo zen, traído de China, que encajaba a la perfección con la mentalidad austera y disciplinada de los samuráis. Se fundaron grandes monasterios zen —Kencho-ji (1253), el más antiguo de Japón, y Engaku-ji (1282), entre otros—, organizados luego en el sistema de los 'Cinco Grandes Templos' (Gozan) de Kamakura.
De esta época dorada data también el Gran Buda de bronce (Kamakura Daibutsu), fundido hacia 1252, que resume el espíritu del momento: monumental, sereno y austero. La ciudad se llenó de templos, santuarios, calzadas talladas en las colinas (los 'kiridoshi', pasos defensivos) y una cultura propia, distinta del refinamiento cortesano de Kioto: la del guerrero, más sobria y marcial.
El episodio más dramático de la historia de Kamakura llegó en el siglo XIII, cuando el mayor imperio del mundo puso su mirada en Japón. Kublai Kan, nieto de Gengis Kan y emperador de la China mongola, exigió al shogunato que se sometiera. Ante la negativa, lanzó dos gigantescas invasiones. En 1274 y de nuevo, con una fuerza aún mayor, en 1281, enormes flotas mongolas —con tropas mongolas, chinas y coreanas— desembarcaron en el norte de Kyushu, en el suroeste de Japón, con un armamento y unas tácticas que superaban a las de los samuráis.
El shogunato de Kamakura movilizó a los guerreros de todo el país para resistir. Los samuráis lucharon con enorme valor, pero en ambas ocasiones fue la naturaleza la que resultó decisiva: violentos tifones se abatieron sobre las flotas invasoras, hundiendo miles de barcos y ahogando a buena parte del ejército mongol. Japón se salvó de la invasión. Aquellos tifones providenciales quedaron grabados en la memoria del país como 'kamikaze', los 'vientos divinos', interpretados como una protección de los dioses (una idea que resurgiría, trágicamente, en la Segunda Guerra Mundial).
Paradójicamente, la victoria debilitó a Kamakura. La defensa había sido carísima y, al no haber conquistado tierras enemigas, el shogunato no pudo recompensar como esperaban a los miles de samuráis que habían combatido. El malestar entre la clase guerrera creció, minando poco a poco la lealtad al gobierno de los Hojo.
El descontento que dejaron las invasiones mongolas terminó por hundir al shogunato de Kamakura. En 1333, el emperador Go-Daigo, que buscaba recuperar el poder real para la corte, encabezó una rebelión contra el gobierno de los Hojo. Uno de los generales enviados a reprimirlo, Ashikaga Takauji, se pasó al bando imperial, mientras que otro caudillo, Nitta Yoshisada, marchó directamente sobre Kamakura. La ciudad fue tomada; los últimos regentes Hojo y cientos de sus seguidores se suicidaron para no caer en manos enemigas, y el shogunato de Kamakura llegó a su fin.
Aquel intento imperial de restaurar el poder de la corte (la 'Restauración Kenmu') duró poco: el propio Ashikaga Takauji se volvió contra el emperador y fundó un nuevo shogunato, el de los Ashikaga, con sede otra vez en Kioto. Kamakura perdió así su papel de capital y su condición de centro del poder. Aunque durante un tiempo conservó importancia como sede de un gobernador militar del este (el Kamakura-fu), fue perdiendo peso y población a lo largo de los siglos siguientes.
En los largos periodos de guerras y de paz que vinieron después, Kamakura quedó reducida a una localidad tranquila, marcada por sus templos y santuarios y por el recuerdo de su gloria pasada. El gran salón que cubría al Buda de bronce fue arrasado por las tormentas y por un tsunami a fines del siglo XV, y la estatua quedó a la intemperie, como muda testigo de una edad de oro que ya no volvería.
El silencio de los siglos que siguieron a su caída resultó, a la larga, una bendición para Kamakura: al quedar al margen del poder y del gran desarrollo industrial, la ciudad conservó un patrimonio extraordinario de templos budistas y santuarios sintoístas, muchos de ellos de la época del shogunato, integrados en un entorno de colinas y bosques. Cuando el ferrocarril la conectó con Tokio y Yokohama a finales del siglo XIX, Kamakura empezó a atraer a residentes, artistas y escritores que buscaban su ambiente tranquilo junto al mar, y se ganó fama de retiro cultural.
Hoy Kamakura es una de las escapadas favoritas desde Tokio, a menos de una hora en tren. Cada año, millones de visitantes recorren el Gran Buda de bronce, suben a Hasedera entre hortensias, pasean por los grandes templos zen de Kita-Kamakura, pican por la animada Komachi-dori y traquetean en el viejo tranvía Enoden junto al océano. La ciudad conserva un aire especial, mezcla de recogimiento espiritual, aire de mar y vida cotidiana, muy distinto del vértigo de la capital.
Aunque su candidatura a Patrimonio de la Humanidad no ha prosperado hasta ahora, el conjunto de Kamakura sigue siendo uno de los grandes tesoros históricos de Japón: la ciudad donde nació el poder de los samuráis, donde arraigó el zen y donde un Buda de bronce medita a la intemperie desde hace más de setecientos años. Caminar por Kamakura es, en el fondo, pasear por la cuna del Japón feudal, con los pies en la arena y la mirada en los templos.