Cuesta imaginarlo hoy, contemplando el bosque de rascacielos de Pudong, pero durante casi toda su historia Shanghái fue un lugar sin importancia. La región del delta del Yangtsé, donde el gran río se derrama en el mar, estuvo habitada desde tiempos remotos, pero el asentamiento que daría origen a la ciudad no aparece con claridad hasta la Edad Media. El propio nombre, Shanghái ('sobre el mar'), se documenta a partir del siglo XI, cuando en la zona existía una modesta aldea de pescadores y comerciantes junto al río Huangpu, un afluente del Yangtsé.
Durante las dinastías Song y Yuan, la localidad fue creciendo como puerto fluvial gracias al comercio de algodón y textiles, y en 1292, bajo la dinastía Yuan, obtuvo el rango administrativo de ciudad. Aun así, seguía siendo un lugar secundario, a la sombra de las grandes ciudades cultas y ricas del delta, como Suzhou o Hangzhou, que eran los verdaderos centros de la región. En el siglo XVI, durante la dinastía Ming, Shanghái se rodeó de una muralla circular para defenderse de los piratas japoneses (los wako) que asolaban la costa; de aquella época data el trazado de la Ciudad Vieja, cuyo perímetro sigue hoy el de las antiguas murallas.
Así llegó Shanghái hasta comienzos del siglo XIX: una ciudad amurallada de tamaño mediano, próspera por el comercio de algodón y por su posición en la desembocadura del Yangtsé, la gran vía fluvial de China, pero sin nada que anticipara el destino extraordinario que le esperaba. Ese destino no lo traería China, sino los cañones de las potencias occidentales.
El giro decisivo en la historia de Shanghái llegó de la mano de la violencia colonial. A comienzos del siglo XIX, Gran Bretaña había desarrollado un lucrativo y devastador comercio: introducía en China enormes cantidades de opio cultivado en la India para equilibrar su balanza comercial y financiar la compra de té y seda. Cuando el gobierno imperial chino trató de frenar ese tráfico que estaba destruyendo a su población, estalló la Primera Guerra del Opio (1839-1842), que terminó con una humillante derrota china frente a la superioridad militar británica.
El Tratado de Nankín de 1842, el primero de los llamados 'tratados desiguales', obligó a China a abrir cinco puertos al comercio extranjero, ceder Hong Kong a Gran Bretaña y pagar una enorme indemnización. Shanghái era uno de esos cinco puertos. A partir de 1843, comerciantes británicos, y enseguida franceses y estadounidenses, se instalaron en la ciudad y obtuvieron el derecho a administrar sus propios barrios, las concesiones, regidos por leyes extranjeras y al margen de la autoridad china. Habían plantado la semilla del Shanghái moderno.
La posición de Shanghái, en la boca del Yangtsé y con acceso al inmenso mercado del interior de China, la convirtió rápidamente en el gran puerto del país. En pocas décadas, la aldea amurallada quedó rodeada y superada por una ciudad nueva, occidental, levantada por los extranjeros a orillas del Huangpu. Sobre el barro de la ribera empezaron a alzarse los primeros edificios de lo que sería el Bund, la fachada monumental de esa Shanghái colonial que crecía sin freno.
En las primeras décadas del siglo XX, Shanghái vivió una época deslumbrante y contradictoria que la convirtió en una de las ciudades más fascinantes del mundo. La urbe estaba dividida en tres partes con administraciones distintas: el Asentamiento Internacional (fusión de las concesiones británica y estadounidense), la Concesión Francesa y la ciudad china propiamente dicha. Cada zona tenía sus propias leyes, su policía, sus tribunales y su arquitectura, lo que creaba un mosaico urbano único y un peculiar limbo legal.
Esa Shanghái cosmopolita fue apodada el 'París de Oriente' por su glamour, su arquitectura art déco, sus grandes almacenes, sus cabarets y su vida nocturna, pero también la 'puta de Asia' por su cara oscura: era una ciudad de enormes desigualdades, de opio, prostitución, casas de juego y poderosas mafias como la temible Banda Verde, que controlaba buena parte del hampa y de la política local. Convivían millonarios extranjeros y chinos, refugiados de medio mundo —incluidos miles de rusos blancos huidos de la revolución y, más tarde, judíos que escapaban del nazismo, para quienes Shanghái fue uno de los pocos refugios sin visado—, obreros explotados en las fábricas y una bulliciosa clase media china.
Fue también un hervidero político. En 1921, en una casa de la Concesión Francesa, un pequeño grupo de intelectuales fundó clandestinamente el Partido Comunista Chino; entre los presentes estaba un joven Mao Zedong. La ciudad era el gran centro obrero e industrial de China, y por lo tanto un foco de agitación. En 1927, durante la guerra entre nacionalistas y comunistas, el líder del Kuomintang, Chiang Kai-shek, aliado con la Banda Verde, desató en Shanghái una sangrienta purga de comunistas y sindicalistas. La ciudad brillaba y hervía al mismo tiempo, en un equilibrio que la historia estaba a punto de romper.
El esplendor de Shanghái se apagó con la guerra. En 1937, tras el estallido de la Segunda Guerra Sino-Japonesa, la ciudad fue escenario de una de las batallas más feroces del conflicto: la batalla de Shanghái, que duró tres meses y dejó decenas de miles de muertos antes de que las tropas japonesas tomaran la ciudad china. Durante un tiempo, las concesiones extranjeras se mantuvieron como una 'isla solitaria' neutral en medio del territorio ocupado, pero tras el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941, Japón ocupó también los asentamientos internacionales y el sueño cosmopolita terminó de golpe.
Bajo la ocupación japonesa, la población extranjera aliada fue internada en campos y la comunidad judía refugiada, confinada en el gueto de Hongkou. Las viejas potencias occidentales, debilitadas por la guerra mundial, renunciaron en 1943 a sus concesiones y a los privilegios extraterritoriales que habían impuesto un siglo antes: la era de las concesiones, que había hecho de Shanghái lo que era, llegaba formalmente a su fin.
Terminada la guerra mundial en 1945, Shanghái volvió brevemente a manos del gobierno nacionalista chino, pero el país se hundía en la guerra civil entre el Kuomintang y los comunistas. La hiperinflación y la corrupción devastaron la economía de la ciudad. En mayo de 1949, las tropas comunistas entraron en Shanghái. Muchos empresarios, banqueros y extranjeros huyeron, buena parte de ellos a Hong Kong, llevándose consigo capitales y saber hacer. El Shanghái frívolo y cosmopolita de los cabarets y las concesiones desaparecía para siempre.
Bajo la República Popular, Shanghái cambió por completo de rostro. El nuevo régimen comunista clausuró los cabarets, las casas de juego y los burdeles, nacionalizó las empresas y transformó la ciudad frívola en un gran centro industrial y obrero al servicio del Estado. Shanghái, que había sido el símbolo de la penetración extranjera y del capitalismo en China, pasó a ser una ciudad productiva y gris, pero seguía aportando una parte enorme de los ingresos fiscales del país. Durante la Revolución Cultural (1966-1976) fue un bastión de la izquierda radical maoísta: de aquí surgió la llamada 'Banda de los Cuatro', el grupo dirigente que llevó las riendas de aquel período de fanatismo y caos.
El gran renacimiento llegó con las reformas económicas. Aunque Deng Xiaoping abrió China al mundo desde finales de los años setenta, Shanghái tardó en despegar; el impulso decisivo fue la decisión, en 1990, de desarrollar Pudong, la zona de arrozales y almacenes al este del río Huangpu, como nueva zona económica especial. En apenas tres décadas, aquel terreno pantanoso se convirtió en el distrito financiero más espectacular de Asia: se levantaron la Torre de la Perla de Oriente, el Jin Mao, el World Financial Center y, finalmente, la Torre de Shanghái, la más alta de China. La ciudad recuperó su papel de gran capital económica y cosmopolita del país.
Hoy Shanghái es una megaciudad de más de 24 millones de habitantes, el mayor puerto de contenedores del mundo, la bolsa más importante de China continental y un centro global de finanzas, comercio y cultura. En su piel conviven las tres capas de su historia: la Ciudad Vieja amurallada de los pescadores, la Shanghái colonial del Bund y las concesiones, y la Shanghái futurista de Pudong. Pocas ciudades cuentan su pasado, su presente y su ambición de futuro con solo cruzar un río, y esa es, quizá, la mayor fascinación de Shanghái.