Pocos lugares del mundo han cambiado tan radicalmente de piel como esta ciudad a orillas del río Prégolya, junto al mar Báltico. Durante casi setecientos años se llamó Königsberg ('la montaña del rey') y fue alemana: capital de Prusia Oriental, ciudad de coronación de reyes, universidad ilustre y hogar de uno de los mayores filósofos de la historia. Desde 1946 se llama Kaliningrado, es rusa, y de aquella Königsberg apenas quedan cicatrices y fantasmas. Entre esos dos nombres se abre una de las rupturas más brutales del siglo XX: una ciudad entera que fue arrasada, vaciada de sus habitantes y repoblada por otro pueblo.
Entender Kaliningrado es, por eso, aprender a leer dos ciudades superpuestas. Bajo las plazas soviéticas y los bloques de hormigón asoman los adoquines prusianos, las puertas de ladrillo de la vieja muralla, los fuertes en anillo, las villas modernistas de un barrio residencial, la catedral gótica que se salvó de milagro. Y sobre todo eso late hoy una ciudad rusa viva, un exclave singular separado de su país por territorio de la Unión Europea, con su propia identidad a caballo entre dos mundos.
Esta es la historia de cómo Königsberg se convirtió en Kaliningrado: una historia de caballeros cruzados, reyes prusianos, un filósofo que casi nunca salió de la ciudad, y una guerra que lo cambió todo.
La ciudad nació de una cruzada. En 1255, los caballeros teutónicos —una orden militar-religiosa alemana— fundaron un castillo sobre un asentamiento de los antiguos prusianos, un pueblo báltico y pagano al que la Orden estaba sometiendo por la fuerza en nombre del cristianismo. Al castillo lo llamaron Königsberg en honor al rey Otakar II de Bohemia, que había participado en la campaña. Alrededor de la fortaleza fueron creciendo, junto al río, tres pequeñas ciudades independientes —Altstadt, Löbenicht y Kneiphof (la actual isla de Kant)—, cada una con su mercado, sus murallas y su iglesia.
Los prusianos originales fueron sometidos, cristianizados y con el tiempo asimilados por los colonos alemanes que llegaron a poblar la región; su lengua báltica acabó extinguiéndose. Königsberg se convirtió en un próspero puerto de la Liga Hanseática, exportando cereal, madera y el codiciado ámbar del Báltico, la resina fósil de la que esta costa, el 'Samland', tenía las mayores reservas del mundo. La Orden explotaba el ámbar como un monopolio real.
En 1525, el último gran maestre de la Orden, Alberto de Brandeburgo, se convirtió al luteranismo, secularizó el Estado teutónico y lo transformó en el Ducado de Prusia, con Königsberg como capital: el primer Estado del mundo en adoptar oficialmente la Reforma protestante. En 1544 fundó la universidad Albertina, que haría de la ciudad un gran centro intelectual. Königsberg entraba así en la modernidad como una capital culta y comerciante a la sombra de sus torres de ladrillo.
En 1701, Federico I se coronó primer rey 'en' Prusia precisamente en Königsberg, y la ciudad quedó ligada para siempre a la monarquía prusiana como su lugar de coronación, aunque la capital efectiva fuera Berlín. Königsberg creció como una elegante ciudad barroca de comerciantes, funcionarios y militares, cabecera de la provincia de Prusia Oriental, con su castillo, sus iglesias y una universidad que atraía a estudiantes de toda Alemania.
Su hijo más ilustre fue Immanuel Kant (1724-1804), uno de los filósofos más influyentes de la historia del pensamiento, autor de la 'Crítica de la razón pura'. Kant es el símbolo mismo de la ciudad y de una forma de vida: nació en Königsberg, estudió y enseñó en su universidad, y murió allí a los 79 años sin haberse alejado jamás más de unos pocos kilómetros. Se cuenta que sus paseos diarios eran tan puntuales que los vecinos ponían en hora sus relojes al verlo pasar. Su tumba, adosada a la catedral, sigue siendo hoy lugar de peregrinación.
La Königsberg de aquella época dio también al mundo un rompecabezas famoso. La ciudad se repartía en dos orillas y dos islas del Prégolya, unidas por siete puentes, y los vecinos se preguntaban si era posible dar un paseo que cruzara los siete una sola vez cada uno y volviera al punto de partida. En 1736, el matemático suizo Leonhard Euler demostró que era imposible, y al hacerlo inventó, sin saberlo, la teoría de grafos y sentó las bases de la topología. Los 'siete puentes de Königsberg' son hoy un clásico de las matemáticas nacido en estas calles.
El fin de la Königsberg alemana llegó con la Segunda Guerra Mundial, y fue una catástrofe. En agosto de 1944, dos oleadas de bombarderos británicos incendiaron el centro histórico: en pocas noches ardieron el casco medieval, la universidad, iglesias y miles de casas. Lo que quedó en pie lo destruyó la ofensiva final. A comienzos de 1945, el Ejército Rojo cercó la ciudad, convertida por los nazis en una fortaleza que debía resistir a toda costa. La batalla de Königsberg, del 6 al 9 de abril de 1945, fue feroz; cuando el general alemán Otto Lasch firmó la capitulación, la ciudad histórica estaba en ruinas y buena parte de la población civil, muerta, huida o atrapada entre los combates.
Lo que siguió fue el desenlace de la guerra en toda su dureza. Por el Acuerdo de Potsdam de 1945, la parte norte de Prusia Oriental, con Königsberg, se asignó a la Unión Soviética, que buscaba un puerto en el Báltico libre de hielo todo el año para su flota. Los alemanes que quedaban —los que no habían huido durante la evacuación, muchos de ellos ancianos, mujeres y niños— fueron expulsados en los años siguientes hacia lo que quedaba de Alemania, en condiciones muy duras. Es un capítulo sobrio y doloroso: una población civil entera desarraigada de una tierra que había habitado durante siglos, en el marco de los enormes desplazamientos forzados de posguerra en Europa del Este.
En 1946, la ciudad fue rebautizada Kaliningrado, en honor a Mijaíl Kalinin, un dirigente soviético recién fallecido que, en realidad, nada tenía que ver con ella. Un nombre nuevo para una ciudad que empezaba de cero, sobre las ruinas de otra.
Sobre los escombros de Königsberg, la URSS construyó una ciudad soviética y la pobló con gente llegada de toda la Unión: rusos, bielorrusos, ucranianos que ocuparon las casas vacías y levantaron barrios nuevos. La universidad Albertina había desaparecido; la memoria alemana se borró deliberadamente. Las ruinas del castillo de Königsberg, dañado pero aún en pie, fueron dinamitadas en los años sesenta y setenta por decisión política, y en su lugar se empezó a construir la Casa de los Sóviets, un mastodonte de hormigón que nunca se terminó y que durante décadas presidió, fantasmal y vacío, el centro de la ciudad.
Kaliningrado se convirtió, además, en una de las zonas más estratégicas y secretas de la Unión Soviética. Como sede de la Flota del Báltico y bastión militar avanzado frente a la OTAN, el óblast fue una región militar cerrada: durante la Guerra Fría estuvo prohibida a los extranjeros e incluso a los soviéticos de otras zonas sin permiso especial. La ciudad vivió de espaldas al mundo, sin apenas turismo ni contacto exterior, con su pasado alemán convertido en tema tabú.
Recién con el fin de la URSS, a partir de 1991, Kaliningrado se abrió. Y ocurrió algo inesperado: al independizarse Lituania, Letonia y Estonia, el óblast quedó separado físicamente del resto de Rusia, convertido en un exclave rodeado de países que, además, pronto entrarían en la Unión Europea y la OTAN. Kaliningrado pasó a ser una rareza geopolítica: un trozo de Rusia en medio de Europa.
En las últimas décadas, Kaliningrado ha hecho algo notable: reconciliarse, poco a poco, con su pasado prusiano. Lo que antes era tabú se ha vuelto atractivo. Se reconstruyó la catedral en la isla de Kant, se restauraron las puertas y los fuertes de la vieja muralla, se levantó la Aldea de Pescadores imitando el estilo alemán, y la figura de Kant se ha convertido en el gran emblema turístico y cultural de la ciudad; la universidad rusa lleva hoy su nombre. La herencia alemana ya no se oculta: se exhibe como parte de una identidad local única, distinta de la del resto de Rusia.
Como escaparate del país en el Báltico, Kaliningrado se modernizó: fue una de las sedes del Mundial de fútbol de 2018, con un estadio nuevo, y recibe cada vez más turismo ruso atraído por su mezcla de mar, ámbar, historia y aire europeo. El istmo de Curlandia, Patrimonio de la Humanidad, y los balnearios de la costa completan el atractivo de una región pequeña pero intensa.
Al mismo tiempo, el exclave sigue siendo un punto caliente de la geopolítica: fuertemente militarizado, encajado entre dos países de la OTAN, se ha vuelto aún más sensible desde la guerra en Ucrania iniciada en 2022, con las sanciones, las restricciones al tránsito por territorio lituano y el fin de los vuelos directos desde Occidente. Para el viajero, Kaliningrado sigue siendo un destino fascinante y distinto, donde en una misma tarde se puede visitar la tumba de un filósofo alemán del siglo XVIII y recordar que se está pisando el punto más occidental de Rusia. Una ciudad con dos almas que conviene mirar, como todo el país hoy, con conocimiento del contexto.