Cerca de Famagusta, junto al mar, se extienden las ruinas de Salamina, que durante siglos fue la ciudad más importante de Chipre. La tradición atribuía su fundación a Teucro, héroe griego de la guerra de Troya, y en época clásica fue el reino más poderoso de la isla: de aquí era Onésilo, el rey que en el 499 a.C. encabezó a los chipriotas en la revuelta contra Persia, y también Evágoras I, que a comienzos del siglo IV a.C. intentó unificar la isla bajo la hegemonía griega.
El yacimiento, hoy en el norte de la isla, conserva un gimnasio con pórticos de columnas, termas, un teatro para miles de espectadores, cisternas y una basílica, todo entre dunas y eucaliptos. Un terremoto y las incursiones árabes del siglo VII acabaron con la ciudad, cuyos habitantes se trasladaron a la vecina Arsinoe, germen de la futura Famagusta.
Muy cerca de Salamina se levanta el monasterio de San Bernabé, ligado a uno de los episodios fundacionales de la Iglesia chipriota. Bernabé, apóstol y compañero de Pablo, era chipriota y, según la tradición, fue martirizado en Salamina. En el año 488, el hallazgo de lo que se identificó como su tumba —con una copia del Evangelio de Mateo sobre el pecho— sirvió al arzobispo Antemio para obtener del emperador Zenón el reconocimiento de la Iglesia de Chipre como autocéfala.
Aquel privilegio hizo del arzobispo chipriota una figura casi soberana, con derecho a firmar en tinta roja y a vestir el manto imperial. El monasterio que hoy guarda el recuerdo del apóstol, con su iglesia y su tumba, es por eso mucho más que un lugar de culto: es el símbolo de la independencia de la Iglesia ortodoxa de la isla, base de su enorme peso político posterior.
Bajo los Lusignan, Famagusta fue una de las ciudades más ricas del Mediterráneo, puerto de paso obligado hacia Tierra Santa. Se decía que sus mercaderes eran tan opulentos que competían en construir iglesias: dentro de sus murallas llegó a haber decenas de templos, y hoy la ciudad amurallada conserva un impresionante conjunto de arquitectura gótica en piedra dorada, insólito tan al este.
La mayor, la catedral de San Nicolás, donde se coronaba a los reyes de Chipre, fue convertida en mezquita tras la conquista otomana y hoy es la mezquita Lala Mustafa Pasha, con su fachada gótica flanqueada por un minarete. Esa conquista llegó en 1571, cuando los otomanos tomaron Famagusta tras un asedio de casi un año; el comandante veneciano Marcantonio Bragadin, que había capitulado con garantías, fue desollado vivo. Sobre las murallas se alza además la llamada Torre de Otelo, que la leyenda vinculó al drama de Shakespeare ambientado "en un puerto de Chipre".
En la costa norte, al pie de una abrupta cadena montañosa, Kyrenia (Girne) guarda uno de los puertos más bellos del Mediterráneo oriental, en forma de herradura y dominado por un gran castillo. La fortaleza tiene raíces bizantinas y fue ampliada por los Lusignan y los venecianos; sirvió de refugio y de prisión a lo largo de los siglos.
Dentro del castillo se conserva una joya arqueológica excepcional: los restos del "barco de Kyrenia", un mercante griego naufragado hacia el siglo IV a.C. y recuperado del fondo del mar, uno de los barcos antiguos mejor conservados que se conocen, con su cargamento de ánforas de vino y almendras. Kyrenia, hoy en la parte turcochipriota de la isla, fue durante siglos puerta de entrada de los invasores llegados de Anatolia, apenas a un centenar de kilómetros de la costa turca.
Pocos lugares encarnan la tragedia de la división chipriota como Varosha, el barrio costero de Famagusta. A comienzos de los años setenta era uno de los destinos turísticos más glamorosos del mundo, con rascacielos hoteleros frente a una playa de arena dorada que atrajo a estrellas de cine. Todo terminó en agosto de 1974: cuando el ejército turco avanzó sobre Famagusta, la población grecochipriota huyó en masa, a veces con lo puesto.
El ejército cercó el barrio con alambradas y lo mantuvo vacío durante décadas: torres de hotel a medio construir, tiendas con maniquíes de los años setenta y automóviles oxidados quedaron congelados en el tiempo, invadidos por la vegetación. Varosha se volvió el símbolo por excelencia de la isla partida, mencionada una y otra vez en las negociaciones de paz. En 2020 su reapertura parcial al público reavivó la tensión internacional, porque toca una de las heridas más sensibles del problema chipriota.
El extremo sureste de la isla, en cambio, quedó del lado grecochipriota y siguió un camino muy distinto: el del turismo. Ayia Napa debe su nombre a un monasterio veneciano del siglo XVI dedicado a la Virgen "del bosque sagrado", que durante siglos fue el único edificio notable de una zona despoblada de pescadores.
Tras 1974, con la pérdida de Famagusta y Varosha, la República de Chipre volcó su industria turística hacia estas costas del sureste. Ayia Napa se transformó en una capital internacional de playas de arena blanca y vida nocturna, mientras la vecina Protaras, más tranquila, con calas familiares como Fig Tree Bay, se orientó al turismo de familias. El contraste entre este litoral en auge y las ruinas congeladas de Varosha, a pocos kilómetros al norte tras la Línea Verde, resume las dos caras de la Chipre actual.