Hay ciudades que presumen de antiguas y hay ciudades que sostienen, con razón, que un país nació dentro de sus murallas. Veliki Nóvgorod es de las segundas. Su propio nombre, 'Nóvgorod', significa 'ciudad nueva', lo que sugiere que ya en el siglo IX había un asentamiento anterior; los arqueólogos lo sitúan en la Górodische de Rúrik, unos kilómetros aguas arriba, junto al lago Ilmen. Fuera como fuese, en las orillas del ancho río Vóljov cristalizó uno de los primeros centros de poder del mundo eslavo oriental.
La Crónica de los años pasados, la más antigua de la Rus, cuenta que hacia el año 862 las tribus eslavas y fino-ugrias de la región, cansadas de sus disputas, 'invitaron' a gobernarlas a un jefe varego (vikingo) llamado Rúrik, junto a sus hermanos. Rúrik se instaló en Nóvgorod y fundó la dinastía de los Rúrikovich, que reinaría sobre Rusia durante más de siete siglos, hasta 1598. Ese episodio, mitad historia y mitad leyenda, es el que Nóvgorod reivindica como el nacimiento del Estado ruso, y por eso el gran Monumento al Milenio de Rusia se inauguró aquí en 1862, y no en Moscú ni en San Petersburgo.
Poco después, el sucesor de Rúrik, Oleg, bajó por los ríos y trasladó el centro de poder a Kiev, dando origen a la Rus de Kiev. Pero Nóvgorod nunca fue una ciudad cualquiera: guardó siempre un lugar de honor, y era costumbre que el hijo mayor del gran príncipe de Kiev gobernase allí como aprendizaje antes de heredar el trono. Por Nóvgorod pasaron así los grandes nombres de la primera Rus, entre ellos Vladímir, que bautizaría a Rusia en el cristianismo ortodoxo en 988.
Lo que hace de Nóvgorod un caso único en la historia rusa es que, mientras el resto de la Rus se organizaba en principados hereditarios, aquí floreció durante tres siglos algo parecido a una república. En 1136, los novgorodenses expulsaron a su príncipe y decidieron que, a partir de entonces, serían ellos quienes eligieran y destituyeran a sus gobernantes. Nació así la República de Nóvgorod, que se llamaba a sí misma con orgullo 'Señor Nóvgorod la Grande' (Gospodín Veliki Nóvgorod).
El órgano de gobierno era la veche, una asamblea de ciudadanos libres que se reunía a campana tañida en la Corte de Yaroslav o frente a la catedral de Santa Sofía. La veche elegía a los principales cargos: el posadnik (una especie de alcalde o gobernador), el tysiatski ('el de los mil', jefe de la milicia y encargado de la justicia comercial) y hasta al arzobispo, figura clave que administraba el tesoro y sellaba los tratados. Al príncipe se lo contrataba casi como a un jefe militar a sueldo, con un contrato que limitaba estrictamente sus poderes; si no cumplía, la veche 'le mostraba el camino', es decir, lo echaba.
Aquella libertad relativa convivía con un poder real en manos de un puñado de familias boyardas ricas, así que no era una democracia en el sentido moderno; pero era un mundo radicalmente distinto del despotismo que se imponía en Moscú. Nóvgorod dejó otro legado asombroso: las cartas sobre corteza de abedul (beresta). En el suelo húmedo de la ciudad se conservaron cientos de ellas, notas cotidianas de hace 800 o 900 años —listas de deudas, cartas de amor, ejercicios escolares de un niño llamado Onfim— que demuestran que aquí, hombres y mujeres, ricos y humildes, sabían leer y escribir. Es una ventana irrepetible a la vida medieval.
La grandeza de Nóvgorod se cimentó en el comercio. La ciudad controlaba un imperio inmenso de bosques y ríos que se extendía hacia el norte y el este, hasta los Urales y el mar Blanco, de donde llegaban pieles finas, cera, miel y colmillos de morsa. Situada en la ruta que unía el Báltico con Bizancio, Nóvgorod se convirtió en el puesto comercial más oriental de la Liga Hanseática: los mercaderes alemanes tenían aquí su propia factoría, el Peterhof, con almacenes, iglesia y leyes propias. A cambio de las riquezas del norte, entraban paños flamencos, metales, sal, vino y objetos de lujo.
Esa prosperidad se tradujo en piedra. En pleno siglo XI se levantó la catedral de Santa Sofía, la iglesia de piedra más antigua que sigue en pie en Rusia, y en los siglos siguientes se cubrió la ciudad de templos que los gremios y los barrios costeaban como muestra de fe y de estatus. Nóvgorod desarrolló una escuela propia de arquitectura, sobria y elegante, y de pintura de iconos y frescos; en 1378, el gran maestro bizantino Teófanes el Griego dejó en la iglesia de la Transfiguración los únicos frescos suyos que se conservan en el mundo.
La ciudad rica era también una ciudad codiciada. En el siglo XIII, mientras los mongoles arrasaban el resto de la Rus, Nóvgorod se libró de la destrucción directa gracias a los pantanos que la protegían, aunque tuvo que pagar tributo. El peligro le vino del oeste: suecos y caballeros cruzados alemanes quisieron aprovechar la debilidad rusa. El joven príncipe Alejandro los frenó dos veces. En 1240 derrotó a los suecos a orillas del río Nevá —de ahí su sobrenombre, Nevski—, y en 1242 aplastó a los caballeros teutones sobre el hielo del lago Peipus, en la célebre 'batalla del hielo'. Alejandro Nevski, príncipe de Nóvgorod, se convirtió en héroe nacional y santo de la Iglesia ortodoxa.
El ascenso de Moscú selló la suerte de Nóvgorod. A lo largo del siglo XV, el Gran Ducado de Moscú fue absorbiendo, por las buenas o por las malas, las tierras rusas, y la vieja república libre era el bocado más apetecible y el más incompatible con el poder absoluto de los grandes príncipes moscovitas. Dentro de Nóvgorod se enfrentaron dos partidos: uno pro-moscovita y otro que, para conservar su independencia, buscó la protección de la católica Lituania. Al frente de esa facción estaba una mujer notable, Marfa Boretskaya, la 'posádnitsa', viuda de un posadnik y una de las figuras más poderosas de la ciudad.
Iván III de Moscú tomó ese acercamiento a Lituania como una traición a la ortodoxia. Tras derrotar a las tropas novgorodenses en la batalla del río Shelón en 1471, apretó el cerco, y en enero de 1478 entró en la ciudad y acabó con la república. Abolió la veche, depuso a los cargos electos y, como gesto cargado de simbolismo, mandó descolgar y llevarse a Moscú la campana que convocaba a la asamblea: sin campana, no había veche; sin veche, no había libertad. Marfa Boretskaya fue detenida y desterrada, y buena parte de las familias boyardas fueron deportadas y sus tierras confiscadas.
Lo peor llegó casi un siglo después. En 1570, Iván IV el Terrible, convencido —sin pruebas— de que Nóvgorod conspiraba de nuevo con Lituania, lanzó sobre la ciudad a su guardia de terror, los oprichniki. Durante semanas, la masacre de Nóvgorod fue una de las páginas más atroces de la historia rusa: miles de personas torturadas, ejecutadas y arrojadas al Vóljov helado, saqueo de iglesias y monasterios, y la comarca entera devastada. Las cifras de víctimas se discuten (de dos mil a varios miles), pero el efecto es indudable: Nóvgorod, ya sin autonomía, quedó rota y despoblada, y perdió para siempre su rango entre las grandes ciudades rusas.
Tras la catástrofe, Nóvgorod se hundió en una larga decadencia. El auge de San Petersburgo, fundada por Pedro el Grande en 1703 a un paso de allí, la dejó definitivamente a la sombra: la vieja capital comercial del norte se convirtió en una tranquila capital de provincia, un lugar de iglesias antiguas y memorias gloriosas por el que la gran historia parecía haber dejado de pasar. En 1862, el Imperio ruso quiso rendirle homenaje levantando en su kremlin el Monumento al Milenio de Rusia, reconociendo por fin, en bronce, que allí había empezado todo.
La tragedia volvió con la Segunda Guerra Mundial. En agosto de 1941, la Alemania nazi ocupó Nóvgorod, y la ciudad quedó en la línea del frente durante casi dos años y medio, muy cerca del cerco de Leningrado. Los combates y la ocupación la arrasaron: cuando el Ejército Rojo la liberó en enero de 1944, apenas quedaban unas pocas decenas de edificios en pie de una ciudad de siglos. Las iglesias medievales habían sido bombardeadas, saqueadas o usadas como cuadras, y sus frescos, dañados o perdidos. Los ocupantes llegaron a desmontar el Monumento al Milenio para fundirlo y llevárselo a Alemania; se recuperó a tiempo y se volvió a montar tras la liberación.
La reconstrucción de posguerra, cuidadosa y paciente, salvó lo que se pudo. Los soviéticos restauraron la catedral de Santa Sofía, el kremlin y muchas de las iglesias, y los arqueólogos convirtieron el subsuelo de Nóvgorod en uno de los yacimientos medievales más importantes de Europa: allí siguieron apareciendo, año tras año, las cartas de corteza de abedul que hoy nos hablan con la voz de la gente común de la Edad Media.
En 1992, la Unesco inscribió los monumentos históricos de Nóvgorod y sus alrededores en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo un conjunto excepcional: el kremlin más antiguo del país, la iglesia de piedra más antigua, las factorías de la Hansa, los frescos medievales y la memoria de una república que ensayó otro camino para Rusia. En 1999, la ciudad recuperó oficialmente el adjetivo 'Veliki' (la Grande) en su nombre, en homenaje a aquel 'Señor Nóvgorod la Grande' de los siglos de esplendor.
Hoy es una ciudad de provincia serena, de unos 220.000 habitantes, volcada sobre su río y su historia. Para el viajero es un contrapunto perfecto a la monumentalidad de Moscú y al esplendor imperial de San Petersburgo: aquí se toca la Rusia anterior a los zares, la de las asambleas populares, los mercaderes de pieles y los maestros iconógrafos. Pasear por el Detinets al atardecer, cruzar el Vóljov hacia la Corte de Yaroslav o asomarse al lago Ilmen desde el monasterio de San Jorge es acercarse al origen mismo de un país inmenso.
Como en todo el país, conviene mirar Nóvgorod con doble conciencia: la de mil años de una historia extraordinaria y la de un presente marcado, desde 2022, por la guerra en Ucrania, las sanciones y el aislamiento. La república de la veche, con su campana que un día se llevaron a Moscú, sigue siendo uno de los grandes 'qué habría pasado si' de la historia rusa, y por eso mismo un lugar que ayuda a entender, más que casi ningún otro, de dónde viene Rusia.