Buena parte de los castelli que rodean al monte Titano no siempre fueron sanmarinenses. Serravalle, Montegiardino y Fiorentino se incorporaron a la república en 1463, como recompensa que el papa Pío II otorgó a San Marino por su alianza contra Sigismondo Pandolfo Malatesta, el señor de Rímini derrotado en aquella guerra. Con esas plazas, arrancadas al dominio malatestiano, y con la adhesión voluntaria de Faetano el mismo año, San Marino alcanzó su tamaño y su forma definitivos.
Estos castillos habían pertenecido antes al mundo turbulento de la Romaña de los señores feudales, disputados entre Malatesta, Montefeltro y el papado. Sus poblaciones cambiaron de amo varias veces antes de terminar bajo la bandera de la república. Por eso su incorporación no fue solo una ganancia de territorio: fue la absorción de comunidades con su propia historia de fortalezas, asedios y lealtades cambiantes.
Desde 1463, las fronteras no se movieron. Los castelli exteriores pasaron a formar, junto con la capital, el mosaico de nueve municipios que constituye San Marino. Cada uno conserva su carácter —unos más urbanos, otros casi rurales—, pero todos comparten la misma peculiaridad: pertenecen al Estado soberano más pequeño y antiguo que sobrevivió a la unificación italiana, un país que dejó de crecer hace más de cinco siglos y nunca lo lamentó.
Serravalle es el reverso de la capital histórica: si la ciudad de San Marino es la piedra medieval en lo alto, Serravalle es la vida contemporánea abajo, en el llano. Es el municipio más poblado y densamente poblado del país, con más de 11.000 habitantes, y su localidad de Dogana es el mayor núcleo urbano de toda la república, más grande incluso que la propia capital. Aquí están el comercio, la industria liviana y buena parte de la actividad económica sanmarinense.
Su historia, sin embargo, es antigua. Serravalle aparece mencionada ya en un documento del año 962 con el nombre de Castrum Olnani, 'el pueblo de los olmos'. En el centro del municipio todavía se conserva su castillo, testimonio del pasado feudal de una plaza que pasó por manos de los Malatesta antes de sumarse a San Marino en 1463. La fortaleza recuerda que, bajo la modernidad de Dogana, late un origen medieval como el del resto de los castelli.
Serravalle es también, curiosamente, la sede del deporte nacional. Allí se levanta el estadio de San Marino —bautizado en su día Stadio Olimpico pese a no tener relación con los Juegos Olímpicos—, donde juega la modesta selección de fútbol del país y se disputan competencias locales. En su territorio, además, se registró la temperatura más alta de la historia sanmarinense, 40,3 °C en agosto de 2017. Serravalle es, en resumen, el San Marino que trabaja, compra y vive el presente.
En el extremo opuesto de Serravalle está Montegiardino, un pueblito medieval encaramado en una colina que ostenta un récord singular: con apenas 3,31 kilómetros cuadrados y alrededor de mil habitantes, es la subdivisión de primer nivel más pequeña del mundo por superficie. Es San Marino en miniatura dentro de San Marino, un castello donde todavía se camina por callejones de piedra que conservan el trazado de la Edad Media.
Su historia refleja lo accidentado de la formación del país. Montegiardino fue otorgado a la república en 1463, tras la derrota de los Malatesta, pero su control efectivo tardó en consolidarse: el castillo original fue desmantelado por orden de Federico da Montefeltro y la plaza quedó fuera del dominio sanmarinense durante casi dos siglos, hasta ser reintegrada de forma definitiva hacia 1647. Pocos lugares muestran tan bien que las fronteras de San Marino, fijadas en el mapa desde 1463, tardaron a veces generaciones en volverse realidad sobre el terreno.
Hoy Montegiardino es un remanso: un pueblo tranquilo, bien conservado, con vistas sobre las colinas circundantes y hasta la costa. Alberga sedes de la Universidad de la República de San Marino y un patrimonio cuidado, como el Palazzo Mengozzi del siglo XVII. Su encanto está justamente en su escala: es el rincón donde se ve, condensada, la vida de aldea que dio origen a toda la república.
Fiorentino, al sur del monte Titano, se ganó en su día el apodo de 'tierra de castillos' por la cantidad de fortificaciones que salpicaban sus colinas. Como Serravalle y Montegiardino, se incorporó a San Marino en 1463 tras la guerra contra los Malatesta. Y como en tantos otros castelli, sus habitantes destruyeron la fortaleza principal una vez terminado el conflicto, para que ningún enemigo pudiera volver a hacerse fuerte en ella.
De aquel pasado militar quedan hoy sobre todo vestigios. Las torres y castillos que dieron fama al municipio —entre ellos la Torre de Torricella y el castillo de Pennarossa— sobreviven como ruinas y cimientos dispersos en el paisaje de lomas. Son las huellas de una época en la que cada elevación de la Romaña estaba coronada por una fortaleza, y en la que San Marino tuvo que arrebatar palmo a palmo su seguridad a señores mucho más poderosos.
Con poco más de 6,5 kilómetros cuadrados y unos 2.600 habitantes, Fiorentino es hoy uno de los castelli más urbanizados fuera de la capital, con desarrollo residencial y comercial y la segunda instalación deportiva más grande del país. Sus tres curazie —Capanne, Crociale y Pianacci— combinan esa vida moderna con el telón de fondo de las colinas donde alguna vez se alzaron los castillos que le dieron nombre y carácter.
Los castelli exteriores son la parte de San Marino que se parece a Italia y, a la vez, la que insiste en no serlo. No hay controles fronterizos ni barreras entre la república y el territorio italiano que la rodea por todas partes; la frontera es una línea invisible que se cruza sin darse cuenta, marcada apenas por un cartel. Muchos sanmarinenses trabajan del lado italiano y muchos italianos, del lado sanmarinense, en una vida cotidiana profundamente entrelazada.
Esa integración convive con una identidad tenazmente propia. Los habitantes de los castelli votan a sus Capitanes Regentes, se rigen por leyes sanmarinenses, usan sellos y matrículas del país y se sienten ciudadanos de la república más antigua del mundo, no de una provincia italiana más. La diferencia no está en la geografía —el paisaje de colinas es el mismo a un lado y otro— sino en la historia: la de un puñado de comunidades que en 1463 quedaron del lado libre de la línea y nunca dejaron de estarlo.
Económicamente, los castelli aportan lo que la capital, dedicada al turismo y al gobierno, no puede: población, comercio, industria, deporte, servicios. Dogana, Serravalle y Fiorentino concentran el pulso demográfico y productivo del país, mientras Montegiardino guarda su escala de aldea. Juntos forman el sostén cotidiano de un Estado que, visto desde afuera, parece imposible, y que sin embargo lleva más de diecisiete siglos funcionando.