La isla que hoy se vende como paraíso de diversión familiar tuvo durante siglos un nombre siniestro: Pulau Blakang Mati, que en malayo suele traducirse como 'la isla detrás de la cual acecha la muerte' o 'la isla de atrás de la muerte'. El origen exacto del nombre se discute: algunos lo atribuyen a brotes de enfermedad que diezmaron a sus pobladores, otros a la piratería y la violencia que rondaban sus aguas, otros a leyendas locales. Sea cual sea la razón, el nombre habla de un lugar temido, no idílico.
La isla guarda la boca del puerto de Keppel, uno de los fondeaderos que hicieron valioso a Singapur, y por eso su historia siempre estuvo ligada a la defensa y al control del acceso marítimo. Antes de los británicos ya había asentamientos malayos de pescadores. Con la llegada del poder colonial, esa posición estratégica a la entrada del puerto principal la convirtió en pieza militar clave.
Ese contraste entre el nombre antiguo, cargado de muerte, y el nombre actual, que significa 'paz y tranquilidad', resume el vuelco de la isla en el último medio siglo. Pero para entender por qué Singapur necesitaba fortificar este punto hay que mirar el pasado militar que todavía se conserva, en forma de fuertes y cañones, bajo la capa de parques temáticos y playas artificiales.
A fines del siglo XIX, los británicos artillaron Pulau Blakang Mati para proteger el puerto y la base de Singapur. Construyeron varias baterías costeras, entre ellas Fort Siloso, Fort Serapong y Fort Connaught, con cañones pesados apuntados hacia el mar, listos para hundir a cualquier flota enemiga que intentara acercarse desde el sur. La isla era, en los planes imperiales, una de las llaves de la 'fortaleza Singapur'.
Esos cañones alimentaron después uno de los mitos más repetidos sobre la caída de Singapur en 1942: que los grandes cañones costeros 'apuntaban en la dirección equivocada', hacia el mar, y por eso no sirvieron cuando los japoneses atacaron por tierra desde el norte. La realidad, según los historiadores, es más matizada: varios de esos cañones sí podían girar y de hecho dispararon contra las posiciones japonesas en tierra firme. El problema principal no fue la orientación, sino que buena parte de su munición era perforante, pensada para atravesar el blindaje de barcos, y resultaba poco eficaz contra la infantería. El mito es más simple y elegante que la verdad, como suele pasar.
Fort Siloso es hoy la única fortaleza costera de Singapur que se conserva más o menos intacta, convertida en museo militar al aire libre, con sus túneles, emplazamientos y cañones. Recorrerlo permite entender que este rincón hoy dedicado al ocio fue, durante décadas, un puesto de guerra pensado para decidir la suerte de toda la isla.
Cuando Singapur cayó en febrero de 1942, las fortalezas de Pulau Blakang Mati no pudieron cambiar el desenlace: la invasión japonesa había venido por el norte, cruzando el estrecho de Johor, y la ciudad se rindió el 15 de febrero. La isla y sus instalaciones militares pasaron entonces a manos japonesas, como todo el resto de Singapur, rebautizado Syonan-to.
Durante la ocupación, la isla se usó con fines militares y como lugar de detención. En Fort Siloso y sus alrededores hubo campos donde se retuvo a prisioneros de guerra aliados —australianos y británicos, sobre todo— en las durísimas condiciones típicas del cautiverio japonés. Al terminar la guerra, la situación se invirtió: la isla albergó por un tiempo a prisioneros japoneses a la espera de juicio, algunos de ellos vinculados a crímenes de guerra.
Después de 1945, con el regreso de los británicos, la isla siguió cumpliendo funciones militares durante años, primero bajo mando británico y luego, tras la independencia, como parte del dispositivo de defensa singapurense. Su vida como bastión armado duró, en total, casi un siglo. Recién a comienzos de los años setenta el gobierno decidió darle un destino completamente distinto.
En 1970, el gobierno de Singapur lanzó un concurso público para rebautizar Pulau Blakang Mati, con la idea de transformarla en un destino turístico. El nombre elegido fue Sentosa, palabra malaya que significa 'paz y tranquilidad', un giro deliberado y hasta irónico respecto del viejo nombre de la 'isla de la muerte'. El cambio se hizo oficial en 1972, y con él arrancó la reconversión de la isla militar en isla de vacaciones.
A lo largo de las décadas siguientes se fue construyendo la infraestructura del ocio: un teleférico que la conecta con la isla principal (inaugurado en 1974), playas artificiales creadas con arena traída de afuera, hoteles, campos de golf, museos y atracciones. La isla que durante casi cien años estuvo cerrada al público por ser zona militar se abrió por completo al turismo. Los fuertes y cañones se conservaron como piezas de museo, integrados a la nueva vocación recreativa.
Este giro es muy representativo de la Singapur moderna: un país que, al no tener recursos naturales, aprendió a fabricar sus propios atractivos, incluso sus playas. Sentosa se convirtió en la vidriera del ocio nacional, y la elección misma del nombre —de 'la muerte' a 'la paz'— funciona como una metáfora del país entero, que pasó de campo de batalla a próspera economía de servicios en el lapso de una vida.
El sur de Singapur, frente a Sentosa, es donde late buena parte del músculo económico del país: el puerto. El fondeadero de Keppel Harbour, protegido justamente por la isla, fue durante el período colonial y la mayor parte del siglo XX el gran puerto de Singapur, con sus diques y muelles. De esos muelles salió el comercio que hizo rica a la ciudad, y en ellos trabajaron generaciones de estibadores.
Con el crecimiento del comercio de contenedores, Singapur desarrolló terminales portuarias de escala mundial, operadas por la autoridad portuaria PSA, que convirtieron al país en uno de los puertos de contenedores y de trasbordo más activos del planeta. Esa actividad, junto con la refinería y la industria petroquímica instaladas en islas cercanas, sostiene una parte enorme de la economía. El puerto es, hoy como en 1819, la razón de ser de Singapur.
Por eso el sur de la isla combina, casi lado a lado, dos mundos: el del ocio en Sentosa —con Universal Studios, el acuario S.E.A. y sus playas— y el del trabajo pesado del puerto y la logística. Frente a las playas artificiales pasan los buques portacontenedores. Es una imagen que resume bien a Singapur: un país que hace del comercio marítimo su columna vertebral y que, al mismo tiempo, sabe empaquetar hasta su propia costa como producto turístico.
El salto definitivo de Sentosa como destino masivo llegó en 2010, con la apertura de Resorts World Sentosa, uno de los dos 'resorts integrados' que el gobierno autorizó tras levantar la histórica prohibición de los casinos. El complejo incluye el parque temático Universal Studios Singapore, el acuario S.E.A. —uno de los más grandes del mundo—, hoteles y un casino. La decisión de permitir el juego, muy debatida por sus riesgos sociales, respondió a una apuesta económica: convertir a Singapur en un gran destino de turismo y entretenimiento de la región.
Hoy Sentosa recibe a millones de visitantes al año y concentra una densidad de atracciones difícil de igualar en tan poco espacio: tirolesas, playas, un acuario, un parque de películas, campos de golf, hoteles de lujo y museos. La vieja isla militar, cerrada durante un siglo, es ahora uno de los lugares más concurridos del país.
Ese contraste entre pasado y presente es lo que la hace fascinante para quien conoce su historia. Bajo las montañas rusas y las piscinas siguen estando los túneles y las baterías de Fort Siloso; el mismo suelo que se pensó para defender el puerto con cañones se recorre hoy en teleférico buscando diversión. Sentosa es, en pocos kilómetros, el resumen del viaje de Singapur: de la muerte y la guerra a la paz, el ocio y la prosperidad.