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Historia del país

Historia de San Marino

Marino, el cantero que fundó una república

La tradición fija el nacimiento de San Marino en el año 301. Cuenta que un cantero cristiano llamado Marino (Marinus), oriundo de la isla dálmata de Arbe —la actual Rab, en Croacia—, cruzó el Adriático hacia el año 297 escapando de las persecuciones contra los cristianos. Trabajó como picapedrero en el puerto romano de Rímini y, buscando soledad para vivir como ermitaño, subió al monte Titano, donde levantó una pequeña capilla y una comunidad. Con el tiempo fue venerado como san Marino, y la montaña y el estado que crecieron a su alrededor tomaron su nombre.

Corresponde ser prudente con la fecha. El propio relato mezcla, como advirtió el historiador William Miller, 'fábulas y milagros' con posibles granos de verdad. La primera mención documental de una comunidad monástica en el Titano aparece recién en el siglo VI, en escritos del monje Eugipio hacia el año 511. No hay pruebas arqueológicas del año 301 exacto; es una fecha de tradición, no de archivo. Pero el dato importa menos que su consecuencia: San Marino reivindica desde entonces una continuidad institucional que lo convierte, según la mayoría de los historiadores, en la república soberana más antigua del mundo que aún existe.

A la figura de Marino se le atribuye la frase que se volvió divisa del país: en su lecho de muerte habría dejado a su comunidad 'libre de ambos hombres', es decir, del emperador y del papa. Sea histórica o no, esa aspiración a no depender de ningún poder externo, ni civil ni religioso, resume con exactitud lo que San Marino intentaría defender durante los diecisiete siglos siguientes.

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El Arengo y los primeros Capitanes Regentes

Durante la Alta Edad Media, la comunidad del Titano se gobernó mediante el Arengo, una asamblea que reunía a los jefes de las familias (los cabezas de casa) para decidir en común los asuntos del lugar. Era una forma de autogobierno rudimentaria pero real, heredada de las asambleas vecinales de la Italia comunal, y sentó la base de la tradición republicana sanmarinense: el poder no residía en un señor sino en el conjunto de los vecinos libres.

Con el crecimiento de la comunidad, el Arengo delegó la conducción cotidiana en magistrados electos. El 12 de diciembre de 1243 se eligieron los dos primeros cónsules o 'capitanes', origen directo de la institución que todavía hoy encabeza el Estado: los Capitanes Regentes, dos jefes de Estado que gobiernan juntos por períodos cortos para que ninguno acumule poder. Es uno de los sistemas de gobierno colegiado más antiguos del mundo que siguen en funcionamiento.

San Marino se dotó también, muy temprano, de leyes escritas. Sus estatutos más antiguos conservados datan de 1263, y a lo largo de los siglos se fueron ampliando y ordenando. Esa combinación —asamblea popular, magistrados de mandato breve y estatutos escritos— le dio a la pequeña república una arquitectura institucional sorprendentemente estable, capaz de sobrevivir a los vaivenes de un entorno mucho más poderoso.

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Sobrevivir entre Montefeltro y Malatesta

La Edad Media fue, para San Marino, un ejercicio permanente de supervivencia. La montaña estaba rodeada de señoríos poderosos y ambiciosos: los condes de Montefeltro, señores de Urbino, y sobre todo los Malatesta de Rímini, una de las familias más agresivas de la Romaña. Todos intentaron en algún momento someter al pequeño enclave, y ninguno lo logró de forma duradera.

San Marino defendió su independencia con una mezcla de armas y astucia diplomática. Fortificó el monte Titano con murallas y torres, tejió alianzas con quien conviniera —incluidos los propios Montefeltro cuando les servía enfrentar a los Malatesta— y se apoyó en el papado para legitimar su autonomía. En 1320, el castillo de Chiesanuova se sumó voluntariamente a la comunidad, primer paso de una expansión que sería muy lenta.

La protección de la Iglesia fue decisiva. Como comunidad católica y refractaria a caer bajo señores laicos, San Marino buscó una y otra vez el amparo de los papas frente a sus vecinos. Esa estrategia —ser demasiado chico para valer una guerra y demasiado bien conectado para conquistar impunemente— se volvió la doctrina de fondo de la república: sobrevivir no por la fuerza, sino por la habilidad de no darle a nadie un motivo lo bastante grande para invadir.

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1463: las fronteras que no cambiaron más

El momento en que San Marino tomó su forma definitiva llegó a mediados del siglo XV, en plena guerra contra Sigismondo Pandolfo Malatesta, el temible señor de Rímini. La república se unió a una coalición encabezada por el papa Pío II y el reino de Nápoles contra Malatesta, y apostó, por una vez, al bando ganador. La derrota del riminés tuvo premio.

En 1463, como recompensa por su ayuda, Pío II otorgó a San Marino los castillos de Fiorentino, Montegiardino y Serravalle, arrancados al dominio de los Malatesta. Ese mismo año, el castillo de Faetano se incorporó por voluntad propia. Con esas cuatro adquisiciones, la república alcanzó su extensión actual de poco más de 60 kilómetros cuadrados y sus nueve castelli o municipios. Desde entonces, y esto es lo notable, sus fronteras no volvieron a moverse: son las mismas hace más de cinco siglos.

No todo fue pacífico ni inmediato. Recuperar el control efectivo de algunas de esas plazas llevó tiempo: el castillo de Montegiardino, por ejemplo, fue desmantelado por orden de Federico da Montefeltro y quedó fuera del dominio sanmarinense durante casi dos siglos, hasta ser reintegrado hacia 1647. Pero el mapa quedó fijado en 1463. Rara vez un país europeo puede señalar el año exacto en que dejó de crecer y afirmar que nunca más cambió una piedra de su contorno.

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Los Estatutos de 1600 y la república codificada

Si 1463 fijó el territorio, el año 1600 fijó las instituciones. El 1 de septiembre de ese año entraron en vigor los Estatutos de la República (Leges Statutae Reipublicae Sancti Marini), un cuerpo legal que ordenó y consolidó siglos de costumbres y normas dispersas. Redactados en latín y divididos en libros que regulaban desde la elección de los magistrados hasta el derecho penal y civil, esos estatutos funcionaron como la constitución del país y buena parte de ellos siguió vigente durante siglos.

El sistema que codificaron es el que, en lo esencial, San Marino conserva. En la cúspide, dos Capitanes Regentes elegidos cada seis meses; debajo, un Consejo Grande y General que hacía las veces de parlamento y del que salían los magistrados. La rotación semestral de los jefes de Estado y su origen en partidos o facciones distintas buscaban un mismo objetivo obsesivo: impedir que nadie se perpetuara en el poder ni convirtiera la república en un principado.

La institución del Sindacato de la Regencia reforzaba ese control. Al terminar su mandato, los Capitanes Regentes debían rendir cuentas: durante unos días, cualquier ciudadano podía presentar reclamos por lo que hubieran hecho —o dejado de hacer— durante su gestión. Esa rendición de cuentas, que databa de fines del siglo XV, es uno de los mecanismos de responsabilidad política más antiguos que sobreviven en el mundo, y explica en parte por qué la república nunca derivó en tiranía.

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La ocupación de Alberoni y el milagro de Santa Águeda

La independencia sanmarinense tuvo un sobresalto grave en el siglo XVIII. El 17 de octubre de 1739, el cardenal Giulio Alberoni, legado papal en la Romaña, ocupó militarmente San Marino con el pretexto de disputas internas y con la intención de anexarlo a los Estados Pontificios. Impuso su autoridad, exigió juramentos de fidelidad y pareció, por un momento, que la república más vieja del mundo se apagaba sin ruido.

Los sanmarinenses respondieron con lo que mejor sabían hacer: resistencia civil y apelación al derecho. Se negaron a colaborar, practicaron una desobediencia tenaz y enviaron mensajes clandestinos al papa Clemente XII denunciando la ocupación ilegítima. La causa sanmarinense ganó simpatías, y el pontífice terminó dándoles la razón.

El 5 de febrero de 1740 —día de Santa Águeda— el papa reconoció los derechos de la república y ordenó el fin de la ocupación. La coincidencia con la festividad hizo que los sanmarinenses adoptaran a Santa Águeda como una de sus patronas y celebraran esa fecha como el día en que recuperaron la libertad sin disparar un tiro. El episodio confirmó una lección que la república ya intuía: su mejor defensa no eran las armas, sino la legitimidad y la paciencia.

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Napoleón, la amistad y la ampliación rechazada

Cuando los ejércitos revolucionarios franceses irrumpieron en Italia a fines del siglo XVIII, la pequeña república temió lo peor: una Francia que abolía monarquías y reorganizaba fronteras a su antojo bien podía tragarse un enclave de 60 kilómetros cuadrados. Pero San Marino jugó de nuevo la carta de la diplomacia. La tradición sanmarinense atribuye a un regente, Antonio Onofri, la habilidad de ganarse la simpatía de Napoleón Bonaparte apelando justamente a los ideales republicanos que Francia decía encarnar.

Lejos de destruirla, Napoleón admiró a la vieja república. En 1797 la reconoció como estado independiente, eximió a sus ciudadanos de impuestos, le regaló un cargamento de trigo —unos 1.000 quintales— y hasta cuatro cañones. Más aún: le ofreció ampliar su territorio hacia el Adriático. Y aquí está el gesto que define a San Marino: la república declinó la oferta. Sus dirigentes entendieron que un territorio más grande la volvería apetecible y difícil de defender; su seguridad estaba, paradójicamente, en seguir siendo diminuta e inofensiva.

Esa prudencia dio frutos duraderos. Cuando cayó Napoleón, el Congreso de Viena de 1815, que rediseñó el mapa europeo tras las guerras napoleónicas, ratificó la independencia de San Marino. Mientras casi todas las repúblicas italianas del Antiguo Régimen desaparecían absorbidas por reinos y ducados, la del Titano seguía en el mapa, avalada por las grandes potencias.

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Garibaldi, Lincoln y la unificación italiana

El siglo XIX enfrentó a San Marino a su mayor amenaza estructural: la unificación de Italia. Si toda la península se convertía en un solo reino, ¿qué sentido tenía dejar en pie un enclave republicano en su interior? La república sorteó el peligro, otra vez, con una mezcla de coraje moral y buena política.

En 1849, tras el derrumbe de la efímera República Romana, San Marino dio asilo a Giuseppe Garibaldi y a unos 250 de sus seguidores perseguidos por las tropas austríacas y papales. Fue un acto arriesgado y generoso —la esposa de Garibaldi, Anita, murió durante esa fuga cerca de Comacchio— que el héroe del Risorgimento no olvidó. Años después, ya convertido en figura central de la Italia unida, Garibaldi intercedió para que el rey Víctor Manuel II renunciara a anexar la república hacia 1860. San Marino había pagado su hospitalidad con supervivencia.

El otro gesto célebre de la época cruzó el Atlántico. En 1861, el gobierno sanmarinense escribió a Abraham Lincoln ofreciéndole la ciudadanía honoraria y una relación de amistad entre las dos repúblicas. Lincoln aceptó con una carta memorable en la que reconocía que San Marino demostraba que 'un gobierno fundado en principios republicanos es capaz de ser administrado de modo tan seguro y duradero'. Un tratado con el Reino de Italia en 1862, revisado en 1872, terminó de garantizar la independencia sanmarinense dentro de la nueva Italia. La república más chica había conseguido que el estado más nuevo del continente la dejara vivir.

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Emigración, reformas y la sombra del fascismo

El fin del siglo XIX y el comienzo del XX fueron duros. La economía de San Marino, basada en una agricultura de montaña pobre, no alcanzaba para todos, y miles de sanmarinenses emigraron a los países industrializados y a América: Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Francia. Con el tiempo, más de 15.000 ciudadanos de origen sanmarinense pasaron a vivir en el exterior, una cifra enorme para un país que dentro de sus fronteras nunca superó unas pocas decenas de miles de habitantes. Todavía hoy la diáspora supera con holgura a la población residente.

En lo político, la república se democratizó de a poco. El 25 de marzo de 1906, una histórica reunión del Arengo —con 805 jefes de familia presentes de un total de 1.477— abrió el camino a la elección directa del Consejo Grande y General, dejando atrás formas más cerradas de gobierno. Fue un paso decisivo hacia la política moderna.

Pero el siglo trajo también su lado oscuro. Tras la Primera Guerra Mundial, en la que San Marino se mantuvo neutral aunque una veintena de voluntarios sirvió del lado italiano, la agitación política de los años veinte y la influencia de la Italia de Mussolini alumbraron un Partido Fascista Sanmarinense. Bajo la figura de Giuliano Gozi, los fascistas locales controlaron la república durante buena parte de las décadas de 1920 y 1930, en sintonía con el régimen que rodeaba al país por los cuatro costados. La microrepública no fue inmune al totalitarismo que arrasaba Europa.

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La Segunda Guerra: el bombardeo y los cien mil refugiados

En la Segunda Guerra Mundial, San Marino se declaró neutral, pero su neutralidad no lo salvó de la violencia. El 26 de junio de 1944, aviones aliados bombardearon la república en varias oleadas. La Real Fuerza Aérea británica creía —erróneamente, según sostuvieron siempre las autoridades sanmarinenses— que los alemanes estaban usando el territorio para concentrar tropas y material cerca de la Línea Gótica, la línea defensiva alemana en el norte de Italia. El ataque causó decenas de muertos civiles y daños importantes en un país que no combatía.

En medio del avance del frente, San Marino protagonizó uno de los gestos humanitarios más extraordinarios de la guerra en relación con su tamaño. Mientras los ejércitos se acercaban, la república abrió sus puertas a los civiles que huían de los combates de la Romaña: se calcula que llegó a albergar a más de 100.000 refugiados, una cifra que multiplicaba por diez a su propia población. Un país de pocas decenas de miles de habitantes dio cobijo, comida y protección a una multitud varias veces mayor que él mismo.

La guerra terminó llegando igual al Titano. Tropas alemanas ocuparon el territorio, y entre el 17 y el 20 de septiembre de 1944 se libró la llamada Batalla de San Marino, un enfrentamiento entre fuerzas británicas y alemanas en suelo sanmarinense. Las tropas aliadas ocuparon brevemente la república antes de retirarse y devolverle su soberanía. San Marino salió de la guerra golpeado y empobrecido, pero con su independencia intacta y con la memoria de haber sido, en el peor momento, refugio de decenas de miles de desesperados.

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De la posguerra al presente

La posguerra dejó una rareza histórica: entre 1945 y 1957, San Marino fue gobernado por una coalición de comunistas y socialistas, señalada como una de las primeras veces en el mundo en que un gobierno comunista llegó al poder por vía democrática, en elecciones libres. La Guerra Fría lo convirtió en un caso observado con lupa. Esa etapa terminó en 1957 con la crisis conocida como el 'caso Rovereta', un pulso institucional que reordenó la vida política del país. En 1960 se reconoció por fin el voto a las mujeres, tarde incluso para los estándares europeos.

En las décadas siguientes, la vieja república se integró al mundo. Ingresó en el Consejo de Europa en 1988, del que llegó a ocupar la presidencia rotativa en 1990, y en la Organización de las Naciones Unidas en 1992. Mantiene además acuerdos monetarios que le permiten usar el euro y acuñar sus propias monedas, pese a no ser miembro pleno de la Unión Europea. El poder sigue en manos de los dos Capitanes Regentes, que asumen cada 1 de abril y cada 1 de octubre en una ceremonia que apenas cambió en siglos.

Hoy San Marino vive sobre todo del turismo, la banca y los servicios; recibe cada año alrededor de dos millones de visitantes, muchísimos más que sus poco más de 33.000 habitantes. Su centro histórico y el monte Titano son Patrimonio de la Humanidad desde 2008. En los últimos años el país sumó también notas curiosas de la modernidad: fue uno de los más golpeados del mundo por la pandemia de covid-19 en proporción a su población, ganó su primera medalla olímpica en Tokio 2020 —convirtiéndose en el país más chico en subir a un podio— y en 2022 eligió Capitán Regente a Paolo Rondelli, considerado el primer jefe de Estado abiertamente gay del mundo. Diecisiete siglos después del cantero Marino, la república más vieja y una de las más chicas del planeta sigue, testaruda, en el mapa.

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🗺️ Historia por provincia / estado

El monte Titano y la capital
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Los castelli
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📚 Bibliografía

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