Mucho antes de que existiera la plaza, este rincón de la colina vaticana era un lugar de espectáculos y de muerte. En el siglo I, los emperadores Calígula y Nerón tenían aquí un circo, una pista para carreras de carros. Para adornar la 'spina' central de ese circo, Calígula hizo traer desde Egipto un obelisco de granito rojo, tallado siglos atrás y sin jeroglíficos, que había estado en la ciudad de Heliópolis. Ese obelisco —el mismo que hoy preside la plaza— fue transportado por mar en una nave descomunal, una proeza que ya asombró a los romanos de la época.
En ese circo, según la tradición cristiana, se produjeron las persecuciones de Nerón contra los cristianos tras el gran incendio de Roma del año 64, y allí o en sus cercanías habría sido crucificado el apóstol Pedro, cabeza abajo por propia petición al considerarse indigno de morir como Cristo. Enterrado en la necrópolis contigua, su tumba se convertiría siglos después en el centro de la basílica y, por extensión, de la plaza. Así, el obelisco que hoy vemos en el eje de la Piazza San Pietro fue, según ese relato, testigo silencioso del martirio del apóstol.
Durante siglos, mientras se levantaba y luego se demolía la vieja basílica de Constantino, el obelisco permaneció clavado en su sitio original, a un costado, semiolvidado. Habría que esperar hasta el Renacimiento tardío para que alguien se atreviera a moverlo y darle el lugar central que ocupa hoy.
En 1585, el enérgico papa Sixto V decidió que el viejo obelisco debía trasladarse al centro de la explanada que se abría frente a la nueva basílica, aún en obras. La tarea parecía imposible: había que mover un monolito de granito de unos 25 metros y cerca de 330 toneladas sin romperlo, algo que no se intentaba desde la Antigüedad. El encargo recayó en el arquitecto e ingeniero Domenico Fontana, que diseñó un sistema colosal de andamios, cabrestantes, poleas y cuerdas.
La operación, realizada en 1586, movilizó a cientos de trabajadores, decenas de caballos y numerosos malacates. Primero se bajó el obelisco de su base original tumbándolo con cuidado, luego se arrastró sobre rodillos hasta el emplazamiento nuevo y finalmente se volvió a levantar. Fue todo un acontecimiento en la Roma de la época. La leyenda más famosa cuenta que Sixto V, para evitar distracciones fatales, ordenó silencio absoluto entre el público bajo pena de muerte; en el momento crítico del izado, las cuerdas empezaron a recalentarse por la tensión y a punto estuvieron de ceder, hasta que un marinero de Sanremo llamado Bresca gritó '¡Agua a las cuerdas!' ('Acqua alle funi!'), rompiendo la orden pero salvando la maniobra. Como recompensa, se le habría concedido a su familia el privilegio de proveer las palmas del Vaticano para el Domingo de Ramos.
Colocado ya en pie, el obelisco fue 'cristianizado': se le retiró la antigua esfera de bronce de la cúspide (que la tradición decía que contenía las cenizas de Julio César) y se coronó con una cruz que, según se dice, guarda una reliquia de la Vera Cruz. El obelisco pagano de los faraones quedaba así consagrado, listo para convertirse en el corazón de la futura plaza.
La plaza tal como la conocemos nació entre 1656 y 1667, por encargo del papa Alejandro VII a Gian Lorenzo Bernini, el genio absoluto del Barroco romano, que por entonces ya había dejado en la basílica el baldaquino y la Cátedra. El objetivo era doble: dar a la fachada de la basílica un espacio digno y monumental, y crear un lugar capaz de reunir a enormes multitudes para que el Papa pudiera bendecirlas, tanto desde la logia central de la fachada como desde la ventana del Palacio Apostólico.
Bernini se enfrentó a un problema difícil. La fachada de Maderno era demasiado ancha y baja, y el terreno tenía forma irregular. Su solución fue de una genialidad que aún hoy asombra: en lugar de una plaza cuadrada, trazó una gran elipse abrazada por una columnata de cuatro filas de columnas dórico-toscanas —284 columnas y 88 pilastras—, rematada por una balaustrada con 140 estatuas de santos. Precedió esa elipse de un espacio trapezoidal que conecta con la fachada y corrige ópticamente sus proporciones, haciéndola parecer más esbelta.
El propio Bernini explicó el sentido de su obra: la columnata representa 'los brazos maternales de la Iglesia' que se abren para acoger a los fieles, reconciliar a los que se han apartado y llamar a los que aún no creen. La geometría es de una precisión matemática asombrosa: la elipse tiene dos focos, marcados por sendos discos en el pavimento, desde los que las cuatro filas de columnas se ven alineadas en una sola. El obelisco de 1586 quedó en el centro, y las fuentes —la de Maderno de 1613 y la que Bernini añadió hacia 1677 para dar simetría— sobre cada uno de los focos. El resultado es uno de los espacios urbanos más perfectos jamás concebidos.
Durante casi tres siglos, se llegaba a la plaza de Bernini a través del laberinto de callecitas medievales del barrio de Borgo, la 'Spina di Borgo', de modo que la enorme elipse se abría de golpe ante el visitante, produciendo un efecto sorpresa que muchos consideraban parte esencial del genio de Bernini. Todo cambió tras los Pactos de Letrán de 1929, que reconciliaron al Estado italiano con la Santa Sede y crearon la Ciudad del Vaticano. Para celebrar esa 'conciliación', el régimen de Mussolini abrió entre 1936 y 1950 una gran avenida rectilínea, la Via della Conciliazione, demoliendo la Spina di Borgo.
La operación fue muy discutida: barrió un barrio histórico entero y, según los críticos, destruyó el efecto sorpresa que Bernini había buscado, dejando la plaza expuesta desde lejos. A cambio, creó la vista frontal más famosa y fotografiada de San Pedro, con la cúpula de Miguel Ángel presidiendo el eje de la avenida. Es la imagen que hoy asociamos con el Vaticano.
A lo largo del siglo XX y XXI, la plaza se consolidó como el gran escenario de la vida de la Iglesia y como uno de los espacios más reconocibles del planeta. En ella se congregan cientos de miles de personas en las grandes celebraciones y en los momentos históricos: los funerales de los papas, las canonizaciones, las jornadas de los jubileos. Aquí, el 13 de mayo de 1981, el papa Juan Pablo II fue víctima de un atentado mientras saludaba a la multitud desde el papamóvil, del que sobrevivió. Y aquí, ante la mirada del mundo, se anuncia con la fumata blanca y el 'Habemus Papam' la elección de cada nuevo pontífice.
Hoy la Plaza de San Pedro es mucho más que una obra de arte del Barroco: es un espacio vivo, latiendo al ritmo de la vida de la Iglesia y de la atención mundial. Cada miércoles, la Audiencia General reúne a peregrinos de todos los continentes para ver al Papa; cada domingo al mediodía, el Ángelus congrega a los fieles bajo la ventana del Palacio Apostólico; y en las grandes fiestas —Navidad, Semana Santa, Pentecostés— la explanada se llena por completo. Es también el lugar desde el que el Papa imparte la bendición 'Urbi et Orbi', a la ciudad de Roma y al mundo entero.
La plaza forma parte, junto con la basílica, los palacios y los Museos, del conjunto de la Ciudad del Vaticano inscrito por la Unesco en la lista del Patrimonio Mundial en 1984, en reconocimiento a su valor artístico y espiritual excepcional. Su diseño ha influido en incontables plazas y proyectos urbanos posteriores, y su imagen es una de las más difundidas del planeta, presente en transmisiones televisivas seguidas por miles de millones de personas en cada acontecimiento papal.
Para el visitante, la plaza ofrece una mezcla única: la grandeza monumental de la columnata y el obelisco, la sensación de estar en el corazón de un Estado soberano diminuto, el murmullo de las fuentes y la posibilidad, si se acierta con el día, de ver al Papa. Es la antesala perfecta de la basílica y uno de esos lugares que, aun visitados mil veces en fotos, sorprenden al pisarlos por primera vez. Un espacio donde la geometría de Bernini, el granito de un faraón y veinte siglos de historia religiosa se dan cita a cielo abierto.