Jeonju, capital histórica de la región de Jeolla, tiene un lugar de honor en la historia coreana: es la cuna ancestral de la familia Yi, el clan que fundó la dinastía Joseon en 1392. Por eso la ciudad guarda el santuario de Gyeonggijeon, donde se conservaba el retrato oficial del rey Taejo, el fundador. Durante cinco siglos, Jeonju fue una de las ciudades más importantes del reino y la sede administrativa de una de las regiones más ricas.
Hoy Jeonju es célebre por dos cosas. Una es su aldea hanok, el mayor conjunto de casas tradicionales coreanas que sobrevive en una ciudad, con más de ochocientas viviendas de tejados curvos: un barrio entero para caminar entre patios, casas de té y talleres de papel hanji. La otra es la comida: Jeonju es la capital gastronómica de Corea y la cuna del bibimbap, el célebre plato de arroz con verduras, carne y huevo, y de una tradición de banchan —los pequeños platos de acompañamiento— tan generosa que la UNESCO la reconoció como Ciudad de la Gastronomía.
Las llanuras de Jeolla, regadas por ríos y de suelo fértil, fueron durante siglos el granero de Corea, la región que producía la mayor parte del arroz. Esa riqueza tuvo una cara amarga: fue también la más exprimida por los impuestos y la corrupción de los funcionarios de la corte. De esa tensión nació, en 1894, la Revolución Campesina Donghak, el mayor levantamiento popular de la historia coreana moderna.
La chispa saltó en Jeolla, cuando los campesinos, hartos de los abusos de un magistrado local y guiados por la nueva doctrina religiosa del Donghak ('aprendizaje oriental'), se alzaron en armas al mando de Jeon Bong-jun. El movimiento creció con rapidez y en la primavera de 1894 los rebeldes llegaron a tomar Jeonju, la capital regional. El gobierno, incapaz de sofocarlos, pidió ayuda militar a China, y Japón aprovechó para intervenir; el choque entre ambas potencias desembocó en la Primera Guerra Sino-Japonesa. La rebelión fue finalmente aplastada, con más de diez mil campesinos muertos, pero dejó una huella profunda: la memoria de un pueblo que se levantó contra la injusticia.
Gwangju, la gran ciudad del suroeste, es hoy sinónimo de un episodio central de la historia coreana reciente: el levantamiento democrático del 18 de mayo de 1980. Cuando el general Chun Doo-hwan dio un golpe militar e impuso la ley marcial, los estudiantes de Gwangju salieron a protestar. La respuesta fueron tropas de élite que reprimieron con una violencia extrema, lo que en lugar de amedrentar a la ciudad la sublevó por completo.
Durante unos días, entre el 18 y el 27 de mayo, los ciudadanos armados llegaron a expulsar al ejército y a organizar la vida de la ciudad por su cuenta, en una suerte de comuna, hasta que las tropas la retomaron a sangre y fuego. El recuento oficial posterior reconoció 193 muertos, pero numerosos investigadores sostienen que la cifra real fue bastante mayor —muchas estimaciones la sitúan por encima del millar— porque el régimen ocultó registros; el debate sobre el número exacto sigue abierto. Durante años la dictadura calumnió el levantamiento tildándolo de revuelta comunista, pero la verdad terminó imponiéndose y Gwangju se convirtió en el símbolo de la democracia coreana. La UNESCO inscribió sus archivos en el registro de la Memoria del Mundo.
La región de Jeolla, llamada tradicionalmente Honam, cargó durante buena parte del siglo XX con una marginación real. Mientras el sureste industrial de Gyeongsang concentraba las grandes fábricas y a los líderes del régimen, Jeolla —agrícola y periférica— quedó rezagada en inversiones y desarrollo, una desigualdad que muchos vivieron como discriminación deliberada. Esa herida alimentó una fuerte identidad política de resistencia.
No por casualidad, Jeolla fue el bastión de Kim Dae-jung, el gran líder opositor a las dictaduras, natural de la región, encarcelado, secuestrado y condenado a muerte por los regímenes militares. En 1997, Kim Dae-jung ganó la presidencia —la primera alternancia democrática hacia la oposición en Corea del Sur— y en el año 2000 recibió el Premio Nobel de la Paz por su 'política del sol', de acercamiento hacia Corea del Norte. La rivalidad regional entre Honam (Jeolla) y Yeongnam (Gyeongsang) sigue siendo uno de los ejes que estructuran la política coreana hasta hoy.
Al norte de Gwangju, Damyang representa la Jeolla más rural y refinada. Es famosa por sus bosques de bambú —el más conocido es el de Juknokwon— y por una larga tradición ligada a esta planta: cestería, abanicos, muebles y hasta una gastronomía a base de brotes de bambú y de arroz cocido dentro de sus cañas. El bambú no es solo un cultivo: en la cultura confuciana simbolizaba la rectitud y la integridad del erudito, y por eso arraigó tanto en esta tierra de letrados.
Damyang guarda además algunos de los jardines tradicionales más bellos de Corea, como Soswaewon, un jardín del siglo XVI creado por un letrado que se retiró de la política tras una purga en la corte. Estos jardines de la dinastía Joseon, con sus pabellones, arroyos y estanques integrados en el paisaje, expresan el ideal confuciano del sabio que se aparta del mundo para vivir en armonía con la naturaleza. La avenida de metasecuoyas de Damyang, plantada en el siglo XX, completa la imagen de una comarca donde la vida gira en torno a los árboles.